<< Volver a la lista de textos
El dilema - por Manuela DilemásR.
Todos guardaban algún secreto en el pueblo porque la traición había presidido, desde antaño, las relaciones de los lugareños. Cualquier chispa se convertía en un incendio devorador en pocas horas. Es lo que ocurrió la tarde en la que el alguacil, sobrado de coñac y rabia porque, una vez más, perdía la partida de guiñote, se fue de la lengua. A gritos desveló los nombres de de varios jóvenes “de conducta aborrecible”. El espanto y la indignación se apoderaron de la concurrencia que pedía, exaltada, lavar aquella mancha. Así que la única alternativa que tenían los aludidos para evitar el conflicto y salvar sus vidas, era huir sin mirar atrás.
Yago recogía con parsimonia las vestimentas después de la misa de la tarde, cuando tres figuras cubiertas con capuchas e impermeables hasta los pies, entraron como un vendaval en la sacristía, empapados hasta los huesos.
—Estaba a punto de irme . ¿Qué ocurre para venir desafiando al temporal?. Tiene que ser algo muy grave, quizá queréis confesión —dijo mientras les mostraba la estola de seda.,
—No queremos su perdón sino su ayuda —contestó Diego, el heredero del hombre más rico del pueblo con rotundidad.
—Si está en mi mano… —se ofreció Yago— Explicadme que os sucede.
—Tenemos que salir del pueblo inmediatamente —continuó Diego
—Y ¿esas prisas?
Los tres se miraron, dudaban qué hacer. María se decidió.
—El alguacil ha desvelado en el bar nuestro secreto. Mi padre ha dejado la partida hecho una furia y ha vuelto a casa para comprobar lo que había oído. Aunque estaba alerta para avisar si llegaba, no he podido detenerle.
Yago vio las magulladuras en las caras de Diego y María.
—Y no se ha quedado en esto —María continuaba nerviosa— nos ha amenazado con pegarnos una paliza que no olvidaremos nunca y después mandarnos lejos. A Diego a un internado donde le reeducarán, y a mí a otro del que no saldré nunca.
—Y ¿queréis que yo hable con él para que se calme? —dijo Yago tratando de conservar la calma.
Los tres negaron con un movimiento de cabeza. Juan, que había estado en silencio hasta entonces, tomó la palabra.
—Mire, Diego y yo no queremos seguir ocultándonos. Con la complicidad de María hemos mantenido nuestro amor en secreto. Ahora queremos irnos lejos, Diego está amenazado, pero temo que el pueblo se divida de nuevo y ataquen a mi padre.
Yago sabía que Juan tenía razón. El enfrentamiento entre las dos familias venía de lejos. Saturnino y Anfiloquio, los abuelos de los dos muchachos eran dos hombres testarudos que estuvieron a punto de matarse en una pelea con navajas cabriteras, por las lindes de unos terrenos. El rencor pasó a sus hijos, los padres de los tres jóvenes: uno, rico terrateniente y el otro líder jornalero que había organizado más de una huelga contra el patrón. Yago había tenido que calmar los ánimos en numerosas ocasiones y ahora le pedían que volviera a intervenir.
—Lo que queremos —volvió a hablar Diego— es que nos saque de aquí. Ahora mismo.
—¿A todos?—preguntó
Y los tres asintieron
Era una situación difícil, no podía ofender a Dios, ni tampoco abandonar a unos seres humanos. Necesitaba ganar tiempo. Buscó la botella de moscatel que escondía en el armario entre los otros objetos litúrgicos y puso una copita para cada uno.
—Queréis iros ahora mismo, pero eso no es posible. No puedo dejar a mi madre sola durante toda la noche, es peligroso, se levanta a menudo y se desorienta. Tengo que pensar.
Vieron en sus palabras una negativa. Yago se retiró a meditar: Si accedía, cometería un gran pecado y si no lo hacía podría haber una masacre que recaería sobre su conciencia. Dios tendría que comprenderlo.
Los minutos en silencio hasta que volvió a hablar, les parecieron horas.
—Podéis venir esta noche a mi casa. Mañana antes de que venga Adela para arreglar a mi madre, bajáis al garaje por la puerta que os indicaré ahora al llegar. Para que nadie sospeche, le haré ver a Adela que sigo la rutina de todas las mañanas aunque será muy diferente: os llevaré en mi coche a la ciudad y estaré de vuelta a la hora de comer. Nadie tiene que enterarse. Ahora vamos a ir saliendo con cuidado. Esperad en la puerta, iré yo primero.
Yago, apagó las luces y contó hasta diez.
Comentarios (0)