Literautas - Tu escuela de escritura

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Un robo moral - por Chosi

No se escuchaba el sonido de los búhos o los grillos, quedando escondido tras el brusco estruendo que provocaban los gritos y las espadas chocando. El aire era frío y húmedo, entumeciendo los músculos y haciendo que cada respiración emitiese una nube de vaho. Dos figuras aguardaban en cuclillas, ocultas por la profusa capa vegetal de helechos.

—Vamos por aquí —dijo una voz susurrante. Pero Balcis siguió inmóvil.
De pronto restalló un ruido agudo y una quemazón se hizo sentir en su mejilla. Un sentimiento de rabia le invadió mientras recuperaba la consciencia de dónde se encontraba.
—¿Qué haces? ¿A qué demonios ha venido semejante bofetón? —protestó.
—Estabas completamente ido, imagino que en tu mundo de musas y ninfas, y solo tenemos una oportunidad para conseguirlo —replicó Abico—. Mira, el centurión sale de su tienda; vamos, no tendremos mejor momento que este.

Agarró a su compañero por el brazo y, agachados, se deslizaron esquivando las flechas clavadas en el suelo y se arrojaron debajo de un carromato, en el preciso momento en que dos legionarios cruzaban delante de su objetivo en dirección a la refriega. En cuanto pasaron, salieron de su escondrijo cubiertos de barro y se internaron en la tienda de mando sin más sustos.
—Sigo sin tener claro todo esto —refunfuñó Balcis.
Abico le ignoró y se puso a registrarlo todo.
—Deja de quejarte y ayúdame. No olvides que es el plan de tu padre. Le costó mucho poner de acuerdo a los dos clanes, y la verdad, estoy de acuerdo con que era una buena idea. No podemos dejar que nos sometan tan fácilmente, porque es lo que terminarán haciendo si no reaccionamos.
—Que mi padre sea el jefe no significa que siempre tenga que darle la razón. Además, soy un guerrero, no un vulgar ladrón —murmuró Balcis mientras empezaba a colaborar.

La tienda por dentro era sobria, pero con algunas rarezas propias de una cultura
que les resultaba ajena, especialmente recipientes con un líquido púrpura que en teoría parecía una bebida. En una esquina había un jergón relleno de paja y una caja vacía sobre la que había varios papeles. En el lado contrario, un pequeño baúl con un objeto alargado apoyado sobre este.
—Mira, aquí esto parece el estandarte que buscábamos —dijo de pronto Balcis mientras sacaba un cuchillo para separar la tela del mástil.
—¡Gracias a Bandua, lo tenemos! Es el golpe moral que necesitábamos dar —celebró Abico—. También me he hecho con unas cartas, igual dicen algo interesante.
Salieron a toda prisa a una noche que comenzaba a perder intensidad y pusieron terreno entre ellos y el campamento. Una vez lo bastante lejos, se detuvieron a recuperar el aliento y beber en un riachuelo. Abico aprovechó la parada para sacar las cartas e intentar leerlas a la luz del alba.
—¿Qué dicen? —preguntó Abico mientras se acercaba a su compañero.
—Mi latín no es muy bueno, pero entiendo “traidor” y… ¿tu nombre? —dijo, levantando la vista, justo para ver cómo su compañero hundía su daga en su vientre.
Balcis contempló cómo la vida de su amigo se escapaba poco a poco, luchando contra la tormenta emocional que se desataba en su interior. La culpa y la quiebra de sus más profundos vínculos se mezclaban con el alivio de no ser descubierto. Cuando se rehizo, recogió las cartas con manos temblorosas, las rompió en múltiples pedazos y las arrojó al agua.

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