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Final - por @HenkoSlowLifeR.
La primera vez que Clara sospechó que le estaban robando fue por una tontería. Al menos así la llamó él.
Habían regresado de una cena con amigos y ella se encontraba frente al espejo, retirándose las horquillas del cabello.
—¿Sabes qué ha sido lo mejor de la noche? —preguntó Clara
—No.
—Cuando conté lo del concurso de pintura.
Él ya se había acomodado en el sillón con un libro.
—¿Qué concurso?
—El que gané en la escuela de arte.
—Ah.
Ella esperó algo más, una sonrisa, una pregunta o, al menos, una muestra de interés.
—Siempre me gustó aquel cuadro.
—Era un paisaje mediocre.
—Tenía diecisiete años.
—Precisamente.
Lo dijo con la misma naturalidad con la que habría comentado el tiempo.
La mañana siguiente Clara descubrió algo extraño, el recuerdo del cuadro parecía menos luminoso, seguía recordándolo, pero ya no con la misma claridad.
Durante los días siguientes volvió a pensar en él varias veces y cuanto más lo hacía, más le costaba comprender por qué aquel premio la había hecho tan feliz.
Meses después desaparecieron otras cosas, no eran objetos, nadie habría podido denunciarlo a la policía.
Desapareció la costumbre de llamar a su hermana cada domingo, las caminatas largas de sus mañanas, desapareció aquella risa que obligaba a girarse a media cafetería.
—No me gusta cuando te ríes así.
—¿Así cómo?
—Tan fuerte.
En otra ocasión, fue su amiga.
—Has cambiado mucho —le dijo Marta.
—¿Para bien o para mal?
—No lo sé.
Se pasó aquella tarde pensando en ello y cuando llegó a casa decidió comentárselo.
—Marta dice que he cambiado.
—Marta está divorciada tres veces.
—No veo la relación.
—Yo sí — continuó leyendo el periódico.
Aquella noche Clara no volvió a pensar en Marta, ni al día siguiente, ni en toda la semana.
Lo curioso era que él jamás parecía interesado en el botín, un ladrón corriente roba aquello que desea: dinero, joyas, cuadros.
Él no.
Cuando Clara abandonó la pintura, no mostró satisfacción, cuando dejó de ver a ciertas amistades, ni siquiera lo celebró, cuando renunció a una promoción porque implicaba viajar, apenas comentó:
—He pensado en aceptar el puesto de Valencia.
—¿Para estar viajando toda la semana?
—Serían dos días.
—Si eso es lo que quieres.
—No hace falta poner esa cara.
—¿Qué cara?
—La que pones cuando crees que algo es una mala idea.
—Yo no he dicho eso.
—No, claro.
Dos semanas después rechazó la oferta y él sólo le dijo:
—Era lo más sensato.
Y siguió con su vida como un niño que arranca las alas de una mariposa sin sentir crueldad ni placer.
Una noche, mientras recogían la mesa, Clara reunió el valor suficiente para decir lo que llevaba días ensayando.
—Tengo la sensación de que cada vez me siento más pequeña.
—¿Más pequeña? — él soltó una carcajada.
—No físicamente.
—Menos mal.
—Hablo en serio.
Él la observó con una mezcla de diversión y cansancio.
—Clara, tienes una casa preciosa, un trabajo estable y un marido que te adora. Hay personas con problemas de verdad.
Ella se quedó callada, había contestado a una pregunta que no había hecho y, sin embargo, cuando intentó recordarlo unos segundos después, ya no encontró las palabras exactas, solo una sensación de culpa como si hubiera cometido una injusticia contra él.
Los meses siguieron pasando y cada cierto tiempo Clara despertaba sobresaltada con la impresión de haber olvidado algo importante.
Una tarde abrió una caja llena de fotografías antiguas, en una aparecía sentada sobre una roca junto al mar con el cabello al viento y sonriendo.
Acercó la fotografía a la lámpara y la observó durante largo rato.
—¿Quién eres? —susurró.
Desde la puerta llegó la voz de él.
—Siempre pierdes el tiempo con esas cosas.
Clara bajó la vista hacia la fotografía, intentó recordar cuando había dejado de sonreír así, no pudo; intentó recordar por qué, tampoco pudo.
Levantó la cabeza, reconocía la sensación de otro intento de robo y comprendió que durante todos aquellos años él ni siquiera había sabido qué se llevaba.
Había robado su alegría sin quererla, sus sueños sin comprenderlos, su voz sin escucharla, su vida sin vivirla.
Y ahora, cuando sólo quedaba una última cosa entre sus manos y el vacío, seguía robando su identidad sin darse cuenta.
Pero ella sí.
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