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Promesa cumplida - por Maucilo
Todos guardaban algún secreto. Lo que ellos jamás supusieron que el secreto era el mismo.
—Yo no quiero quedar como el abuelo Ángel, si a mí me agarra el Alzheimer, vos me dejás cerca la pistola que está sobre el armario de la cocina y yo decido si la uso o no. Esto es un secreto entre vos y yo. ¡Estamos!
Carlos Ordoñez había sido muy claro con cada uno.
Cuarenta años después:
—¡Chicos necesito que vengan! Papá está muy perdido…la enfermedad es muy agresiva, pero todavía tiene momentos de lucidez. ¡Quiero que lo vean ahora! Fue el mensaje de Sara a sus tres hijos.
Los tres vivían lejos de la casa paterna. Julio en Córdoba, Lourdes en Milán y Riana en Bariloche.
Pocas veces en los últimos años, la familia se había reunido en la casa de campo, cerca de Tandil.
Al otro día, por la mañana, todos estaban ocupando los mismos cuartos, con las paredes pintadas de los colores que ellos mismos habían elegido, cuando apenas eran unos niños.
Almuerzo, charla, café y algún té, con un Carlos casi ausente que sonreía de vez en cuando.
—Siempre le hablo, siempre le cuento todo lo que pasa, todo lo que hago… y a veces me responde bien, pero este último tiempo siento que se está apagando, por eso los llamé.
—¡Que enfermedad de mierda! —exclamó Lourdes.
Luego, la siesta reparadora terminaría de poner las cosas en su lugar. Carlos se había quedado dormido en su sillón, cerca de la ventana donde entraba un sol suave de otoño. Una manta cubría y abrigaba sus piernas.
Cuando despertaron volvieron a la sala. El sol ya no iluminaba a Carlos, que estaba con la cabeza inclinada hacia la derecha. Al lado del sillón, en el piso, un revólver con silenciador, y la muerte haciéndose cargo de la escena.
Los cuatro se miraron, ninguno fue por el arma. Se abrazaron. Lloraron. Carlos ya no estaba entre ellos, tampoco antes.
Todos mantuvieron el secreto, nadie habló con nadie. Ni entre ellos, ni con las autoridades. De alguna manera todos cumplieron la promesa. Julio, Lourdes y Riana finalmente pudieron volver a sus hogares. Sara decidió emprender un viaje a Tierra del Fuego; quería pasar un tiempo con su hermana. Cuando por fin salió de la casa, apagó la luz y contó hasta diez.
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