Literautas - Tu escuela de escritura

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El último secreto - por José TormaR.

Web: http://www.cuentoshistoriasyotraslocuras.wordpress.com

Todos guardaban algún secreto.

La pared rayada con marcadores de colores era una verdadera obra de arte. Con influencias de Picasso o tal vez de Andy Warhol. Bien se podía adivinar una lata de coca cola entre los fluorescentes verdes que sobresalían sobre el color marrón, color sangre. Enfrente. Debajo de una lona azul, estaba el cuerpo de la directora

Frente a ella, estaban los sospechosos. Atípicamente callados, sin el bullicio continuo que la volvía loca y que también amaba. Aspecto circunspecto que contrastaba con sus escasos años. Solo Julián le sostenía la mirada y hasta podría decir que esbozaba una pequeña sonrisa.

Llegaron las otras maestras y los hicieron tomar asiento. La operadora de urgencias había sido muy clara, cubrir el cuerpo, pero no permitir que nadie abandonara el salón.

En silencio los pequeños tomaron asiento. Sus uniformes pintados de mil colores al igual que sus manos. Todos miraban al piso, todos menos uno.

—Julián, ¿has sido tu? —preguntó la maestra Isabela.

Un silencio aplastante por respuesta. Y ahí estaba, un niño de seis años, desafiándola, sin mostrar el menor temor o arrepentimiento.

Dos de los más pequeños empezaron a llorar. La maestra Isabela se les acercó, para consolarlos y tal vez, esperando que confesaran el delito. Pero fue en vano. Ambos chiquillos levantaron la mirada hacia Julián y guardaron silencio. Las lágrimas olvidadas.

El sonido de las sirenas acercándose calmó el animo de las educadoras. Los padres habían sido contactados.

Todo era una gran confusión.

La mancha de sangre sobresalía de la lona. Temiendo que los pequeños lo vieran, movió la lona. Tuvo que contenerse al ver lo ridículo de su accionar. Uno de ellos había cometido el crimen, los demás eran cómplices o víctimas inocentes.

La policía llegó y acordonó el salón. Los niños fueron llevados a otras salas una vez que sus padres llegaron para poder ser cuestionados.

Si sabían algo, ninguno estaba dispuesto a compartir. Isabela le comentó al oficial de la conducta de Julián. Lo llevaron aparte son su hermana mayor. Los padres no habían sido localizados.

El salón de actos fue acondicionado para que permanecieran todos ahí.

Uno de los oficiales notó las cámaras de seguridad. Al inspeccionarlas se dieron cuenta de que habían sido rociadas con pintura. Probablemente el video fuera inutilizable.

El detective Guillermo Galaviz, guardaba silencio mientras le pasaban los videos de las cámaras.

—Ahí, José. ¿Podemos incrementar el volumen? —dijo mientras apuntaba a la pantalla.

La escena era la típica de un parvulario, los niños corriendo y ensuciando todo a su alrededor. La directora entra y habla con la maestra que se ausenta mientras la directora habla con los niños. Un niño espigado, mas alto que el resto, se mantiene al centro del salón, con la mirada fija en la directora. No atiende al llamado de sentarse. Gira lentamente la cabeza y ve a la cámara. Esboza una sonrisa, le hace un guiño, mientras su boca se abre.

—Hola, detective.

La imagen se acerca al resto de los niños y, de repente, se oscurece, señal de que le arrojaron pintura.

—Regrese la imagen por favor, un par de minutos.

La escena transcurre igual. Julián al centro solo que esta vez no voltea a la cámara.

—De nuevo, por favor —Siente que su corazón se acelera —¿Lo ha notado? —pregunta.

José se encoge de hombros mientras retrocede las imágenes una vez más.

Un nuevo cambio, Julián voltea a la cámara mientras lleva su celular al oído.

Un sonido estridente llena las bocinas. Los niños guardan silencio mientras rodean a la maestra. En segundos, la imagen se oscurece. Solo los gritos de la directora y una risa infantil llenan la bocina.

Un oficial le comunica que la cámara está limpia y funcionando.

—¿Podemos ver la imagen en vivo, del salón de actos? —pregunta.

José acciona un par de botones y la imagen llena la pantalla. Los niños en el suelo, en silencio. Al centro, sin mostrar temor o emoción, se yergue Julián

—Sigues tú, Guillermo —dice levantando el celular y apuntando a la cámara.

El detective escucha el sonido y corre de regreso al salón. Acelera el paso al escuchar los gritos. Horrorizado por lo que ve, se recarga contra la pared.

Julián sonríe y camina hacia él.

—Es un sueño, una pesadilla…

—Tal como se lo platiqué, oficial —dijo José nervioso al detective Morales—. El detective llegó al salón justo cuando estaban atacando a las maestras. Luego el niño se le abalanzó. Apagó las luces y contó hasta diez.

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