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UNA ANOMALIA DE CONSECUENCIAS IMPREVISTAS - por Marta T GR.

Esperanza —o Espe, como prefería llamarse para acortar las distancias con su propia vida— disfrutaba de la envidiable fortuna de poseer un empleo fijo en una gran corporación. Era, según el pomposo contrato que firmaba cada año, Digitadora de Datos; un “título” para describir la tarea de pasar ocho horas diarias encorvada sobre un teclado, transcribiendo datos ininteligibles de desconocidos. Disponía de hora y media para comer, tiempo que empleaba en consumir el contenido de un modesto táper, pues los restaurantes estaban reservados para personas con ingresos más elevados o con menos escrúpulos financieros. El contrato estipulaba cuarenta horas semanales, pero la empresa, en un acto de suprema confianza en sus virtudes domésticas, asumía que Esperanza desearía limpiar y ordenar toda la planta antes de marcharse. Ella aceptaba el cumplido en silencio, aun sabiendo que su cuerpo solo ocupaba dos metros cuadrados de la oficina.

Aquel viernes, el peso de la semana nublaba su semblante. Su supervisor, un hombre cuya principal habilidad consistía en estar ausente cuando se le necesitaba y presente cuando se trataba de censurar, solía reprender severamente por cualquier error, sin importar quien fuese responsable. ¡Vaya tío!

Los fallos procedían de las sucursales físicas, donde los empleados rellenaban manualmente los formularios como si escribieran en la oscuridad. Si surgía una discrepancia, Espe debía rastrearla, justificarla y suplicar la autorización de su jefe para enmendarla, recibiendo la consiguiente reprimenda por haber osado descubrir el error.

Mientras el vagón del metro se mecía veloz, los pensamientos de Espe se disputaban el protagonismo en su mente con impertinente desorden: Debo pagar el alquiler, la mensualidad de piano de mi hija, ¿Y la anomalía del día anterior? Aquellos mil euros de más seguían sin justificar. Las anotaciones estaban en inglés, lo que situaba el origen del problema en “algún lugar”, dada la universalidad de dicho idioma en programación, en cualquier burdel informático del planeta. Me resulta imposible localizar la dirección IP.
—Respira —se ordenó a sí misma, aplicando las técnicas de relajación que seguía en YouTube— Hijita, mañana iremos al parque de los patos y pasearemos por la Gran Vía.

Pero la calma era un lujo que no podía permitirse; aquellos mil euros flotaban en su cabeza como un fantasma. Si hubiera confesado la incidencia el jueves, su jefe la habría retenido en el cubículo —al que todos llamaban «oficina» para salvar el orgullo—, ignorando por completo que una vecina caritativa solo podía cuidar a su hija durante treinta minutos tras la escuela.
Al llegar a su puesto, una torre de legajos nuevos la esperaba con amenazante puntualidad. Decidida a resolver el asunto, se dirigió al despacho de su superior. Como era de esperar, el caballero no se encontraba. Se había tomado el fin de semana libre; Dios sabía a qué paraíso terrenal habría volado para descansar de sus escasas fatigas.

Espe regresó a su mesa con la vana esperanza de que la anomalía se hubiese disuelto por arte de magia. En lugar de eso, los datos de origen seguían ilegibles, pero el dinero aguardaba la orden de traslado hacia una cuenta en un paraíso fiscal. El sistema requería su autorización expresa. Parecía la obra torpe de un pirata informático novato, un ladrón incapaz de desviar su botín.
«Mil euros», pensó. Aquella suma resolvería el alquiler y las actividades de su hija. El decoro y el temor a un proceso judicial la hicieron retroceder. Sería un robo. Pero el dinero carecía de dueño legítimo a la vista. ¿Y si abría una cuenta anónima? ¿Y si lo justificaba más tarde como un préstamo materno? Al fin y al cabo, la prudencia dictaba que era mejor archivar el asunto para centrarse en las obligaciones del día. Con un par de clics rápidos, autorizó el desvío hacia una cuenta de su propia creación a Vanuatu, un lugar que ni siquiera sabía situar en el mapa. El resto de la tarde transcurrió en una bendita y sosiega paz.

El sábado por la mañana, rodeada de las más estrictas y secretas medidas de seguridad digital, Esperanza consultó el estado de su cuenta en Oceanía, desde el ordenador de su hogar. Esperaba ver reflejado el momentáneo alivio de sus deudas. Sin embargo, la pantalla le devolvió una cifra que paralizó su respiración: 56.538.658 euros.
Su cerebro necesitó varios minutos para procesar la realidad de los hechos. Lo que ella había tomado por 1000€, eran, en realidad, criptomonedas cuyo valor real resultaba astronómico. Espe, con un salario mínimo interprofesional, acababa de convertirse en una mujer millonaria.

Comentarios (3):

Ignacio

21/06/2026 a las 21:42

Hola Marta. Me alegro por Espe. Tu relato tiene varias cosas interesantes. Más que describir el robo, que es una cuestión lateral, muestras las condiciones laborales de una empleada anónima en un gigante corporativo. La definición del jefe es genial: “un hombre cuya principal habilidad consistía en estar ausente cuando se le necesitaba y presente cuando se trataba de censurar”. En cualquier caso, creo que tendrás que actualizar el relato, porque en breve la IA hará las tareas de Espe como digitadora de datos y su empleo se verá reducido a las tareas de limpieza, con la consiguiente reducción de salario.

Julio Cesar Blanco

22/06/2026 a las 03:02

Hola Marta. Me gustó tu relato, realmente disfruté mucho el leerlo. Me toca comentarlo.
Sin llegar a ser una cacofonía, hay que tener cuidado con repetir algunas palabras. En el primer párrafo la palabra “datos” se repite, la sugerencia es que en la segunda mención en la oración podría ser cambiada por ” transcribiendo textos o información ininteligibles”. Sin embargo creo que cumples bastante bien el reto opcional de mostrar y no contar, coincido con Ignacio en la descripción del jefe, esta muy bien hecha, por lo demás, corregir pequeñas cosillas en cuanto a la descripción que puede ralentizar el relato. A seguir escribiendo. Gran abrazo

Manuela Dilemás

22/06/2026 a las 11:25

Hola Marta, menos mal que al final, Espe respira tranquila. Espero que su “inesperada” fortuna no le complique la vida, ¡quien tuviera su suerte!. En cuanto al texto creo que en el primer párrafo ya nos hacemos una idea de lo agobiada que anda tu protagonista. No obstante creo que podrías hacerlo más fluido y lograr el mismo resultado. En esta frase “una torre de legajos nuevos la esperaba con amenazante puntualidad”, me ha llamado la atención lo de amenazante puntualidad. También me extraña cuando aludes a la limpieza de toda la planta, si ella es digitalizadora de datos. Esto es todo, nos leemos en el proximo. Un saludo.

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