Literautas - Tu escuela de escritura

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El gato - por Rafael RicardoR.

Jugaba con sus manos como si fuera un ave que volaba. Mientras recorría la casa, vio una taza algo partida y le agregó un poco de leche y una cucharada de atún. Siguió jugando al ave que planea, mientras con la otra mano llevaba la taza. Miró un cactus, contó un paso y casi sobre la pared lo dejó ahí.
Corrió a la cocina y le preguntó a su mamá si podía jugar con los accesorios. La madre lo consintió y le dijo que estaban encima de una mesa en la sala. Jugó por un rato y, cerca del almuerzo, su madre le pidió guardar todo. Apresurada, guardó todo como pudo, lo cerró y lo dejó en el sofá, mientras corría a la mesa. La mamá le pidió que se lavara las manos antes de comer.
Un hombre llevaba rato paseando por el barrio. En su camino vio cosas tiradas por las casas del barrio, que recogió. Algunas veces tocaba el timbre y las entregaba; su fin no era altruista: trataba de saber quiénes estaban y quiénes no. En algunas ocasiones tocaba el timbre sabiendo que el objeto no era de ahí. Después de revisar todas las casas, vio salir a una señora con su pequeña hija. Al alejarse el automóvil, se acercó, miró entre las ventanas, se alejó un poco, esperó a que nadie lo viera y, con mucho cuidado, entró por la puerta de atrás.
Ya adentro, fue a la cocina, tentó una olla y sintió su calor, miró la nevera y tomó un poco de jugo de naranja. Un carro pasó y, por inercia, se cubrió; aunque las cortinas estaban puestas, podía verse la silueta. Al ver que nadie estaba afuera, vio unas monedas sobre la mesa de la cocina y las guardó en una bolsa de tela, de esas de los supermercados. Caminó hacia la sala y pisó un dije pequeño: era dorado, se veía nuevo. Lo guardó. Revisó una alacena; solo había platos decorativos y un juego de cubiertos. Pensó: son muy pesados para la bolsa y no deben de tener ningún valor. Urgó por un rato la alacena sin ninguna suerte, escondiéndose cada vez que sentía algún ruido. No miró ninguno de los cuadros, por no caber en la bolsa que tenía.
Así que se sentó en el sofá, hasta tropezar con el cofre. Lo miraba cuando, al tomarlo, oyó un ruido; parecía como si alguien cayera. El cofre era perfecto, parecía un artefacto valioso. Sin reparar, lo metió en la bolsa. Volvió a sentir el mismo ruido, sumado al sonido de un automóvil cerca de la casa, y se fue.
Ya afuera, vio a unos vecinos reunidos —la mamá y la niña entre ellos—, así que el ladrón salió en dirección opuesta.
Las dos volvieron a casa. Llegaron a la cocina, sacaron unas compras y alistaron los ingredientes para una torta. La niña se acordó de que en el cofre había dejado una pulsera que había hecho, pero al no encontrar el cofre en la alacena ni en la sala, buscó la taza para ver si la había dejado allí. La taza estaba vacía y el gato echado a un lado, siendo el único testigo del destino del regalo.

Ccomentarios (1):

clarinete

19/06/2026 a las 11:53

Aunque el ladrón desconocía el contenido del cofre, si que sabe lo que roba puesto es el cofre lo que le llama la atención y se lo lleva sin averiguar qué es lo que contiene. Interesante el ladrón que se sirve un jugo de naranja, y servirle al gato un aperitivo, gato, que como dices testigo de todo lo ocurrido.

Un saludo

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