Literautas - Tu escuela de escritura

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Reunión de condenados - por Cassandra C.VR.

Todos guardaban algún secreto. Eso lo había aprendido hace muchos años atrás.

Con su reconocida parsimonia, Selene empujó la puerta y arrastró sus pies hasta la última fila, su lugar de siempre.

La primera vez que llegó a aquel maloliente y oscuro sótano no fue por casualidad, o quizás sí; todo dependía de la forma en la que percibieras el mundo. Podía decir que fue arrastrada hasta aquella puerta o que la cruzó por decisión propia. Ninguna de las dos afirmaciones era cierta, pero tampoco una mentira, y es que muchas veces la verdad no era más que la mentira de otro o de uno mismo para sobrellevar aquello que no queremos aceptar.

—Hey —saludó Raúl al pasar por su lado. Hoy se veía más demacrado de lo normal: ojeroso, pálido y tembloroso. No era un secreto que había vuelto a recaer en la tentación. El chico era nuevo en aquel círculo de condenados y le estaba costando bastante dominar sus problemillas con la sed. Eso lo tenía muy nervioso y apesadumbrado.

Ella respondió a su saludo con un ligero movimiento de cabeza. Su semana había sido desastrosa y no tenía ánimos de soportar sus monólogos llenos de culpa. Eso era algo en lo que aquel joven debía trabajar y que ella ya había superado hace muchos años.

Pero lo entendía; en aquel cuarto donde solían reunirse había mucha culpa, tanta, que a veces era sofocante.

—Hola a todos, me alegra que la mayoría de ustedes haya vuelto —comenzó Manuel juntando sus manos. Aquel hombre robusto y demasiado considerado para su porte era el coordinador y creador de aquel espectáculo—. Veo que hoy tenemos caras nuevas. Bienvenida —sonrió a la chica sentada en la primera fila, que no paraba de mover su pierna intentando controlarse—. Bien, ¿quién desea comenzar?

Raúl fue el primero en subirse al estrado y confesar sus pecados, y es que el pobre no podía más con su desesperación.

—Hola, soy Raúl… bueno, eso ya lo saben, ya nos conocemos y… bueno, yo… he vuelto a caer —verborreó por fin aquello que ya todos sabían.

—¿Quieres hablarnos de eso, Raúl? —consultó Manuel intentando entregar confianza al demacrado confesor, que asintió estrujándose las manos.

—Fui a un bar, sé que no debería haber ido, pero mis compañeros de trabajo insistieron y… y yo estoy buscando encajar, pero luego, bueno, ya saben cómo es: lo sientes correr por todas partes, te nubla los sentidos y cuando te das cuenta ya has consumido todo aquel elixir.

—Sabemos cómo es, amigo —dijo una de las mujeres que se sentaba adelante dándole su apoyo—. La sed nunca desaparece, solo aprendemos a vivir con ella.

Manuel se levantó para darle una nueva moneda grabada con las palabras diez días en ella.

—Lo harás mejor —le dijo con un leve apretón de hombros—. ¿Quién sigue?

Ella estuvo a punto de levantarse cuando la chica nueva levantó la mano.

—Hola, me llamo Carla —dijo con la voz temblorosa—. Y creo que tengo un problema, yo… no puedo controlarlo…

Así empezaban siempre; algunos eran más directos y se declaraban abiertamente adictos; otros fingían no saberlo. La voz de la chica se volvió un murmullo distante a medida que Selene desconectaba del grupo y fijaba la mirada en el metal plano que sostenía entre sus dedos.

Cien años.

Cien años llevaba sin drenar a nadie, cien años bebiendo de bolsas o animales para saciar una sed que no se iría jamás.
Apretó aquel objeto con fuerza. Hace unos días estuvo a punto de perderla: fue solo cruzarse con aquella chica y su sed se desató como nunca antes. Casi perdió el control; sin embargo, no se alejó, no pudo.

¿Hasta dónde la llevaría eso?

—Selene, ¿estás bien?

Manuel, que siempre había cuidado de ella, que había abierto las puertas de su hogar y entregado su confianza, pudo ver, como siempre, que algo la atormentaba. Mas prefirió callar.

Ya bastante tenía con lidiar con los cachorros y sus problemas con la luna llena, o con los neófitos adictos al O positivo, como para también lidiar con ella y los problemas de su corazón sin vida.

—Estoy bien —le respondió.

—Sabes que siempre estaré aquí para escucharte, ¿verdad?

Ella asintió y él sonrió.

—Bien, tú cierras.

—Claro.

El eco de los pasos se apagó al fondo del pasillo. Le dio una última mirada a aquel cuarto vacío y, como si de un mantra se tratara, apagó las luces y contó hasta diez.

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