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El secreto de Lucía. - por Moldy BlastonR.

Todos guardaban algún secreto, pero en Sopena, un pueblo sepultado por la niebla costera los secretos terminaban pudriéndose en el fondo de las cubetas de revelado.
Lucía lo sabía bien. Llevaba más de veinte años al frente del único laboratorio fotográfico del casco viejo, un sótano claustrofóbico con olor a humedad, en el que los vecinos depositaban sus carretes en silencio, con el leve rubor de quien se sabe expuesto a una mirada ajena.
A través de las tiras de acetato colgadas a secar, Lucía había aprendido a leer las costuras invisibles del pueblo. Vio las miradas del médico hacia la esposa del boticario; vio los fajos de billetes sobre la mesa del consignatario del puerto; vio las lágrimas del viejo juez fotografiando el horizonte…
Procesaba los negativos sin hacer jamás una pregunta. En aquel lugar engullido por el mar, la verdad era un compuesto altamente inestable.
Su verdadera fijación no eran los retratos enfocados, ni las estampas familiares, era el material de descarte: las exposiciones dobles, los fotogramas velados por el sol, los disparos accidentales. Esas fotos hechas sin querer al techo mientras se ajustaban la correa de la cámara, o a la acera al tropezar. Durante años Lucía había ido guardando en una caja de latón esos retales de azar que nadie reclamaba jamás.
Una noche de galerna, repasando el archivo notó la primera fractura en el orden de las cosas. Al principio le pareció una coincidencia menor. En el fotograma cero de un carrete del carnicero –un disparo borroso hacia el suelo mojado- asomaba la punta de un zapato de piel roja, desgastado en la puntera y con la costura deshilachada. Dos semanas después, en un descarte del álbum de comunión de los hijos del alcalde volvió a encontrarlo: exactamente la misma puntera roja al borde del encuadre.
Lucía encendió la lámpara y revisó la caja completa con la lupa sobre la mesa de cristal. El zapato estaba en decenas de descartes. En el cumpleaños de la maestra, en la esquina de un paisaje invernal en la estación de tren, en el margen de una fotografía nocturna a cinco kilómetros de allí. Siempre el mismo zapato, inmóvil, pegado al suelo, a medio metro de la lente en el instante del disparo accidental.
La lógica decía que era imposible. Una misma persona no podía haber estado físicamente presente en los momentos de cincuenta familias, durante quince años. No tenía sentido técnico ni temporal.
Decidida a desentrañar el misterio Lucía abrió el cajón del escritorio para consultar las libretas de contabilidad donde anotaba los nombres de los clientes y los códigos de cada carrete. Quería averiguar de quien eran esos encargos y quien los había traído. Pero al abrir la primera libreta se quedó helada. Las páginas estaban en blanco. Pasó las hojas con rapidez: la segunda libreta, la tercera, la cuarta. Todas pulcras, vírgenes, sin un solo trazo de tinta.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Lucía levantó la vista. El mostrador de recepción, que en su memoria conservaba el brillo del paso diario de los vecinos, estaba cubierto por una gruesa capa de polvo de años. Miró el teléfono de baquelita: el cable flotaba en el aire, cortado limpiamente, con los hilos oxidados por el tiempo.
Retrocedió unos pasos hasta la mesa. Junto a la ampliadora, los frascos de reactivo estaban secos, con una costra dura. En las cubetas no quedaba ni rastro del líquido revelador. El aire del sótano sólo olía a abandono.
Con el corazón acelerado Lucía bajó la mirada despacio hacia sus pies. Vestía unos zapatos de piel roja, desgastados en la puntera, con la costura deshilachada.
El laboratorio no recibía clientes desde la noche del gran incendio del puerto, hacía más de veinte años, cuando el pueblo quedó prácticamente reducido a ruinas y ella quedó atada a la penumbra del sótano.
No había carretes nuevos ni encargos. Sólo la caja de latón con los recortes de su propia vida anterior, que su mente rota había revelado en soledad, inventando clientes para no enfrentarse al silencio.
El único secreto que quedaba en la costa era ella: la última habitante de un mundo desaparecido, que fingía seguir trabajando para no admitir su soledad.
El aroma a humedad la envolvió de nuevo como un manto protector. Resguardada en la única penumbra capaz de sostener sus fantasmas, Lucía exhaló un suspiro largo. Apagó las luces y contó hasta diez.

Comentarios (16):

Daniel Calleja

20/09/2026 a las 02:00

Hola, Moldy, un relato muy original, con un ritmo que crece de a poco y una sensación de misterio que se va acentuando hasta llegar al sorprendente desenlace. Aún estoy tratando de entender si ella es en realidad un fantasma atrapado en un pueblo vacío. ¡Cuántos secretos verían aquellos que revelaban los rollos, no hace tantos años atrás! Me hiciste recordar la ansiedad al esperar el revelado para saber cómo y cuántas fotos había logrado sacar de forma decente. El excelente párrafo de arranque me muestra ese pueblo perdido entre la niebla y los secretos pudriéndose en la cubeta. En lo formal, solo una cosa; el tilde en solo ya no se recomienda salvo que su significado pueda resultar confuso y en este caso no lo es.Lo otro que me resulta un poco forzado es la frase del reto opcional. ¿Por qué contó hasta diez? Un placer leerte y tratar de aportar algo, aunque no hay mucho que agregar. Saludos. Nos seguimos leyendo

Monica Bezom

20/09/2026 a las 04:32

Moldy,¡qué relato buenísimo!
El arranque une la consigna con el pueblo, y la imagen de los secretos pudriéndose en las cubetas anticipa todo el clima. El misterio está muy bien dosificado: el zapato rojo aparece como una rareza menor y las pistas (libretas en blanco, polvo, teléfono cortado) se acumulan hasta que la mirada a sus propios pies lo cierra. Y “el único secreto que quedaba en la costa era ella” vuelve sobre la frase inicial con mucha fuerza.
¡Excelente!
El desenlace explica bastante (“su mente rota… inventando clientes”) y el golpe del zapato ya dice todo de forma magistral . Desde otro lugar, me quedó una duda de lógica: si las fotos de descarte son de cumpleaños y comuniones de otras familias, ¿cómo son “recortes de su propia vida”? Y los quince años de los descartes con los más de veinte sin clientes me hicieron dudar de la línea temporal.
Un detalle formal: “de quién eran esos encargos y quién los había traído” lleva tilde, y faltan comas tras “costera” y “misterio”.
Se nota que te planteás textos exigentes y eso se agradece. Me encantaron las descripciones. Te felicito.
Como siempre, ha sido placer leerte.

Candela Kross

20/09/2026 a las 11:16

Hola, Moldy. Soy Candela. Encantada (de hablar contigo y de leer tu relato).

Me ha gustado mucho. Tanto la nostalgia del revelado de antaño y todo su universo, como la descripción del pueblo costero, que me ha transportado directamente al pueblo de mi abuela, también impregnado de niebla, galernas y casco viejo con casas de piedra y sótanos engullidos por la humedad. Doble nostalgia para mí (¡gracias por eso!).

Me ha gustado especialmente que la fotografía no sea un simple decorado, sino el lenguaje mismo del relato: negativos, fijación, revelado y exposición sirven también para hablar de la memoria y la verdad. De hecho, la historia se comporta como una fotografía en la cubeta: comienza entre sombras y va revelando poco a poco su imagen real. Esa coherencia le da mucha personalidad.

No quiero repetir cosas que ya te han comentado Daniel y Mónica, y con las que coincido, simplemente veo necesario remarcar que la frase final del reto es cierto que queda un tanto forzada. Requeriría de una explicación o establecer alguna relación o anclaje previo (por ejemplo, que la mujer tenga la costumbre de contar hasta diez antes de ver cómo ha quedado cada una de las fotos reveladas, haciendo énfasis en cómo disfruta y vive a través de las fotos).

En resumen, un relato sugerente, que toca la nostalgia de muchos, y construido con buen pulso. Muchas gracias por compartirlo.

Moldy Blaston

20/09/2026 a las 18:06

¡Hola Daniel! Muchísimas gracias por leer el relato y por un comentario tan detallado y generoso. Me alegra mucho que te haya enganchado el ritmo y que el arranque te haya transmitido esa atmósfera de misterio y nostalgia por la fotografía analógica.
Respecto a tus observaciones, me vienen genial para darle una vuelta al texto:
· Sobre si es un fantasma: Me encanta que se pueda leer desde esa perspectiva espectral. En mi idea original, Lucía es una mujer de carne y hueso que sobrevivió físicamente al desastre, pero cuya mente se rompió por la culpa y la soledad. Sin embargo, que el lector se debata entre si es un alma en pena o una superviviente atrapada en su propia locura creo que le da una capa muy rica al relato.
· Sobre la tilde en «solo»: Tienes toda la razón. La norma de la RAE es clara al respecto, salvo en casos de ambigüedad doble, así que me lo apunto para corregirlo en la versión definitiva.
· Sobre el «contó hasta diez»: Era parte de la frase obligatoria del reto como sabes y siempre es un desafío encajar esos pies forzados sin que chirríen. La idea que intenté es que funcionara como un ritual psicológico. Igual que los niños cuentan hasta diez en el juego del escondite para empezar de nuevo, Lucía apaga las luces y cuenta hasta diez para «reiniciar» su bucle mental: un mecanismo para volver a cerrar los ojos, resetear la realidad y fingir que, al abrir los ojos, el pueblo seguirá vivo y los vecinos volverán a entrar por la puerta.
Un placer compartir relatos contigo. ¡Nos leemos!

Moldy Blaston

20/09/2026 a las 18:41

¡Hola Mónica! Muchísimas gracias por una lectura tan atenta y detallada. Da verdadero placer recibir críticas que van directas a la estructura y a la carpintería del texto para ayudar a mejorarlo. Y, por cierto, lo que dices sobre que me planteo textos exigentes, me parece genial que lo resaltes y muy motivador. Otra cosa sea el resultado…
Te respondo a las dudas y observaciones que me planteas:
· Sobre la duda de lógica («recortes de su propia vida» frente a las comuniones o cumpleaños): Tienes toda la razón en que, tal como está redactado, genera un tropiezo de lectura. La idea de fondo intenta jugar con la disociación del personaje:
o La realidad física: Físicamente solo existían los disparos accidentales a sus propios pies, tomados por ella misma mientras caminaba a solas por las ruinas durante dos décadas.
o La ilusión mental: Como su mente no podía aceptar el aislamiento, al mirar esos pedazos de celuloide se inventaba un origen para cada uno («esta la trajo el carnicero», «esta es de la comunión de los hijos del alcalde»).
· Gracias a tu comentario veo claro que, si presento esas situaciones como hechos objetivos, el lector puede sentir una contradicción al llegar al final. En la reescritura voy a matizarlo para que se entienda que son las atribuciones que su memoria hacía al mirar las fotos, no la realidad.
· La línea temporal (15 frente a 20 años): ¡Qué gran ojo! Se me coló ese desajuste de cifras en el texto. Voy a unificar la cronología a los 20 años del incendio para que el marco temporal quede impecable.
· El final y la sobreexplicación: Coincido totalmente contigo. A veces me da miedo que el giro no se entienda y caigo en el error de explicar de más. Tienes razón en que la revelación del zapato rojo, el polvo y el abandono del espacio ya lo dicen todo con mucha más fuerza. Voy a podar la frase explícita de «su mente rota» para dejar que la escena sostenga todo el impacto.
· Ortografía y puntuación: ¡Anotadísimas las tildes en las interrogativas indirectas (de quién, quién) y el ajuste de las comas tras «costera» y «misterio»!
Un placer enorme compartir taller contigo y leer tus comentarios. ¡Nos leemos!

Moldy Blaston

20/09/2026 a las 18:47

Hola Candela! Muchísimas gracias por un comentario tan cálido y por compartir esa conexión personal con el pueblo de tu abuela. Saber que la atmósfera de la niebla, las galernas y la humedad del sótano te evocó esos recuerdos es un verdadero regalo.
También me alegra mucho que hayas destacado el uso del lenguaje técnico fotográfico (fijación, revelado, exposición). Mi intención era precisamente esa: que la propia narrativa imitara el proceso analógico y la verdad fuera apareciendo poco a poco, como una imagen en la cubeta que gana contraste hasta revelarse.
Respecto a la frase final del reto («contó hasta diez»), como ya le contesto a Daniel, Lucía apaga las luces y cuenta hasta diez para «reiniciar» su bucle mental: es su mecanismo para resetear la realidad. Esa era mi intención. Aun así, tomo nota de tu aportación para sembrar mejor ese comportamiento a lo largo del texto y que el lector pudiera notar ese manotazo psicológico de forma más fluida.
Es genial compartir taller contigo. ¡Nos leemos!

Hugo

20/09/2026 a las 22:14

Hola Moldy:

Últimamente tengo poco tiempo para dedicarle al taller pero me resisto a no participar. Daniel, Mónica y Candela te acercaron sus acertados comentarios antes que yo pueda hacerlo. De todos modos trataré de aportar mis impresiones. Digo impresiones porque nunca hay explicaciones en estas cosas.

He visto en tus devoluciones que en la idea original, Lucía es una mujer de carne y hueso que sobrevivió físicamente al desastre, pero cuya mente se rompió por la culpa y la soledad. Yo contemplé esa posibilidad, pero los desfasajes temporales me hicieron desecharla y me fui inclinando hacia lo fantástico.

Analicé dos posibilidades de cuento fantástico: una es la ya comentada del fantasma y la otra está relacionada con la alteración del tiempo, al estilo Cortázar, en “La noche boca arriba” o “Eso que pasó en el arroyo del Búho” de Ambrose Bierce.

En tu cuento se podría pensar que lo fantástico se ejerce a través de un estiramiento del tiempo (veinte años que para el lector son apenas segundos), con la sensación de que en algún momento hay un desdoblamiento también del personaje. Como en Cortázar, donde el tema del desdoblamiento es recurrente, aquí, en tu cuento, Lucía parece desdoblarse también entre su vida anterior y la actual.

Es un placer leerte, has logrado un muy buen relato que me tuvo en suspenso hasta el final, con el invalorable agregado de una prosa estupenda que roza lo poético en frases tales como:

“…con el leve rubor de quien se sabe expuesto a una mirada ajena.”

“Lucía había aprendido a leer las costuras invisibles del pueblo.”

“En aquel lugar engullido por el mar, la verdad era un compuesto altamente inestable.”

“…esos retales de azar que nadie reclamaba jamás.”

“…y ella quedó atada a la penumbra del sótano.”

“Resguardada en la única penumbra capaz de sostener sus fantasmas…”

A la intriga y el suspenso se agrega la belleza del texto.

Para finalizar, quitaría un par de frases que lo hacen muy explicativo. Creo que no aportan y le quitan vivacidad al relato:

“La lógica decía que era imposible. Una misma persona no podía haber estado físicamente presente en los momentos de cincuenta familias, durante quince años. No tenía sentido técnico ni temporal.”

y

“No había carretes nuevos ni encargos. Sólo la caja de latón con los recortes de su propia vida anterior, que su mente rota había revelado en soledad, inventando clientes para no enfrentarse al silencio.”

Mis más sinceras felicitaciones por tu trabajo.

Violeta

21/09/2026 a las 09:18

Hola Moldy, soy tu vecina de arriba. Me corresponde comentar tu texto aunque lo habría hecho igualmente porque ya te sigo. Tus textos me parecen siempre interesantes y en este caso, lo que más me ha agradado ha sido la descripción inicial. Consigues transmitir la atmósfera decadente y decrépita con un uso adjetival y del léxico muy acertado: “el casco viejo”, “el pueblo sepultado”, la “podredumbre de los secretos”…También me llama la atención que conoces o has investigado el trabajo del fotógrafo tradicional. No es habitual en una época en la que todo el mundo funciona con la lentes de los móviles. Para terminar, creo que habría terminado el relato antes, justo en el momento en que Lucía baja la mirada y descubre los zapatos de piel. No daría más explicaciones, de manera que el lector pudiera completar por sí mismo el texto. Será que tengo obsesión por los finales en el cénit y abiertos.
Enhorabuena, muy logrado.

Moldy Blaston

21/09/2026 a las 17:25

¡Hola Hugo! Muchísimas gracias por sacar tiempo para leerme y por regalarme una crítica tan profunda, generosa y llena de sensibilidad literaria.
Que hayas traído a la mesa referencias como “La noche boca arriba” de Cortázar o el famoso relato de Bierce, en el puente sobre el arroyo del Búho, me parece un halago enorme y una lectura fascinante. Me encanta que la grieta temporal y la disociación te llevaran a contemplar esa vía del cuento fantástico, del desdoblamiento y la dilatación del tiempo; al menos intenté sugerir atmósferas y dobles lecturas más allá de la explicación puramente psicológica.
También me hace una ilusión enorme que te hayas detenido a citar esas frases concretas del texto. Cuando uno busca que la prosa tenga un poso poético o visual, ver que destacas esos retales de texto, es el mejor de los reconocimientos.
Y sobre las dos frases finales que señalas para eliminar: ¡pleno! Tu comentario coincide al milímetro con lo que me apuntaban Daniel, Mónica y Candela. Es evidente que esas explicaciones le quitan soltura y «explican de más» un misterio que la propia imagen visual ya intenta sostener por sí sola. Saldrán fuera en la versión definitiva.
Da gusto recibir comentarios con tanta finura. ¡Muchísimas gracias de nuevo y nos seguimos leyendo en el taller!

Moldy Blaston

21/09/2026 a las 17:33

¡Hola Violeta! Qué alegría leer tu comentario y saber que sigues mis relatos, ¡muchísimas gracias!
Me alegra un montón que la atmósfera del pueblo y el léxico hayan funcionado para meterte de lleno en la historia. Le estuve dando bastantes vueltas al trabajo de fotografía analógica para que no fuera un simple adorno, así que me reconforta mucho que aprecies ese rescate del proceso artesanal frente a la inmediatez de los móviles de hoy.
Sobre tu sugerencia para el final, tu comentario se suma a un consenso que se ha ido gestando en el taller. Cortar el relato en su verdadero cénit es la mejor decisión posible. Tienes toda la razón: confiar en la intuición del lector y dejar el final abierto en esa imagen haría que la historia ganase muchísima más fuerza y poesía, sin necesidad de sobreexplicar nada.
Gracias por una lectura tan fina y por estar siempre apoyando mis escritos. ¡Un abrazo enorme! ¡Nos leemos!

Amadeo

24/09/2026 a las 13:13

Moldy:
Primero agradecerte tu comentario al mío. Mil gracias. Lo has interpretado a la perfección. Tendré en cuenta tu sugerencia.
Respecto a “El secreto de Lucía”, resumo mi comentario con una sola palabra: perfecto. Me gustó mucho, pues la intriga sobre la punta del zapato rojo, subía hasta el final inesperado. Felicitaciones
Cordiales saludos
Amadeo (Argentina)

Cristina Otadui

25/09/2026 a las 12:27

¡Buenísimo!

Según iba avanzando cada línea me gustaba mas que la anterior: el asunto fotográfico primero, los descartes, que siempre me han parecido dignos de guion cinematográfico, esa puntera roja que pone al lector delante del enigma pero sin, de momento, descubrir nada…la atmosfera que vas creando: la niebla, el sótano, el olor a humedad y el final: por una vez ¡perfectamente encajado el reto! y es que hasta ahora la frase final propuesta por Iria con la que muchos de nosotros hemos intentado cumplir el reto adicional me resultaba “no concluyente” por decirlo de alguna manera: se lo comentaba a Ignacio: la mía, la primera, que deja al lector “insatisfecho” de alguna forma.. Aquí, el final está bien encajado: resulta coherente con todas las pistas: las libretas, el polvo, el cable cortado: el giro final no se siente gratuito. Y la estructura es clara y la voz consistente… en fin Moldy… ¡¡que buen trabajo!!

Gracias por encontrar un rato y pasarte por mi texto 🙂
Y por seguir escribiendo y compartiendo.
¡¡Nos leemos!!

Cristina Otadui

25/09/2026 a las 12:30

Perdona… con el entusiasmo me quedó una cosa en la recámara: si el incendio fue hace veinte años y el laboratorio es de “baquelita”, conviene fijar mejor la época (¿años 80? ¿90?) para que el lector ubique el mundo desaparecido… una bobada, pero bueno… a tener en cuenta 😉

ONIFUR77

25/09/2026 a las 16:27

Saludos Moldy soy tu vecino del 51 y como siempre que escribes, en este relato superas la atmósfera absorbente y utilizas el simbolismo de la fotografía analógica para explorar con maestría la soledad, el autoengaño y el peso de la memoria. Mediante un giro final de carácter fantástico y psicológico, la narración señala la perspectiva del lector: el misterio de un pueblo habitado por secretos se revela en realidad como el laberinto de una mente atrapada en el pasado. Es una reflexión sobre cómo el ser humano es capaz de construir refugios para protegerse del dolor insoportable del olvido y la pérdida.
Por la cantidad de comentarios que te escriben ya se encargan de expresar sus puntos de vista.
Te doy las gracias por haber leído mi relato y tomo nota de tus sugerencias.
Seguro que nos seguiremos leyendo.

Pilar (marazul)

26/09/2026 a las 19:13

Hola Moldy: en cuanto empecé a leer tu relato ya me estaba gustando. Que hayas recurrido a la fotografía analógica, la de carrete como coloquialmente se dice, —no muy lejana en el tiempo— me parece muy acertado.
¡Cuantos secretos guardaban algunos carretes! A no se que uno mismo los revelase, el del laboratorio se enteraba de todo, ja,ja…
Pero tu relato va más allá y nos introduces en una historia de misterio —la punta del zapato de piel roja— en donde, yo personalmente, he sentido una mezcla de realidad y fantasía que a mí me gusta mucho.
Un excelente relato, Moldy.
¡Felicidades!

Moldy Blaston

28/09/2026 a las 16:34

Cristina, Onifur77 y Pilar… ¡Muchísimas gracias por unos comentarios tan generosos, detallados y enriquecedores! Da un gusto enorme compartir textos en el taller cuando la recepción es así de fina, inteligente y atenta.

Me alegra muchísimo saber que la atmósfera del laboratorio de fotografía analógica ha funcionado para trasladaros a ese universo. Tenía muchas ganas de explorar ese proceso artesanal —con la complicidad y los secretos que encerraban los carretes antes de la era digital— para construir el aislamiento de la protagonista.

Saber que el juego entre realidad, memoria y fantasía se siente bien equilibrado, y que el detalle visual de la puntera roja junto al pie forzado del reto ha encajado de manera orgánica sin sentirse forzado. Es un verdadero alivio, no os lo oculto.
Especialmente al vecino del 51, gracias por profundizar tanto en la lectura psicológica de Lucía; has dado de lleno en el corazón del texto al señalar esa mente que construye un refugio para sobrellevar un dolor insoportable.

También me apunto con muchas ganas esa sugerencia tuya Cristina sobre la época y la precisión temporal (el detalle de la baquelita y la ubicación en los 80/90). Es un apunte finísimo que me viene de perlas para pulir la coherencia del entorno y ubicar mejor la atmósfera sin sacar al lector de la historia.
Y tú Pilar, siempre tan positiva y motivadora…..

Gracias de verdad a los tres por pasaros por mi texto (me consta que lo soléis hacer sin que os toque y me sonroja), por las reflexiones y por hacer que este taller sea un espacio tan motivador. ¡Un abrazo enorme y nos seguimos leyendo!

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