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EL ROBO EN LA CASA DE LA SEÑORA DE ROSAS - por Brandon QuirogaR.
—¿Lo tenés? —pregunta Levi.
—Fijáte en el camino —dice Julio cubriendo el paquete de cartón entre sus piernas con sus manos.
Guardan silencio. El tramo de la calle está a oscuras. Árboles a ambos lados. Julio mira por el parabrisas trasero esperando ver faroles de autos siguiéndolos. Nada. Ellos conducen con las luces apagadas. No querían mostrarles a sus hipotéticos perseguidores las calles que están tomando.
—Quiero ver…
—¡Cuidado!
El auto brinca cuando la llanta delantera se mete en un bache. El movimiento brusco provoca que Julio suelte el paquete.
—Mierda.
El corazón se le detuvo, las manos empezaron a temblarle.
El bebé estaba de pie en la cuna, aferrado a los barrones. El haz de la linterna de Julio iluminó su rostro infantil. Año y medio. Soltó los barrotes.
—Pa-pa —Subía y bajaba con las piernitas rollizas como si se preparara para saltar, aferrado a los barrotes de la cuna —. Pa-pa.
—Shu, bebé —Julio se acercó al bebé, lo levantó de las axilas.
—¿Lo encontraste?
—Aún no.
Julio palpa la alfombra. Sus dedos tocan envoltorios de hamburguesas, tickets hechos puños, papel rasgado, pero no encuentra el paquete.
—No sé dónde está —dice Julio.
—¿Detengo el carro?
—No.
—Sería mejor si soltaras al bebé —dijo Levi.
—Habría sido mejor si le prestaras atención a la calle ¡y no te distrajeras por cualquier pendejada!
Un haz de luz blanca barrió la habitación y se detuvo en Julio y el bebé que cargaba. Levi bajó la lámpara hacia el suelo.
—¿Cómo querés que encontremos una mierda si estás haciendo de papá?
—No quiero que llore. Puede despertar a la vieja.
—¿Dónde te dijo tu mujer que iba a estar el paquete?
—Aquí, la habitación del niño. Pero aún no he buscado.
—Voy a revisar debajo del colchón de la cuna.
Levi se acercó a la cuna, se colocó la lámpara en la boca, levantó el colchón. Ropa. Sábanas. Peluches. Todo se acumuló en uno de los barrotes.
—Aquí está —dice Julio.
—¿Ya lo encontraste?
—Sí, sí, sí.
Julio se siente y coloca el paquete perfectamente sujeto entre las piernas.
—¿No le pasó nada? —pregunta Levi.
—No, no creo. Tampoco es que se nos hubiera caído del carro en movimiento.
—¿Seguro que es esto? —preguntó Levi.
—Enseñámelo —dijo Julio. Levi le acercó el paquete y lo alumbró con la lámpara. Cabía en la palma de la mano —. Sí, ese es. La Leticia me dijo que iba a dejarlo así. Con cartón.
—Dejá al niño en la cuna. No debemos tentar la suerte.
—Ya. Solo quiero ver si se termina por dormir.
—¿Y tu mujer no pudo dejarlo cerca de la puerta para que solo pudiéramos recogerlo?
—No. Este cuarto aún está en el rango de protección. Salido del rango, suena la alarma.
—¿Y te dijo qué era?
—No, pero dijo que con esto nos vamos a hacer millonarios.
—Entiendo. Bueno, empecemos a irnos. No sigamos tentando la suerte. Ya casi son las tres. Y la señora De Rosas…
—Sí, sí. Ya voy.
Julio se acercó a la cuna. El bebé estaba cerrando los ojos, pero los abrió al sentir el movimiento brusco hacia abajo cuando Julio lo estaba acostando. Empezó a llorar.
—Mierda, se nos acabó la suerte.
Luces estroboscópicas azules y rojas rompen la oscuridad desde atrás. Un faro gigantesco de luz los ilumina desde adelante, cegándolos.
—¡Deténganse!
Julio y Levi corrían por el césped trasero de la mansión De Rosas. En el marco de la puerta se recortaba la figura de la dueña de la casa. Los apuntaba con una escopeta. Disparó, pero falló el tiro. La fuerza del disparo la empujó hacia atrás.
Levi detiene el auto antes de colisionar con la barrera de patrullas delante.
—Mierda, mierda, mierda. —Su expresión era de terror —. Van a saber que mi mujer…
—¿Acelero?
—Sí, sí, sí. No deben…
—¡Alto o disparamos!
—¡Abran la puerta!
Julio temblaba a temblar. Lágrimas asomaban en sus ojos.
—¿No te dio? —preguntó Julio.
—No, ¿y a vos?
—Tampoco.
—Debemos agradecerle a tu mujer por habernos abierto la puerta. No debemos preocuparnos por trabajar toda una vida gracias a ella.
—¡Abran las puertas y salgan con las manos arriba! ¡Háganlo ahora!
—Tengo miedo por mi mujer. Le van a… Van a saber que.
—Puta mierda… —dice Levi —. Nunca tuvimos suerte. Vos y tu maldito niño…
Abren las puertas. Salen con las manos en alto. Levi la cara amargada. Julio, llorando. Y el paquete de cartón, en el asiento del acompañante.
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