Literautas - Tu escuela de escritura

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SARA - por ANA CE.R.

Todos guardaban algún secreto. De alguna manera, habían participado en la planificación de este encuentro entre Alberto y Sara. Patricia la había sacado del hospital con un traje nuevo para alegrarle el ánimo. Ignacio y Héctor habían hecho las reservaciones para el grupo en un restaurante animado. Sara no sabía nada.

Alberto llegó de Suiza diez días antes para la reunión de exalumnos del colegio; cumplían sesenta años de graduados. Ignacio, Darío y Alberto se reunieron antes como preámbulo del evento. Se sumaron los whiskies, los recuerdos y la nostalgia. Salieron las lágrimas y, con ellas, la confesión:

—¿Se acuerdan del baile de graduación de Amelia? ¡Qué bella estaba Sara! Mi Sara… Nunca fue mi Sara. Carlos me habló antes de que yo lograra bailar con ella; se le iba a declarar. Y yo fui tan estúpido que no dije que la amaba desde hacía tiempo, que quería casarme con ella. Callé. Callé el resto de mi vida. Me largué, trabajé, me casé, hice mucho dinero. Pero siempre aparecía en mis sueños, en los rostros de las otras mujeres. Siempre ella. Ahora voy a decirle lo que no dije entonces. Quiero casarme con ella y vivir nuestros últimos años, por fin, juntos.

—¡Está chocho! —dijo Ana a Ignacio cuando, al regresar a casa le contó la escena—. A estas alturas, él está casado. Y Sara también. ¿En qué situación la coloca? ¡Está loco!

Todos se acordaban. Sí. Recordaban que ellos hacían una bella pareja: ella era dulce y él, un caballero.

Carlos nunca tuvo una oportunidad; fue rechazado.

Sara se casó con Ernesto, un hombre excelente que se la ganó con insistencia y constancia. A los quince años de matrimonio, Ernesto murió de un terrible cáncer de esófago. Ella quedó con tres hijos y pasó carros y carretas pero logró estabilizar su situación.

Algunos años después, se reencontró con Rodrigo, excompañero de Ernesto. Culto, agradable, bien parecido, de buen humor y divorciado. La cortejó y se casaron con los parabienes de los amigos. Las cosas marcharon bien por un par de años, cuando poco a poco, Rodrigo dejó ver su afición por el alcohol y empezó a levantar la voz para ser grosero. ¿Por qué Sara lo soportó? Nadie lo sabe. Estuvieron juntos infinidad de años.

Avanzando el tiempo también Rodrigo enfermó. Esta vez un tumor cerebral. Fue operado con éxito, pero las secuelas se fueron manifestando en los años siguientes. Hasta que una tarde, incapaz de caminar, cayó encima de Sara con su enorme peso. Casi la mata por aplastamiento. Gracias a Dios, el portero del edificio oyó los gritos y los socorrió. Rodrigo fue a un asilo de ancianos. Sara se quedó sola en su departamento y lo visitaba con regularidad.

Alberto fue un petrolero de éxito. También se casó, con una texana; perdió un hijo por sobredosis de drogas y se fue a vivir a Suiza. Alternaba entre Suiza y Texas. Nunca se divorció; mantenía el lazo con su esposa.

Entrando a los setenta y ocho años, Sara se sintió muy mal. La llevaron al hospital y le detectaron a ella también un cáncer que al principio se creyó terminal, pero hechos más estudios, no era tan grave, dijeron.

Sara estaba en tratamiento, viviendo con su hija mayor, mientras toda la familia y amigos permanecían pendientes de ella.

La reunión estaba planeada. Era un buen momento para darle una alegría y un impulso a su deseo de luchar por la vida.

Pero… el día anterior, Héctor llamó a casa de Ignacio para cancelar el encuentro. Sara había recaído y estaba nuevamente en el hospital.

Había que decirle a Alberto la verdad. Ignacio lo llamó y se lo contó.

Alberto mandó un hermoso ramo de flores y llamó por teléfono a Sara. Le dijo, con el corazón en la mano, que ella había sido el amor de su vida. Ella respondió que lamentaba que no hubieran llegado a nada.

Sara siguió su tratamiento sin mayores esperanzas pero, en momentos así, cuando la vida se acaba, no importa cómo llegue un bálsamo. Nadie le quitaría ese instante de felicidad que Alberto le había regalado sesenta años después de aquel baile donde todo se torció por la balandronada de Carlos, que ya había muerto con un horrible Alzheimer… pero eso es otra historia.

Alberto regresó a Suiza y se reunió con su esposa y algunos amigos. Disimuló como pudo y, antes de echarse a llorar, despidió a todos, apagó las luces y contó hasta diez.

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