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El juego - por ÁngelaR.
Todos guardaban algún secreto, a pesar de que los años hubiesen borrado la mayor parte de ellos. Probablemente el paso del tiempo anuló la relevancia que tuvieron alguna vez, diluyendo los enigmáticos ropajes tras los que se ocultaban acciones sin importancia. ¿Por qué seguir atormentándose por aquella infidelidad que nunca fuiste capaz de comentarle a tu esposo, ahora muerto, o continuar escondiendo que te atraía tu compañero de trabajo ahora que no es un problema ir de la mano de otro hombre por la calle?
A Ricardo le gustaba imaginar qué escondían sus compañeros de residencia. Era un juego que había practicado toda su vida, con los vecinos de su bloque, con los compañeros en la oficina, hasta con los viajeros deambulando por la sala de embarque en el aeropuerto mientras esperaba la salida de su vuelo. Quizás debería haber escrito alguna vez sobre todos esos personajes que surgían en su mente observando a la gente. Tal vez aún lo haga algún día; sabe que escribir es una de esas actividades que recomiendan para envejecer de forma saludable, junto a la dieta mediterránea y el ejercicio con pesas. En la residencia hay una sala fitness con máquinas de tortura que siempre está vacía, y el menú diario sólo recuerda algo al Mediterráneo en que está recalentado, así que la opción de escribir gana puntos cada día más que pasa en ese destierro autoinfligido en el que se refugió cuando comenzó a notar los primeros olvidos.
Ahora tenía mucho más tiempo, tenía todo el tiempo que siempre anheló tener, y sin embargo no le hacía feliz. Había pasado toda su vida imaginando el momento en el que no tuviese que preocuparse de cocinar el almuerzo, de cambiar la ropa en el armario en el invierno, o de llevar el coche a la revisión anual, para darse cuenta de que no le gustaba dejar de hacerlo.
Echaba de menos oler la fruta que le recordaba la estación en la que estaba sin cartulinas con sombreros de Halloween o lunares de feria. Acuchillar la circunferencia perfecta de una sandía en agosto para destapar su olor fresco y dulce, el dulzor de las ciruelas, los higos y los mangos de otoño, las primeras fresas en primavera… Añoraba los paseos por la orilla del mar, la luz sobre las olas que cada día le regalaba un espectáculo diferente, blanco embravecido al mediodía, mercurio hipnótico al atardecer, oro derrotado al anochecer. Le enloquecía la sospecha de estar perdiendo la lucidez.
Por eso entretenía sus horas inventando historias sobre los secretos de todos, a fin de cuentas, ahora eran su universo, así que tocaba esforzarse en llenarlo de contenido.
Félix era un amargado, sólo había que ver la desgana con la que arrastraba los pies hasta el comedor. Todos se empujaban en la cola de entrada al almuerzo, pero Félix no; él se ponía al final de la cola, y no le importaba que le quitasen el sitio y que tuviese que sentarse en el que quedaba vacío. Su secreto era que había cometido un crimen espantoso que nadie llegó a descubrir y por el que estaba penando toda su vida.
Adolfo, en cambio, no podía ocultar su disposición a enrollarse con cualquier otro residente que se cruzara en su camino. Era un ejemplo claro de esos secretos que dejan de ser necesarios con el paso del tiempo.
Carmencita guardaba la comida que no comía junto a los otros en el gran bolso que siempre llevaba colgado del brazo izquierdo. La reservaba para cuando estuviera sola. Entonces la devoraba con grandes mordiscos que emborronaban el impecable pintalabios rojo Chanel que lucía a todas horas.
Ricardo disfrutaba especialmente las horas de juegos en el salón de la planta baja después de la cena. Eran la oportunidad perfecta para imaginar secretos nuevos con las actividades que montaban para acabar el día entre compañeros. Los jueves tocaba una variación de pilla-pilla a oscuras. Atrás en el tiempo de todos los participantes quedaban las versiones de Moros y cristianos —políticamente incorrecto hoy en día—, Policías y ladrones, El pañuelo o el Guanche. Se trataba de jugar a apagar la luz y poder identificar a los compañeros tocando sus caras. Nada de correr por el salón o de esconderse bajo la mesa; la artrosis manda.
Sin luz, dejándose llevar por el tacto y el olor, se abría una dimensión en el juego de los secretos. Ricardo siempre se ofrecía como voluntario. Aquella noche, como todas, apagó las luces y contó hasta diez.
Comentarios (3):
Aluser
20/09/2026 a las 09:12
Hola Ángela, un placer leerte.
Me ha encantado la primera parte del relato, donde se define al protagonista, sus pensamientos, sus miedos y su realidad. Creo que esta bien construido, con un uso estupendo de las metáforas para acercarte a su realidad, aceptada y temida.
La segunda parte, donde se comenta sobre los otros 3 personajes la he notado como si fuera forzada, me hubiera gustado seguir con el relato intimista de Ricardo. Creo que no queda suficientemente claro si los 3 compañeros de Ricardo son así en realidad o son parte de su juego mental.
Igualmente, el párrafo sobre el juego en la oscuridad no le veo interés después de la historia de “miedo” previamente contada. Me quedo con gana de saber como se siente Ricardo ante la idea de ir perdiendo la memoria.
En general muy buen relato, sobre todo la primera parte, que puede ayudar a sentir ese gran problema y sentir cariño por el persona principal. Enhorabuena por la historia.
D. Llurba Romero
20/09/2026 a las 09:42
Hola, Angela.
Un gusto leerte.
En mi primera lectura no he encontrado nada que desentonara o me sacara del texto así que, a diferencia de otros, no tengo nada malo que decirte.
De hecho, me parece que tienes muy buena prosa. Buena estructura, buen ritmo, buena habilidad descriptiva, coherencia e ingenio (por tal como has resuelto el reto).
Siendo quisquilloso podría corregir algo, pero ya entramos dentro del campo personal del estilo de cada uno.
Respecto a la historia, a mí me pones a un anciano senil y ya me tienes ablandado para todo el texto. Pobrecillos. La verdad es que describes muy bien la visión geriátrica, como el tiempo te pone en tu lugar y acabas lamentando aquello que deseabas y viceversa.
La vida…
Un saludo,
Nos leemos.
Candela Kross
20/09/2026 a las 11:43
Hola, Ángela.
Me parece especialmente logrado el contraste entre el tiempo natural que Ricardo percibía mediante los sentidos (el olor de la fruta, la luz sobre el mar) y ese tiempo artificial de la residencia, marcado por cartulinas de Halloween o de feria. No solo añora su antigua vida, añora saber en qué momento de ella se encuentra. Ese detalle expresa de manera muy delicada su miedo a perder la memoria.
Por eso, a diferencia de lo que comenta Aluser, yo creo que el juego final sí tiene sentido: privado de la vista, Ricardo debe reconocer a los demás mediante el tacto y el olor, precisamente los sentidos asociados a sus recuerdos. Quizá podrías reforzar esa conexión mostrando una identificación concreta, acertada o equivocada; así el cierre revelaría algo más sobre su estado y tendría más fuerza y sentido el título del relato.
Técnicamente, revisaría la concordancia temporal: la narración está en pasado (“le gustaba”, “había practicado”), pero cambia de pronto al presente en “Tal vez aún lo haga algún día; sabe que escribir…”. Puede entenderse como una entrada en el pensamiento de Ricardo, aunque sería preferible mantener el pasado o marcar con más claridad ese paso al estilo indirecto libre. Por poner un ejemplo: “Quizá debería haber escrito alguna vez sobre todos aquellos personajes que imaginaba al observar a la gente. ¿Y por qué no hacerlo ahora? Escribir, según decían, ayudaba a envejecer de forma saludable, como la dieta mediterránea y el ejercicio con pesas.”
También puliría algunas redundancias (“cada día más que pasa” podría quedar en “cada día que pasa”) y la repetición de “tenía” al comienzo del tercer párrafo. Pero vamos, que es por forzar el ejercicio de hacer de “crítico”, porque me parece muy buen relato. ¡Gracias por compartirlo!