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Chinos - por Verso suelto
Todos guardaban algún secreto, sino ¿por qué me miraron como a un bicho raro y no me contestaron cuando les pregunté quienes eran?
Poco antes, al entrar en el ascensor, yo empecé a protestar por los empujones de la gente y Manolo me dijo “Pues esto no es nada, ya verás cuando vengan los chinos”.
Muchas noches, yo soñaba que un chino se acurrucaba en la cama entre Matilde y yo. Mi mujer, que es insomne, se estiraba satisfecha al levantarse, diciendo que había dormido estupendamente. Así que, al oír a Manolo, se me dispararon todas las alarmas.
— ¡¿Los chinos?, ¿qué chinos?! —respondí sobresaltado.
— ¡Joder, no te hagas el tonto! —, ¿vives en la inopia o qué?
Me volví, interrogándole con la mirada, pero Manolo había desaparecido. Entonces caí en la cuenta de que en el ascensor solo había chinos y que lo que aporreaba el aire, en lugar del manido adagio de Albinoni, era una melodía pentatónica que sonaba a lata.
—¿Quienes son ustedes? —pregunté—, ¿a dónde van?
Pero nadie me respondió.
Todos nos bajamos en el piso donde está nuestra oficina y los chinos se desparramaron por los pasillos como lo más natural del mundo. Tras comprobar aterrorizado que de Manolo no había ni rastro me precipité a mi cubículo, cerré la puerta y entré en Google dispuesto a consultar lo que mi colega me había empezado a contar; entonces sonó el teléfono de la secretaria del mandamás: “Señol Lodliguez, le llama el dilectol”. Pensé escapar, pero la puerta estaba vigilada por un segurata de piel amarilla en cuya placa identificativa ponía Plosegul.
En el despacho del jefe había un chino.
—¿Quién es usted? —pregunté—, ¿donde está el señor García?
—Le Ki Tao —me respondió—, pelo llámalme Señol Tao, más colto. Galcía no estál, mi complal compañía, ahola dilectol; pelo no pleocupal, mi no lencoloso, tlabaha igual chino y yo tlatal lo mismo otlos.
Esto último lo comprobé inmediatamente, era día de paga y al volver a mi mesa encontré la nómina con la cifra de siempre pero en Yuans: me habían dividido el sueldo por ocho. Pensé en la hipoteca, en la letra del coche…
A mediodía, en el comedor, me senté solo; no conocía a nadie y todos me miraban mientras masticaban su secreto mezclado con unos espantosos rollitos de primavera, rellenos de una masa de aspecto repugnante, que, al partirlos con el tenedor, se parecían sospechosamente a las corbatas del señor García, ¡era tan hortera!; no pude reprimir un recuerdo cariñoso hacia el laborioso prócer.
Echaba mucho de menos a Manolo, Le quería mucho, aunque era muy guasón; si me estaba gastando una broma ya se estaba pasando de la raya. ¿Dónde se habría metido?
Internet estaba plagado de noticias que hablaban de la imparable invasión de chinos, de su superioridad numérica, de su resistencia a jornadas de trabajo agotadoras. Los comparaba con las cucarachas que, de forma subrepticia, se infiltran por las alcantarillas. Leyendo, se me revolvían los rollitos en el estómago al imaginar una enorme cucaracha con ojos rasgados, hablando, en la plaza de Tiananmén, a una multitud enardecida que jaleaba a su líder. Yo ya tenía bastante con Tao y el que se nos metía en la cama así que, si ellos venían, yo me iría, ¿pero adónde?: todos los continentes estaban okupados por esos hijos de Fu Manchú.
Por la noche seguía sin saber nada de Manolo, pero soñé con el chino que ya no era un chino sino una cucaracha con la cabeza de mi colega, con su bigote y su calva, de la que emergían dos antenas vibrantes con las que hacía cosquillas a Matilde metiéndoselas por la nariz; mi mujer estornudó y nos despertamos; “perdona, debe ser la alergia”, dijo. “Si si la alergia, pensé yo”.
A la mañana siguiente lo vi claro, no había otra explicación.
Como en China debía quedar mucho espacio libre, le conté mi plan a Matilde, pero dijo que ella se quedaba, que últimamente dormía guay y no estaba dispuesta a instalarse en uno de esos hoteluchos de mierda a los que yo la llevaba en vacaciones. Así que compré un billete a Pekín, hice la maleta y pedí un taxi. Antes de cerrar la puerta de la calle me volví y grité bien alto para que me oyera, donde quiera que se había escondido: “Manolo, entérate: eres un hijo de puta”.
Ccomentarios (1):
Pilar (marazul)
19/09/2026 a las 19:11
¡Ay Velso, lo que me he leílo con tu lelato!
Se lee de un tirón. Es ágil, divertido y muy ingenioso: Plosegul, Le Ki Tao….el chino que se les cuela en la cama…Transmites muy bien ese estado de confusión y de cabreo del protagonista, y sobre todo el ambiente de invasión de los chinos. Te lo has debido de pasar genial escribiéndolo.
Y el personaje de Manolo, el que lo sabía pero guardó el secreto y desapareció. Se merece esa frase final ja,ja,ja…
Gracias por hacernos pasar un buen rato