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El Testamento - por Cristina OtaduiR.

Todos guardaban algún secreto. Amalia estaba segura de ello. Lo veía en sus miradas inquietas, en sus gestos, en los ademanes nerviosos. Ninguna de las personas allí reunidas le resultaba familiar.
Llegó puntual según las indicaciones recibidas. La dirección, una calle céntrica del barrio de Salamanca, correspondía a un conocido despacho de abogados de la capital. No tenía ni idea de porque don Arturo Salas Infante, el que fuera su jefe cuando llegó a Madrid, la había citado a la lectura de su testamento. Nada le unía a él desde que decidió dejar la constructora de la que don Arturo era propietario.
Una mujer amable, de mediana edad la condujo hasta lo que parecía una sala de reuniones. Cuando le dio paso y entró, todas las miradas se volvieron hacia ella. Una mesa ovalada y grande gobernaba el espacio.
Definitivamente no conocía a nadie de los allí reunidos. Murmuró un saludo formal y avanzó hasta una esquina de la sala. Diez minutos mas tarde el que se presentó como abogado y testador del finado les hizo sentar repartiendo a cada uno de los presentes, excepto a ella, una carpeta que conminó a examinar. Los rostros fueron mudando de color. Amalia no podía dejar de mirarlos. Las carpetas abiertas mostraban recortes de periódico, planos, lo que parecían contratos, facturas… Quiso preguntar el porqué de su asistencia y con un gesto se le indicó silencio y paciencia. Cuando los allí reunidos levantaron la vista, habló el letrado:
─ Diez años atrás el derrumbe de un tramo de autopista que cruzaba un puente provocó un accidente en el que murieron los ocupantes de un autobús escolar: catorce niños y dos profesores. El desplome del puente fue debido al uso de cemento de menor calidad lo que provocó el fallo estructural. La investigación oficial culpó a la constructora y don Arturo Salas, aun no teniendo responsabilidad directa en la elección del material, fue declarado culpable llevando a la constructora a la quiebra. Las carpetas que tienen en sus manos demuestran su implicación directa.
El abogado calló un momento para dirigir su mirada uno por uno a los allí sentados y seguir hablando.
─ El ingeniero que firmó los planos, las facturas maquilladas por el director financiero, el jefe de compras que negoció con el proveedor un cemento mas barato, el abogado de empresa que redactó el contrato de forma que cualquier responsabilidad recayera en el señor Salas, el secretario general que se ocupó de «hacer desaparecer» los documentos que pudieran involucrarlos. Todos Uds. dejaron la compañía atrás y siguieron con sus vidas. Don Arturo nunca se recuperó. En los últimos años de su vida y con la ayuda de un investigador profesional consiguió reunir todos los datos aquí presentados con el fin de que acepten su responsabilidad y asuman las consecuencias.
Amalia no daba crédito a lo que oía. Los cinco hombres sentados a la mesa callaban. El abogado siguió hablando:
─ Doña Amalia Cifuentes Castro se encuentra aquí a modo de testigo. Ella recibirá copia de todo lo que se les ha entregado. Si no proceden a la autoinculpación en el plazo de un mes ella lo hará efectivo a través de este despacho con toda la ayuda legar que sea necesaria. Por mi parte, solo me resta informarles que el delito no ha prescrito y cómo abogado les recomiendo que busquen asesoría legal. Ahora, si son tan amables les ruego que vayan saliendo. Señora Cifuentes ¿puede quedarse cinco minutos más? Imagino que tendrá algunas preguntas que seguro puedo resolver.
Asentí con la cabeza mientras los cinco allí reunidos salían en medio de murmuraciones y protestas.
El letrado abandonó la sala detrás de Amelia preguntándose como diablos iba a contestar todas las preguntas que la señora Cifuentes seguramente tenía. Miró la delgada figura de aquella mujer entrada en años, respiró hondo, se giró y con gesto cansado apagó las luces y contó hasta diez.

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