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Los latidos del bronce - por IsanR.

Harry contenía la respiración. Sus dedos, enfundados en guantes de cuero fino, apretaban el saquito de terciopelo verde que acababa de sacar del doble fondo de la caja fuerte. Un viejo modelo Fichet de los sesenta, un juguete para él. Pero el contenido no eran los billetes que le habían prometido, sino una esfera metálica del tamaño de una manzana, oscura y anormalmente pesada. Y lo peor no era el peso: a través del cuero sentía un calor vivo, una vibración rítmica cada cinco segundos, como un corazón atrapado en bronce.
Una silueta recortó la luz de la entrada del desván. Harry no retrocedió. No buscó el tragaluz para escabullirse por el tejado, ni se ocultó tras los armarios desvencijados. Se apoyó en la mesa de castaño, cruzó los brazos y clavó la mirada en la sombra. En el barrio donde había crecido, esperar era un arte. Y una sentencia.
El tipo vestía un abrigo largo, negro, demasiado limpio para aquel lugar. No enseñaba las manos. Sus ojos, rápidos como los de un reptil, barrieron la estancia: la caja fuerte abierta, las ganzúas sobre la lona y un bulto en el bolsillo de la cazadora de Harry.
El silencio se estiró como un cable a punto de romperse. Solo el rayo que caía desde el tragaluz se movía lento, como vigilando la escena.
Harry rompió el silencio con una voz que sonó amenazante.
—¿Qué haces aquí?
El desconocido arqueó la ceja y dio un paso entrando en la luz. Fracciones duras, pelo canoso, modales de quien ha vivido demasiadas noches.
—Iba a preguntarte lo mismo —respondió con una educación inquietante—, pero viendo la ferretería que has montado… supongo que ya has encontrado el envoltorio verde. Dejémonos de especulaciones. El coche de abajo no es mío. Los dueños están en la playa. ¿Para quién trabajas?
Harry sonrió apenas.
—El turno de preguntas ya ha pasado. Y el coche tampoco es mío.
El hombre sacó la mano derecha del bolsillo. No llevaba un arma sino un pequeño dispositivo digital que parpadeaba como un mal presagio. Al acercarse, el aparato emitió un pitido agudo. Tres barras de progreso se llenaron.
—Está activa —murmuró olvidándose por un instante de Harry—. La has tocado sin protección.
—Llevo guantes.
—El cuero no aísla el pulso térmico. Ahora ella sabe que estás aquí. Y el comprador original también.
Avanzó otro paso. Harry percibió olor a tabaco caro y lluvia reciente. Un olor que no pertenecía a aquel desván.
—Hagamos esto fácil —propuso extendiendo la mano—. Me das la bolsa y sales por esa puerta. Los que vienen detrás de mí no negociarán. Para ellos eres un error que hay que borrar.
Instintivamente Harry metió la mano al bolsillo. La esfera aumentó su temperatura y pareció agitarse como si quisiera decir algo. Un calor febril le subió por el brazo. Observó al hombre: había urgencia en su postura, una tensión que no correspondía a un ejecutor, sino a un mensajero asustado.
—¿Qué es?, preguntó Harry.
—Algo que no te conviene entender. Dámela.
—Harry sacó la mano del bolsillo. Vacía. En un gesto rápido, lanzó las llaves y las ganzúas hacia la cara del tipo.
El hombre esquivó el ataque, pero el segundo perdido bastó. Harry se abalanzó sobre él derribándolo contra unas cajas que estallaron en un torbellino de papeles y polvo. El dispositivo azul salió despedido, rodó por el suelo y quedó bajo el rayo del tragaluz.
Harry se levantó primero, jadeando con la esfera en la mano. El hombre tosía en el suelo.
—Te vas a arrepentir… advirtió intentando alcanzar el dispositivo.
Harry se acercó al artilugio. La pantalla ya no mostraba barras sino un mapa topográfico de la zona. Tres puntos rojos avanzaban a gran velocidad por la calle adyacente rodeando la manzana.
Pero no fue eso lo que le dejó helado.
En la esquina superior aparecía una fotografía: el rostro del hombre del abrigo. Pero el nombre escrito debajo era el suyo propio.
Harry lo leyó dos veces. Miró al hombre que ahora le observaba con una mezcla de lástima y terror.
—No eres un ladrón que ha entrado a robar —susurró el desconocido sangrando por la comisura de los labios—. Mírate las manos.
Harry se quitó el guante izquierdo. La piel de su palma no era suya. Bajo la superficie, finas líneas luminosas, del mismo azul que el dispositivo, corrían bajo las venas parpadeando al ritmo de la esfera.
La esfera no era el botín. Era su batería.
Y él acababa de encenderse.

Ccomentarios (1):

Pilar (marazul)

19/06/2026 a las 17:26

Hola Isan, soy Pilar y tú me conoces por marazul. ¡Qué sorpresa más agradable volver a leerte! Además me corresponde comentar tu relato que he leído varias veces para no perderme nada. Desde luego “los latidos del bronce” no puede dejar de leerse hasta el final porque has conseguido transmitir mucha intriga al lector.
Perfectamente escrito, sin nada en lo formal que corregir. Destaco en la primera parte del relato, cuando Harry muestra esa tranquilidad tan inquietante ante el tipo del abrigo largo: “en su barrio esperar era una arte y una sentencia” (eso pone los pelos de punta a cualquiera…). Hay tensión, mucha expectación, algún diálogo y descripciones las justas para crear el ambiente adecuado. Pero también hay silencios, gestos, pelea, alguna pista: “los que vienen detrás de mi no negociarán”. Esta frase proporciona mucha información.
El final, conocer que Harry necesita esa esfera metálica que late porque tiene vida y que se enciende con ella es pura ciencia ficción. La trama que lleva detrás el relato deja el argumento abierto. ¿el tipo del abrigo largo es un siniestro emisario enviado por el comprador original? Sea como sea prefiero los finales abiertos. Ya no se lleva el “colorín colorado” je,je…
Creo que el reto también lo has logrado.
Encantada de haberte leído Isan

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