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Materia Plástica - por José Bayón GarcinuñoR.+18

Todos guardaban algún secreto. Todos conocían o creían conocer lo que el resto ocultaba. A primera vista parecían iguales. El mismo tono de piel, la misma altura, igual corte y color de traje, igual número de tentáculos. Lo único que les diferenciaba era la pequeña marca que cada uno lucía ostentosamente sobre la piel, el logotipo de su empresa.

Todos eran, nada más que cuatro. Cada uno defendía sus intereses comerciales sobre el planeta, sus materiales y sus seres vivos. Compartían y administraban el derecho de conquista, cedido por el Rey, en nombre de todos los ciudadanos con derecho a matar, sólo a seres declarados inferiores. Su objetivo no era conseguir el mayor trozo en el reparto del pastel. El objetivo de cada uno, era el pastel entero. Ese objetivo y el logotipo, les hacía enemigos irreconciliables y susceptibles de ser eliminados.

El grupo de los cuatro se encontraba en el único centro, que había en todo el planeta, de comunicación y transporte con su mundo. La única puerta que tenían para pasar de un lado a otro. Estaban en el edificio más emblemático del planeta. Una construcción de los anteriores seres dominantes. Los únicos animales que se desintegraban en el tránsito de una zona a otra.

El grupo esperaba al Rey y su comitiva. Había que firmar la prórroga del contrato de explotación. Hacía cinco años de la conquista del nuevo planeta. Era hora de renovar la cesión de los derechos reales. Estos se repartían en cuatro grupos. Una empresa tenía derechos sobre los minerales conocidos y sus compuestos. Otra sobre las plantas y animales inferiores, dedicada mayoritariamente a la alimentación. La menos deseada, la que obligaba a la directiva y técnicos a permanecer en el planeta un lustro entero, dado que el material no podía ser transferido, estaba dirigida a la explotación laboral y sexual de la especie más racional.

Y la última era la joya de la corona. La que daba todos los derechos sobre un material que sólo en ese planeta existía. Un líquido que discurría bajo la capa del planeta, almacenándose en bolsas, lagos y mares subterráneos, llegando en algunas zonas a manar en la superficie, creando fuentes y pequeñas lagunas. Un fluido que se volvía solido, indestructible y parecía que eterno, con el calor y el frío. Usado por los aborígenes como pintura que aplicaban sobre sus utensilios, artesanía, representaciones artísticas y sobre sus construcciones y obras públicas. Una vez sólido era impermeable, aislaba del frío y del calor, aguantaba las más altas y las más bajas temperaturas, volvía todo irrompible e inmune al desgaste cotidiano. Una vez procesado en destino, demostró su utilidad en la sustitución de órganos dañados y miembros amputados.

Faltando pocos segundos para la reunión, se ordenó al conserje que abandonara y cerrara el edificio. Asintió el viejo, que desde siempre había estado consagrado al bienestar y mantenimiento del Palacio de la Paz. Sólo una vez había sido negligente en su labor. No avisó del peligro de pintar sus muros con el Agua Eterna. No dijo que el edificio era un circuito cerrado de corriente continua. Silenció que si se cortaba la corriente, cada metro cuadrado de pintura protectora, se transformaría en el equivalente a una bomba atómica. Que a los diez segundos comenzaría a explotar todo, y por simpatía el Agua Eterna tratada y sólida. Se limitó a encender las luces de seguridad, invisibles al ojo del invasor, para asegurar el flujo de la corriente eléctrica.

Después de cantar una oración de amor, otra de arrepentimiento y la última de despedida, se dirigió al interruptor empotrado en la pared. Apagó las luces y contó hasta diez.

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