Literautas - Tu escuela de escritura

<< Volver a la lista de textos

RETRATOS ESCONDIDOS - por Mercedes SolsonaR.

Todos guardaban algún secreto en aquella vieja casa de la calle San Pablo. El olor denso de su interior era inconfundible y, en el mes de septiembre, el día de la fiesta de la abuela, se enrarecía todavía más con el peso de los silencios acumulados durante años. La familia se reunía para celebrar el cumpleaños de la abuela Pilar. Era un día de sonrisas entrenadas y de vajilla buena; pero, debajo del mantel de hilo, un cardumen invisible de mentiras navegaba a sus anchas. Nadie miraba a nadie a los ojos más de dos instantes seguidos. El miedo a ser descubierto era una cuerda invisible que los mantenía atados a todos.
El tío Alberto, eternamente impecable con su traje oscuro y palabrería fácil, mantenía casi siempre la vista fija en la copa de turno. Nadie en la mesa sabía que su próspera empresa de pavimentos autonivelantes era una ruina: sus cuentas estaban embargadas, el banco ya no le daba crédito y los prestamistas le reclamaban los pagos pendientes. Cada vez que sonaba el teléfono de la casa, sufría una sacudida interna.
A su lado se sentaba Celia, su esposa. Ella fingía un interés desmedido en las conversaciones de los demás, pero su mente vivía lejos de allí. En el bolsillo exterior de su maleta pequeña guardaba un billete de avión de ida con fecha del día siguiente. Quería huir; fugarse lejos del matrimonio asfixiante que la consumía. Llevaba meses ingresando pequeñas cantidades de dinero en una cuenta oculta.
Incluso los jóvenes contribuían a este juego de mentiras familiares. Lucas, el nieto mayor, sonreía mientras explicaba sus excelencias en la facultad de medicina. La verdad era que había abandonado la universidad el semestre anterior. Pasaba los días en un garaje del extrarradio con su banda de música, gastando el dinero de sus padres en instrumentos, alcohol y drogas. Sabía que la decepción familiar sería monumental.
En la cabecera de la mesa, la abuela Pilar observaba el panorama con aparente serenidad. Su mirada cansada recorría los rostros de sus hijos y nietos. Pilar era la columna vertebral de la familia, la matriarca respetada por su rectitud intransigente. Sin embargo, el secreto más antiguo y oscuro le pertenecía a ella. En el desván de la casa, en un baúl cerrado con llave, se escondían los diarios personales de su marido fallecido. Aquellas páginas revelaban el verdadero origen de la fortuna familiar: un negocio de traiciones y engaños durante la guerra civil. La abuela había protegido ese secreto con uñas y dientes, sabiendo que la verdad destruiría la reputación del apellido.
La tensión alcanzó su punto máximo cuando Carmen entró al comedor para servir el postre. La empleada del servicio llevaba trabajando en la casa más de treinta años. Caminaba con la cabeza baja, pero sus ojos captaban cada detalle. Ella conocía los secretos de todos, incluso la homosexualidad de uno de los hijos de Pilar. Había encontrado los documentos de impagos en el despacho de Alberto, había visto el billete de avión en la maleta de Celia y guardaba las maquetas musicales que Lucas abandonaba en cualquier parte. Carmen era el archivo viviente de las sombras de la casa, y su propio secreto era el silencio comprado. La familia le pagaba un sueldo generoso no por su eficiencia, sino por su capacidad para callar lo que sabía.
Un trueno lejano anunció la que quizá fuera la última tormenta del verano, rompiendo el murmullo de la conversación. Las luces de la lámpara parpadearon y sumieron el comedor en una penumbra provisional. En ese segundo de oscuridad, el miedo familiar se hizo casi palpable. Cada uno de los presentes contuvo el aliento, temiendo que la luz, al volver, mostrara sus secretos tatuados en la cara.
Cuando la electricidad se estabilizó, todos forzaron una risa nerviosa y continuaron con la cena. Siguieron brindando, elogiando la comida y haciendo planes para un futuro inexistente. La fachada se mantuvo intacta un cumpleaños más, sostenida por el esfuerzo mutuo de no preguntar demasiado y de contarle a la abuela siempre lo que quería oír.
Al final de la cena, todos regresaron a sus habitaciones y cerraron las puertas a cal y canto, preparados para seguir guardando sus verdades ocultas en la seguridad de la noche. Carmen terminó de recoger el salón y la cocina. Antes de emprender las escaleras hacia el último piso, donde estaba su habitación, apagó las luces y contó hasta diez.

Comentarios (3):

Ignacio

20/09/2026 a las 15:25

Hola Mercedes. Menuda familia. El panorama que describes me ha recordado que es mucho más literario contar desgracias que hablar de una felicidad sosa y pastelera. En la historia chirría un poco que una familia tan miserable pague un sueldo generoso a la criada. Muy conseguido el momento del trueno y la percepción de que están juntos sin ser capaces de mirar a la cara. Muy buen relato.

Carmen sánchez Gutiérrez

21/09/2026 a las 17:33

Hola Mercedes.
¡Qué buen guión para una serie televisiva! Una familia completita con turbios secretos, deudas, supongo que infiledidades… en fin, todo un guión.
me ha gustado mucho, un gran despliegue imaginativo del que puedes sacar mucho partido.
al contrario que a mi compañero, no me ha chirriado que la empleada estuviese tan bien pagada, en un drama de tales dimensiones, lo normal es que los extorsione a todos y que termine muerta en fortuito accidente.
me ha encantado, de verdad, he disfrutado una barbaridad imaginando toda esa escena.
¡Enhorabuena!

Cristina Otadui

24/09/2026 a las 07:15

Hola Mercedes, voy con el comentario:

El relato maneja una idea sólida, fuerte: los secretos familiares sostenidos por el silencio comprado y la estructura coral resulta muy eficaz: primero lo general: la casa, la fiesta; los retratos de los personajes se suceden después; el clímax simbólico: el apagón y el trueno y por último el desenlace final abierto: Carmen que es la que menos habla, es la que mas sabe. Es un cierre sugerente pero ¿Qué sugiere? En un texto donde cada uno de los secretos tiene su objeto el gesto final se queda huérfano. Confieso que en mi texto (el número 23) ocurre un poco lo mismo y, en mi caso al menos, creo que es por querer cumplir el reto.
Me sorprende que la abuela Pilar, que encierra el secreto del origen criminal de la fortuna familiar (los diarios del abuelo) y es en consecuencia la raíz de todo apenas tenga un párrafo en el relato: el personaje mas dramático recibe el tratamiento mas débil.
Algo que, en mi opinión, debieras revisar es el exceso de información que como lector recibo: las imágenes que creas son potentes y no necesitan ser explicadas: conozco los secretos casi mejor que los personajes y esto me resta tensión.
Para mi, lo mejor del relato es el tono oprimido y denso bien sostenido y el personaje de Carmen.

Gracias por escribir y compartir.
¡¡Nos leemos!!

Deja un comentario:

Tu dirección de correo no se publicará. Los campos obligatorios aparecen marcados *