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Bienvenido a mi humilde hogar, jovencito - por Daniel Calleja

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Rafa abrió la ventana con cuidado, tratando de no hacer ruido. Pese al crudo invierno, el sudor que bajaba por su frente le hacía escocer los ojos. Una vez dentro, caminó en puntillas y dejó el objeto que llevaba en la bolsa sobre el dintel de la chimenea.
A punto estuvo de infartar cuando la luz de la sala se encendió y unos lentos aplausos comenzaron a crecer a sus espaldas. Se volteó despacio, controlando a duras penas el temblor inesperado de sus piernas.
­—Bienvenido a mi humilde hogar, jovencito —dijo el hombre viejo sentado en una reposera junto la mesa. Aparentaba unos setenta años, demasiado delgado, arrugado y ojeroso, demasiado muerto para estar vivo.
—Ven, toma asiento y comparte una copa conmigo. Nadie viene ya por aquí —agregó alzando su vaso—. ¿Solo o con hielo?
Rafa se acercó despacio y se dejó caer en la silla. Sus piernas se sentían con la misma consistencia que un flan.
—So… solo, gracias —respondió. El corazón le latía a más pulsaciones por minuto de las que creía posible. Tomó el vaso con ambas manos y lo bebió de un solo trago.
—Ah, no, mi amigo. ¡Así no se toma un güisqui de doce años! —protestó el dueño de casa—. Y puedes calmarte. No llamé a la policía ni tengo un arma. Solo quiero hablar.
Miró al joven ladrón con una sonrisa. Era como él cuando robó el objeto.
Rafa, envalentonado por la bebida y la aparente fragilidad del hombre, lo miró desafiante.
—¿Y si lo mato ahora? ¿No tiene miedo? Se enfrenta a un delincuente y… y… y…
El viejo lo interrumpió alzando una mano con lentitud.
—No me asustas. Eres un ladrón de poca monta, como lo fui yo en mi juventud, no hace tanto tiempo. No traes armas ni eres violento. Solo has tenido mala suerte. Además, si acabaras con mi vida ahora me harías un favor.
Rafa se rascó la cabeza y frunció el ceño. Abrió la boca y levantó un dedo, pero fue incapaz de conectar el aparato fonador con su cerebro.
—Cuando robé eso, pensé que me volvería rico y famoso. No sabía ni sé qué es, y supongo que tú tampoco. Aquí me ves, apenas sobreviviendo. ¿El güisqui? Un regalo del anterior dueño de eso. Entonces no pude entender su alegría.
—No me lo pienso llevar otra vez. Es suyo.
—No, no lo es. Tú lo robaste, ahora es tuyo. Y lo sabes.
Sus miradas se cruzaron por un largo instante. En los ojos del hombre mayor había paz. Y pena. En los de Rafa empezaba a dibujarse el terror.
—Cuéntame qué cosas has hecho para deshacerte de ese enigma informe. ¿Lo tiraste a la basura? ¿En el drenaje en medio de una tormenta? ¿En una gran fogata? ¿Qué más? Puedes dejarlo aquí, no me importa. Cuando llegues a tu casa te estará esperando. Vayas a donde vayas, te seguirá.
Rafa miraba el piso, cómo buscando un lugar por donde huir de esa maldita pesadilla. Sin embargo, estaba seguro de que aquello no era un sueño.
—¿Qué demonios es esa cosa? Quise buscarla con la aplicación de imágenes del celular. Casi me explota el teléfono en la mano.
—¿Quién lo sabe? Un hombre místico me dijo que hay un demonio encerrado. Otro, que era un santo dedicado a torturar a los ladrones. ¿Importa acaso qué es? No. Lo importante es que no te deja dormir con sus gritos desgarradores a mitad de la noche. Aleja a tus amigos. A tu familia. Atrae la mala suerte. Todo te sale mal. Lo siento por ti. Así será el resto de tu vida a menos que…
—A menos que alguien me lo robe, supongo —completó la frase Rafa.
—¡Vaya, para ser un tonto eres bastante inteligente! Lo bueno, es que la agonía no será muy larga. Esa maldita cosa te va chupando la energía vital muy, muy rápido. Lo sé. Tenía veinte años cuando lo robé. ¿Quieres saber cuántos años tengo ahora?

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