Literautas - Tu escuela de escritura

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El piso de arriba - por Candela KrossR.+18

Todos guardaban algún secreto…

El de Daniel era absurdo: con treinta años, cuando tenía miedo, todavía apagaba las luces y contaba hasta diez. Se lo había enseñado su madre de pequeño. Si algo le inquietaba, debía apagarlo todo y contar. Al llegar a diez, la amenaza, fuera cual fuese, habría desaparecido. Siempre funcionaba.

El matrimonio del quinto ocultaba algo. Cuando se cruzaba con ellos, callaban y aceleraban el paso.

Y el casero tenía un secreto. Daniel sabía que el ático era demasiado barato y aquel hombre parecía más interesado en conseguir su firma que su nómina.

Los oyó en cuanto se tiró sobre el colchón, exhausto tras la mudanza. No tardó en darse cuenta. Eran pasos. Pasos de gente. Veinte, o treinta, o más personas, caminando en círculo en el piso de arriba.

Pero no había ningún piso arriba…

Transcurrieron las horas y los pasos no cesaban. Distinguió botas, tacones, zapatillas…, todos siguiendo una cadencia ralentizada avanzando en sentido contrario a las agujas del reloj, como una marcha fúnebre que no termina de llegar nunca al cementerio.

Confuso y agotado, se quedó dormido.

Por la mañana se sorprendió. Los pasos seguían ahí, tal y como seguían, incansables, cuando regresó del trabajo.

Golpeó el techo con la escoba. Nada cambió.

Salió al rellano. La escalera terminaba en su planta y la única puerta conducía a la azotea.

Bajó a la calle. Vio su ventana justo bajo del muro de la azotea. Entre medias apenas había espacio para tuberías.

Llamó al casero, sin éxito.

Intentó hacer su vida sin atender a los pasos, que no cesaban.

Desesperado, recurrió a su truco. Apagó las luces.

Uno… Dos… Tres…

Los pasos seguían.

Ocho… Nueve… DIEZ.

Un silencio sepulcral invadió el ático. Esperó varios minutos. Silencio.

Al día siguiente ocurrió lo mismo.

Y al siguiente.

Los pasos surcaban el techo incesantemente, pero se detenían al quedarse a oscuras y contar hasta diez. Si encendía una mínima luz, la marcha se reanudaba al instante.

Pasaron los días. El casero no respondía. Ni los vecinos. Nadie sabía nada. O nadie quería saber. Quizás todos guardaban un mismo secreto…

Sabía que su truco detenía los pasos, pero la necesidad de explicar aquel fenómeno provocó que dejara de dormir.

Una madrugada, los pasos aumentaron y el techo vibró. Daniel sacó la linterna y apuntó a la lámpara colgante. Mientras cientos de pies se deslizaban acompasados al otro lado, distinguió una junta oculta bajo varias capas de pintura.

Una trampilla.

Usando el colchón como trampolín, golpeó con el puño el techo, que cedió levemente hacia arriba.

Sorprendido, se quedó quieto, callado, pero la marcha continuó avanzando en círculo como si nada. El miedo se apoderó de él y contó hasta diez acurrucado bajo las sábanas.

Al despertar, no oyó los pasos. Era la primera vez desde que vivía allí.

Aprovechando la confianza renovada que le aportaba el silencio y la calidez del sol entrando por la ventana, colocó la escalera, cogió la linterna y empujó la trampilla.

Asomó la cabeza lo justo. La oscuridad era absoluta. También la quietud, tan abismal que le provocó vértigo. La linterna iluminó, temblorosa, el suelo de lo que parecía una estancia vacía.

Decidió subir.

Más allá del minúsculo círculo de luz, se perdía toda existencia, incluida la escasa claridad que trepaba por la trampilla. Encendió también la linterna del móvil.

Caminó unos pasos. No había ventanas. Ni puertas. Ni muebles. Nada.

—¿Hola? —susurró suplicante.

¡PUM!

La trampilla se cerró de golpe. Daniel brincó rozando algo con la coronilla. Apuntó hacia arriba y se le congeló la sangre al ver la melena de una anciana que estaba de pie en el techo, boca abajo, con el pelo colgando hacia el suelo, mirándole fijamente con una incipiente sonrisa que, vista al revés, era una mueca afligida.

Tiritando del pánico, movió las luces descubriendo que, junto a la anciana, había más. Hombres, mujeres, ancianos, niños… Todo estaba ocupado por personas inmóviles, suspendidas al revés, como estalactitas brotando del techo, con las ropas y pelos colgando, mirando fijamente a Daniel con una mueca perturbadora.

Con lágrimas de impotencia, barrió el techo alumbrando a aquellos seres terroríficos. Un hombre llamó su atención. Tenía su misma ropa, su pelo, incluso su misma cicatriz, aunque en la ceja contraria.

—Soy… ¡Yo!

Aquella criatura descolgó el brazo desde arriba dejándolo a escasos centímetros de la cara de Daniel. Dibujó una sonrisa antinatural y, con un sonoro chasquido de dedos, apagó las luces y contó hasta diez.

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