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Secretos inconfesables - por Yolanda TR.
Todos guardaban algún secreto que acababan confesando, pero a sus once años era consciente de lo infantiles y triviales que eran comparados con los suyos.
Mientras regresaba a casa en bus, Edna recordaba la confesión que Marta, su mejor amiga, le había hecho aquella mañana durante el recreo: le gustaba Luis, el niño más tímido de la escuela. A Edna le dio pena porque sabía que él estaba coladito por la presumida de Elena. Bueno, todos en la clase lo sabían, excepto Marta. La pobre parecía vivir en otro planeta porque nunca se enteraba de nada.
Lo cierto era que había tenido suerte con su grupito de amigos. Fran siempre tenía alguna ocurrencia que les hacía reír, y Laura y Carlos con sus ideas locas les habían metido en algún que otro lío. Se divertían mucho juntos, incluso cuando quedaban en casa de Laura para hacer los deberes. Y como buenos amigos que eran, se lo explicaban todo. Aunque en realidad era Isa, la fisgona oficial del grupo, quien no paraba de hablar y ponerlos al día de todos los chismes de la escuela.
Eran su familia y por eso le dolía tanto mentirles. Edna también tenía sus secretos, concretamente dos. Uno la anclaba a un presente doloroso y frustrante; el otro le daba alas y esperanza. Por nada del mundo los hubiera confesado a nadie. Jamás. Sus padres la habrían castigado de por vida y sus amigos la habrían considerado un bicho raro. Entonces estaría realmente sola. Era mejor mentir, seguir construyendo una vida imaginaria y sobrevivir.
A medida que el autobús se acercaba a casa, el corazón de Edna se aceleraba. Sin darse cuenta, su dedo índice empezó a enroscarse en un mechón de pelo negro. ¿Qué tocaría hoy, gritos, golpes, la merienda estampada en la pared? ¿O todo a la vez?
Desde que tenía uso de razón, no recordaba ni un día en que sus progenitores no hubiesen discutido por algo o hubiesen descargado su ira sobre ella. Siempre había alguna excusa que encendiera la mecha. Pero de puertas para afuera se comportaban como personas ejemplares. De hecho, aparentaban ser los mejores padres del mundo.
Cuando era más pequeña, había creído que su situación era normal, aunque pronto descubrió que los otros papás no se transformaban en monstruos al llegar a casa o cuando sus hijos hacían algo que les desagradaba.
Fue consciente de su propia realidad, de que vivía en un infierno y en una mentira. Al principio se sintió muy desconcertada, porque, a pesar de todo, ella quería a sus padres. Sin embargo, se daba cuenta de que ese amor no era recíproco. Se desesperó.
Pero el verano que cumplía siete años nació la esperanza. Conoció a Superman.
Una mañana aparecieron carteles por el pueblo con la imagen del superhéroe, anunciando la instalación de un cine de verano durante aquel fin de semana. Fue todo un acontecimiento, tanto que durante cada sesión algunos vecinos repartieron palomitas y bebidas entre los presentes. Y claro, los padres de Edna, para guardar las apariencias —y controlarla—, también colaboraron. La niña sentía rabia al ver a sus padres con el disfraz de buenas personas; la ponía enferma, pero se resolvió a disfrutar del evento. Y vaya si lo hizo.
La primera noche proyectaron la película «Superman» y Edna quedó tan fascinada con el superhéroe que lo convirtió en su salvador. Durante meses, se aferró a la idea de que solo él, con sus poderes maravillosos, podría rescatarla y aliviar su sufrimiento. Lo deseaba con tanta vehemencia que cada noche, al apagar las luces en forma de estrella de la pared, cerraba los ojos con fuerza, contaba hasta diez y los abría esperando ver a Superman al lado de la cama, preparada para salir volando con él por la ventana.
Pero eso nunca sucedió. Aunque aún seguía cerrando los ojos, contando hasta diez y esperando un milagro.
A medida que se hacía mayor, ella intentaba razonar con sus padres, pero solo consiguió intensificar la violencia. Su desesperación rayaba en la locura. No veía salida a su situación. Hasta que aparecieron las voces, suaves, amables y contundentes. Ellas le mostraron el camino a seguir. Ahora tenía claro que solo ella podía salvarse a sí misma.
Bajó del autobús, decidida a parar a sus padres aquella misma noche. Después de una cena inesperadamente tranquila, fregó los platos, se fue a su habitación, cuchillo en mano, y esperó a que sus padres se durmieran. Apagó las luces y contó hasta diez.
Ccomentarios (1):
Monica Bezom
20/09/2026 a las 02:30
Hola, Yolanda.
Me ha gustado mucho tu relato. Sobre todo, el ritmo narrativo y la manera en que vas haciendo avanzar la intriga casi al galope, mientras el lector va descubriendo que esos «secretos» infantiles de los primeros párrafos esconden una realidad dolorosa. Me parece muy logrado también el contraste entre la imagen pública de los padres y lo que ocurre dentro de casa así como la aparición de Superman como fantasía infantil de salvación, especialmente oportuna.
Precisamente por eso, el final me ha decepcionado un poco. Siento que el relato venía construyendo algo más complejo y que en las últimas líneas baja un par de peldaños hacia un desenlace algo pueril. Es que nos presentas una construcción psicológica y narrativa bastante fina y, de pronto: “solo ella podía salvarse misma» queda reducido a una traducción demasiado literal: salvarse = matar a los padres. La encuentro una solución narrativa pobre para una frase que podía abrir un territorio mucho más interesante.
También me deja pensando el paso de «las voces» a «solo ella podía salvarse a sí misma». Hasta ahí hay una zona de inquietud muy intrigante porque no sabemos exactamente qué está ocurriendo ni adónde la conducirán esas voces. Al convertir inmediatamente esa idea en el cuchillo, creo que se pierde parte de esa tensión.
En cualquier caso, me parece un relato muy bien construido y con momentos realmente logrados. Quizá por eso mismo el final me ha pesado más. En cualquier caso lo has contado de forma estupenda. Te felicito.