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Cómo matar a un fantasma - por Iván Pascal
Cecilia es una ladrona profesional desde hace más de veinte años. No trabaja con violencia. No da grandes golpes. No obtiene grandes botines. Busca el riesgo cero y no levantar sospechas. Nunca la han detenido. Si duda, aborta la operación.
Lleva varios días siguiendo a su próximo objetivo, la famosa escritora venezolana Renata Salvaterra. Está en la ciudad para asistir a la boda de su sobrina, a la que considera su hija. Su estancia en el hotel ha traído invitados, prensa y seguridad privada. Cecilia vigila, estudia y no improvisa.
El día antes de la boda, tía y sobrina abandonan el hotel. El lobby prácticamente se vacía. Cecilia se mueve como un huésped más, sin llamar la atención.
Acceder a la habitación de Renata no fue muy difícil. La caja fuerte estaba abierta y vacía. Miró el interior de dos maletas. Nada de valor. También debajo de la cama. No había nada. En la habitación no hay joyas, ni estuches ni bolsos. Todo parece muy limpio.
Cecilia comienza a dudar y decide abortar el robo. A punto de salir, vio que en la mesita había un portátil, un disco duro externo y un teléfono móvil. Actúa por instinto y coge el disco duro y el móvil. Sale del hotel de forma pausada. Nadie la sigue.
Al día siguiente, la noticia copaba las portadas: “Renata Salvaterra y su sobrina fallecen en un accidente de tráfico”. Cecilia no reacciona. No siente culpa. Si acaso, incomodidad al pensar en los objetos sustraídos. Guarda el disco duro y saca la tarjeta SIM del móvil. La destruye.
Durante un par de años los ignora. Después, rompe el móvil y acaba en el punto limpio. Aísla su propio portátil de la red, sin conexión posible, y conecta el disco duro externo, decidida a ver su contenido. Se sorprende al comprobar que había un único documento de texto, de 589 páginas. No es un archivo de trabajo ni un diario. Lo imprime en varias tandas, con cuidado, y lo lee. Es una novela completa. La última de Renata Salvaterra. Inédita. Algo distinta a las anteriores, que Cecilia ha leído. Es más intimista, más oscura. Posiblemente, más valiosa.
Durante semanas pensó en qué podía hacer. No podía venderla en el mercado negro como una joya. Pero tampoco quería deshacerse de ella. Publicarla es muy complicado y no conoce el mundo editorial. No obstante, en su mente va naciendo una nueva opción, en la que poco a poco va creyendo: presentar la obra a un premio literario. Para el jurado, la obra vale infinitamente más que la identidad.
Cuando se abre el plazo de presentación de originales, decide actuar y crea a Clara Montalbán. Es una autora sin pasado. No ha publicado nada, no tiene perfil en redes sociales. Nadie la conoce. No hay historia verificable. Con cierta inseguridad, envía el manuscrito. El jurado la selecciona como finalista. En la votación final, muy ajustada, resulta ganadora. Antes de hacer público el fallo, al jurado le surgen dudas. Nadie conoce a Clara Montalbán. Es una situación anómala. Pero la calidad del escrito resulta definitiva. En una rueda de prensa, la organización proclama a Clara Montalbán ganadora del premio. Cecilia había obtenido, tres años después, el botín del robo.
Con muchos nervios, Cecilia asiste a recoger el premio con su nueva personalidad, Clara. Aparece en televisión. Las redes sociales se inundan con su imagen. Sonríe cuando debe y responde sin fallar. Ha ensayado todas las respuestas. Cuando le preguntan por la ausencia de obras suyas, responde con naturalidad:
— No he sentido la necesidad de publicar hasta ahora.
— ¿Cómo se ganaba la vida Clara Montalbán antes del premio?
— Como correctora de textos.
Cada respuesta va tejiendo la nueva Clara, al mismo tiempo que Cecilia va desapareciendo. Del nombre inventado por Cecilia, empieza a emerger una mujer nueva, con personalidad, resuelta. Durante la promoción de la novela, aparecen retazos de su biografía que no desmiente. Clara sigue creciendo.
Pero de pronto, todo cambia. Una pregunta de lo más habitual en estas circunstancias:
— ¿Para cuándo la próxima novela?
Clara improvisa en esta ocasión.
— Está muy avanzada. Saldrá el próximo año.
Enseguida se da cuenta de su error y de la realidad. Clara ya no es un nombre. Es mucho más. Comienza a recibir felicitaciones e invitaciones. Clara no deja de expandirse y Cecilia se asfixia.
Cecilia empieza a dormir mal. Tiene miedo. El riesgo, que siempre ha minimizado, crece. Clara ya no puede desaparecer. Debe matarla. Pero, ¿cómo se mata a un fantasma?
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