Literautas - Tu escuela de escritura

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El relevo - por Pilar (marazul)R.

Con la mayor naturalidad salió por la puerta giratoria, la principal. Saludó al impecable portero con una sonrisa. Sabía que eso siempre funcionaba. «¿Quién se iba a atrever a parar a alguien bien vestido que pisa con seguridad?» Lo sabía por experiencia.
En cuanto estuvo fuera del alcance de su visión aceleró el paso, sujetó fuertemente el maletín y se perdió entre las estrechas calles del centro de la ciudad.
Ya en la habitación del hostal se aflojó la corbata y, sin quitarse el traje, comenzó a inspeccionarlo. Le daba vueltas, por un lado y por otro, por arriba, por abajo. No le vio cremalleras ni costuras. Tampoco tenía candado o algún indicio de clave secreta. Nada que indicase por dónde se podría abrir. Era un bloque con asas.
Sin ninguna prisa abrió una lata de cerveza, le dio un trago y se tumbó en la vieja cama.
Por el aspecto del hombre al que se lo robó estaba seguro de que el contenido iba a ser valioso. Imaginó que contenía fajos de billetes o mejor aún muestrarios de joyas.
Dejó caer su brazo con el vaso vacío al suelo, cansado por las emociones.
Cuando despertó, el maletín seguía ahí, posado en el suelo. Inmediatamente se puso manos a la obra e intentó abrirlo: sin ranuras, sin bisagras, sin cierres, lo iba analizando. Primero calculó el peso, luego lo empezó a agitar suavemente para intentar escuchar. «Si lo perforaba con un taladro podría dañar su contenido. ¿Y si contenía un artefacto explosivo?»
En el hotel de lujo en donde lo robó se alojaban políticos, personalidades del mundo de las finanzas, gente importante…
Él estaba acostumbrado a trabajos más sencillos, no disponía de escáner o rayos X como los ladrones de guante blanco, los de las películas.
Con las manos sudorosas lo alejó hacia una esquina de la habitación.
En algún momento de la noche le pareció escuchar un tic tac que procedía de la esquina. ¿O era su imaginación? ¿Y si tiene un dispositivo de rastreo?, pensó. Aquella situación ya empezaba a causarle demasiada intranquilidad.
Se levantó de la cama; con mucho cuidado lo metió en el armario.
Al día siguiente se desharía de él.

—¡Señor…señor…! —salió corriendo el camarero detrás de él— ¡que se deja el maletín!
—¿Cómo, qué maletín? —contestó haciéndose el despistado.
—Este, señor, le vi entrar con él.
—Ah claro, claro… gracias.
Siguió caminando sin rumbo fijo con aquella carga que cada vez parecía pesarle más, hasta que dos calles más abajo vio unos contenedores de basura: amarillo, verde, azul, vidrio, residuos… Pareció dudar ante los contenedores.
La chica que doblaba los cartones se dirigió a él:
—Será mejor que lo lleve al punto limpio, es ahí en donde reciclan maletas y otros objetos más voluminosos.
—Si, si…—le contestó ya molesto— aquí no puede ser. Gracias, gracias…
Desesperado por no poder deshacerse de aquella carga decidió volver al hostal. «Ya pensaría algo mañana»
Durante el trayecto se le fueron ocurriendo múltiples maneras de acabar con aquella pesadilla:«lo llevaría a las afueras, al bosque, haría un hoyo grande y lo enterraría allí. O tal vez podría tirarlo a un pozo». Esto le pareció más seguro.
En pleno ataque de ansiedad se paró en medio del puente que atravesaba la ciudad: «Esta primavera ha llovido mucho, el río lleva abundante caudal».
Al asomarse por la barandilla para calcular el lugar en donde la corriente era más profunda, una mano le sujetó con fuerza.
—¡No, no lo haga! Nada es tan grave como para terminar así. Todos los problemas tienen solución, amigo. Le ofrezco mi ayuda.
—¿Qué demonios…?
—¡No voy a soltarle hasta que se calme!
—¡Solo estaba mirando el agua! ¡Suélteme, idiota!
El hombre dudando, le soltó. Con una mezcla de sospecha y preocupación se fue alejando.
El rugido de un motor cerca de la acera le pilló totalmente desprevenido. No le dio tiempo a girar la cabeza. Sintió un tirón seco, brutal que le arrebató el maletín de las manos tirándole al suelo, mientras la moto pasaba rozándole.
Allí solo, sentado en mitad del puente, con el brazo dolorido vio como su maldición se alejaba con su nuevo dueño.

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