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Terapia nocturna - por Federico NicolásR.+18

Todos guardaban algún secreto. Durante la terapia de grupo de esa tarde, el doctor Villalobos había despertado una crisis nerviosa en José cuando éste comenzó a recordar su infancia cargada de abusos por parte de sus padres.

Cuando el hombre comenzó a gritar y se levantó tirando la silla al suelo, los enfermeros se abalanzaron sobre él aplicándole un sedante y reduciéndolo como un policía a un ladrón de carteras.

Los ojos de José se paralizaron y enseguida entró en un sueño profundo que no se vio interrumpido mientras lo arrastraban fuera de la sala de reuniones.

Aquel rutinario procedimiento dentro del hospital era como el pan de cada día. Si algún loco se sobresaltaba, un beso de la jeringa y a dormir.

Los integrantes de la reunión vieron a su compañero sedado desaparecer por la puerta y comprendieron, a pesar de la locura que cegaba su juicio, que a fin de cuentas ese sería el premio por mostrar sus verdaderas identidades…

La charla surgió en la madrugada, después de la ronda de medicación, en la que todos se habían puesto de acuerdo en esconder el Zolpiden bajo la lengua para, cuando se fuera la enfermera, descartarlo en el inodoro.

Gladys, la única mujer de la habitación, tenía unos sesenta años. Siempre frotaba sus manos con fuerza. Solía llevar vendas para curar las ampollas que ella misma se generaba. Tenía cicatrices blancas y viejas que se mezclaban con la flacidez de sus brazos y las varices de sus piernas.

Habló con voz ronca, rompiendo el silencio de aquella noche sin José. Contó sobre su vida entregada al dolor. Desde un padre borracho que le pegaba cuando era pequeña, seguida de un esposo que continuó el legado de su progenitor.

Cuando enviudó, no podía dormir sin su dosis diaria de golpes y el dulce ardor de las heridas pegándose en las sábanas. La autoflagelación fue el único remedio que encontró para conciliar el sueño.

Encima de la litera de Gladys, el flaco Martínez soltó una risa histérica. Cuando habló, su voz parecía burlona pero cargada de lágrimas anudadas en su garganta.

El flaco extrañaba sus juguetes.

Contó que los seleccionaba en la calle, los llevaba al sótano de su casa, allí los bautizaba con un nombre, les daba de comer y de beber. Cuando se aburría de ellos, los desarmaba. Quería saber cómo eran por dentro. Ver cómo funcionaban.

Se relamió los labios cuando contó cómo castigaba a los juguetes cuando le suplicaban libertad, privándolos de agua y comida mientras los observaba apagarse poco a poco.

Pablo miraba la cama vacía de José. Había escuchado la historia de Gladys con atención. Martínez era un hombre reservado y valoró la valentía de su confesión.

Cuando el flaco se quedó callado, el silencio le hizo comprender que era su turno. No estaba seguro de querer hablar, pero las palabras salieron de su boca casi sin permiso:

— Tengo un hijo…

Se detuvo y giró la cabeza. Tanto Gladys como el flaco lo miraban con atención.

Pablo sintió un cosquilleo en el estómago. El mismo que sintió cuando encontró a Lucio bajo la cama en ese último juego.

Era algo que había decidido olvidar en cuanto cruzó la puerta del hospital hacía tanto tiempo. Pero que nunca se había ido del todo. Ni siquiera con los cócteles poderosos de medicina que lo mareaban y anestesiaban en sus momentos de mayor vulnerabilidad.

Miró a Gladys frotándose las manos con fuerza mientras al flaco se le dibujaba una sonrisa inocente en los labios.

— Se llamaba Lucio. Y amaba las escondidas.

Una risa cargada de locura invadió la habitación. Las carcajadas salían descontroladas, la saliva caía de su boca y sentía su cabeza latir de tanto reírse.

Pablo no escuchó la puerta abrirse ni el beso de la jeringa en su brazo.

Podía oler la sangre.
Y unas pequeñas manos ejerciendo una resistencia inútil.
Las voces habían regresado.

Cuando se despertó, el suelo mullido y las paredes acolchonadas lo sorprendieron. Intentó levantarse pero su cuerpo no respondió.

Sus ojos dopados se encontraron con el enfermero.

— Tranquilo, Pablo… hará efecto en un momento…

Buscó a José, antes de que el sueño lo invadiera. Pablo, aún dominado por el brote de locura, no pudo evitar sonreír cuando el enfermero apagó las luces y contó hasta diez.

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