Literautas - Tu escuela de escritura

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No persigas el carmesí - por Diana TR.+18

Todos guardaban algún secreto, era la naturaleza humana. Algunas personas se envolvían en ellos como preciadas joyas. Otras eran corroídas por dentro por el veneno carmesí.

Dior apoyó la frente contra la ventana. El vidrio estaba helado con el aire invernal. Bien. El frío que quemaba su piel le ayudaría a respirar.

No podía dormir. Contar era inútil. El reloj en su clóset indicaba con luz roja, luz carmesí, la hora de la madrugada.

Extendió una mano temblorosa para encender la luz. Titubeó un segundo y luego, como si arrancara una vendita, la activó.

Entre los dedos tenía un bolígrafo. Había un cuaderno sobre su regazo. Letras irregulares tapizaban la hoja, palabras aun frescas.

___

Te conozco, aquí estoy.
Aquí estoy siempre, aunque tu día sea negro. Aunque tu noche sea carmesí. Valórate. Quiérete. Amate. Como yo te valoro, te quiero, te amo.

No siempre fue así, lo recuerdo. Te temía, lo admito. Tu misterio. Los dibujos, los poemas, los secretos. “No lo puedes ver”, me decías con demasiada prisa, y yo no comprendía. No podía comprender.

Mi infancia, preciosa burbuja, ciega perfección. Pensaba que todos la llevaban tan fácil como yo, pensaba que estas cosas sólo pasaban en ficción. Ahora veo que no. Desearía darte la mitad de lo que tengo, desearía que ya no sufras, pero no puedo. Este sufrimiento es parte de lo que eres.

Te admiro como no tienes idea, pero no te envidio. Dicen por ahí que si las raíces del árbol están podridas, los frutos no pueden ser dulces. Pero tu me has probado lo contrario. Pese a tus batallas, eres dulce. Cada palabra, cada detallito, cada “las quiero muchoooo” de cada maldito día.

Leo tu carta. Tus cartas. Las que me diste durante tres años. Lloro, porque no sé qué más hacer. Encuentro en la tinta negra tu voz, y en ella las emociones que no me dices. Recuerdos que no tenemos tiempo de recordar.

Y me duele pensarte. Dulce, dulce persona, que no puede parar de sufrir.

Quiero decirte que tus errores no te definen.

Quiero decirte que no es tu culpa.

Sí. Tú y sólo tú caminaste hacia su trampa con voluntad. Con deseo, incluso. No buscaste consejo, ni apoyo. Él debía respetarte, debía detenerse. ¿Y qué hizo? Te arrastró. Era un juego. Un sueño para ti, una distracción para él.

Su experiencia se aprovechó de tu inocencia, de tu confianza, de tu amor. Porque amas como nadie.

Desearía quitarte ese peso de encima, ese vacío que te dejó. Pero no puedo. Sólo puedo hacerte saber que estoy aquí.

Para ti.

Recuerdo que hace años te encontré en un sitio oscuro. No sé si fui yo el cambio. Sé que no fui sólo yo, pero quiero pensar que de algo ayudé para que el amanecer regresara a tu vida, por lo menos estos últimos años. ¿Por qué no puedo ahora?

¿Por qué te rehúsas a contestar?

¿Por qué estás dispuesta a hacerte daño?

A hacernos daño.

Eres parte de mí, y soy egoísta por pensarlo, pero no quiero perderte.

Quiero ayudarte, a que el amanecer regrese a tu vida, a que las flores crezcan de nuevo en tu corazón.

Quiero que tus manos muestren cicatrices de trabajo, de intentar, caer y seguir intentando. Detesto ver esos cortes, líneas amoratadas, única evidencia de que pensaste en rendirte. Única y dolorosa evidencia de que de verdad lo consideraste.

Quiero verte amar, quiero verte soñar y crecer, emocionarte y triunfar, y equivocarte, levantarte y enfrentarte a las adversidades como la guerrera que eres.

¿Recuerdas las promesas que hicimos? Memorias que no son, pero pueden ser. Graduaciones, bodas, hijos. Viajes, éxitos. Y luego. Luego paz. Pieles arrugadas, cabellos entrecanos, ancianas hablando babosadas de otra era.

Quiero tener todo eso. Quiero que estés ahí.

Eres la persona más fuerte que conozco. Has sufrido más que cualquiera. No lo merecías, pero cada adversidad la has superado con una nueva luz a tu rostro.

No tires eso. No lo hagas.

Aquí estoy, y si me dejas, no permitiré que persigas el carmesí. No dejaré que te consuma.

Con amor,Yo.

___

No tenía firma. No había necesidad. La carta nunca conoció su destino.

Dior alzó la vista hacia la ventana, las gotas escarchadas resbalaban por el cristal azul. Le gustaba pensar en la noche como un ángel vestido con manto azul y esquirlas de oro. Una única lágrima hizo lo suyo, mientras el azul devoraba el carmesí.

Tal vez, sólo tal vez, podría dormir.

Apagó las luces y contó hasta diez.

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