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Una muerte por la libertad - por KarxR.

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El autor/a de este texto es menor de edad

Todos guardaban algún secreto, eso estaba claro para Saúl.
Solo ellos no sabían lo que pasaba.

Su hermano fue el primero en darse cuenta: las reuniones con el grupo escondían asuntos no discutibles. La noche de los sábados… Todo era normal de día, pero el alcohol nunca miente y había un tema en común que coincidía entre tantas historias: miedo a la libertad.
La segunda pista fue suya. Saúl supo, estando dentro de la policía, que había alguien a quien temían. Allí la información no se escondía, todos hablaban de ello: en los vestuarios, en las salas de interrogatorio… Sin embargo, no sabía de quién se trataba, pero sí el daño que causaba. Toda una ciudad bajo su poder.

Los agentes de policía eran claros, en zonas sin micrófonos. Estaban comprados. Les molestaba estar bajo las garras del mayor dictador visto antes. ¿No se supone que ellos se encargan de mantener segura a la población? Eso pensó Saúl, y así lo predicó.
Mr. Ash le llamaban. Un gran imbécil, muy ingenioso, que mediante la fuerza y la astucia consiguió apoderarse de Los Ángeles en menos de dos años. Nadie podía salir sin su permiso, comprarse un local o llevarle la contraria… Tenía oídos por todas partes. Ningún rincón era seguro. Sabías que sería tu última misa si no pagabas al mes lo que pedía o simplemente lo mencionabas de malas maneras.

Dos meses dentro de la policía fueron suficientes para entender que el lugar de ensueño donde creían estar solo existía fuera del mismo. Dentro, las caras eran largas y vivir un lujo. Los niños, inocentes, eran los únicos que jugaban sin saber con lo que sus padres cargaban para que siguieran pisando un parque, comiendo el pan de todos los días o caminar y no entre nubes sin fin.

—Decidido, Walker. Voy a sacaros de la miseria—.

Una tarde como otra cualquiera, dentro de la comisaría. El atardecer caía, igual que la taza al suelo del superintendente, hecha pedazos y con el café derramado sobre la alfombra. Una mancha que jamás se iría. Walker corría detrás del chico, pero fue tarde cuando quiso detenerlo. Acababa de declararle la guerra por todo lo alto.

—¡Juro ante todos los presentes acabar contigo, Mr. Ash!

Frente a las puertas de la comisaría, aquel fue un llamamiento que no tardaría en llegar a sus oídos. Todos los civiles cerca huyeron. No quedó más que el aire por las calles vacías, el inicio de la noche, con la luna recién salida y un chico único, valiente, pero solitario. Una guerra que tuvo que enfrentar a espaldas de todos, cosa que, por raro que pareciera, no le importaba. Es más, lo entendía. ¿Quién querría arriesgar su vida sin estar asegurada la victoria?
De todos modos, dicen que hasta el más tonto tiene quien lo siga.
Y así fue.

Siguió dentro de la policía, pero nadie le hablaba, solo Walker, Dexter, su mano derecha y el inspector Nils. Hombres que habían pasado por la guerra. Militares que sabían lo que era enfrentarse a una batalla solos. Por honor, respeto y valores, no se les ocurriría dejar a un chaval de diecinueve años en aquel frente que él mismo había abierto sin miedo a morir.
Los días fueron cortos, intensos. La oficina de Walker acabó repleta de papeles pegados hasta por el techo. Llenos de estrategias, información… Cualquier ayuda para cumplir lo prometido. Sin embargo, las noches eran largas.
Su hermano siguió con los basureros, una banda callejera con la que comenzaron en aquella ciudad de sueños falsos. Todos rechazaron a Saúl por haberlos traicionado con los polizontes, pero nadie supo las verdaderas razones hasta que su grito se anunció por todos los periódicos y canales de televisión. Entonces las amenazas de aquella banda pararon, para comenzar otras nuevas por parte de Mr. Ash.

Una noche, las ventanas del piso estallaron. No era la primera vez. Alguien entró y la luz del cuarto seguía encendida.

Estaban perdiendo la cabeza.
Sobre todo Saúl.

Rodrigo ya no aguantaba más la situación.

—Déjame unirme a la policía, Saúl. Déjame ayudarte —dijo aquella noche.
Su hermano, con arma en mano, apuntando a la puerta, solo apagó las luces y contó hasta diez.

Esto es un pequeño «tráiler» de un libro que se ubica en Los Ángeles. Una historia ficticia que me llevó tiempo imaginar y que ahora estoy desarrollando. La frase propuesta me recordó a la trama y no dudé en escribir sobre ella. ¡Espero que les haya gustado!

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