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EL CONVENTO - por IGNACIO ZR.

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Todos guardaban algún secreto. Eso era lo que hacía que su trabajo fuera apasionante.
Desde pequeño le había gustado averiguar lo que otros escondían. Para empezar, las cartas apasionadas, aunque un tanto cursis, que su madre se escribía con aquel señor de Albacete, o la colección de postales francesas que guardaba su padre entre los papeles del despacho.
Los sermones educativos de sus padres le parecían el colmo de la hipocresía. Guillermo sabía a qué atenerse pero, naturalmente, de pequeño no utilizaba sus conocimientos. Solo disfrutaba del placer del descubrimiento y la sensación de tener un dominio oculto sobre otros, sin llegar a ejercer ese poder.
Más tarde, en el colegio, aprendió que aquello tenía un valor de mercado. Lo decía don Matías
—La información es poder, señores, no lo olviden nunca.
Al tiempo que sus compañeros entraban en la universidad para labrarse un futuro, Guillermo inició su lucrativa profesión sin necesidad de pasar por clases y exámenes. Fue en el billar del barrio donde conoció a Ventura, un individuo desalmado. Se asociaron por interés mutuo aunque nunca se fiaron el uno del otro.
Ventura tenía clientes que le pedían cosas complicadas, y había que persuadir a determinadas personas para que los clientes de Ventura quedaran satisfechos.
Guillermo se hizo un experto en la búsqueda y explotación del punto débil: Sexo, adicciones, avaricia, traiciones, engaños, ambición desmedida, todo el mundo, sin excepción, tenía un flanco por el que se podía capturar su voluntad.
Los hombres eran más fáciles de cazar: acostumbrados a mandar, no ocultaban sus apetitos. Las mujeres, sin embargo, eran más difíciles. Por eso, cuando les encargaron hacerse con una tabla flamenca custodiada en un convento de Clarisas, Guillermo pensó que se enfrentaba a una tarea imposible. La madre superiora parecía una fortaleza inexpugnable. Ventura, que combinaba la falta de principios con una buena mochila cultural, le animaba.
—¿No pudo don Juan con la honra de doña Inés? No tienes más que encontrar el punto de ataque.
—Tiene setenta años. No veo que la pueda seducir —contestó, pensativo, Guillermo.
Consiguió acceder al convento con la tapadera de un estudiante que preparaba su tesis doctoral sobre el arte flamenco. Cada día se presentaba con un modesto regalo para las hermanas, una medalla, un misal, unas flores campestres o una bolsa con uvas. Y escuchaba todo lo que le contaban poniendo el máximo interés.
Guillermo se fue haciendo con un conocimiento amplio de la geografía del convento y del estado de ánimo de aquellas mujeres encerradas en vida: Sus diferencias con el sacerdote que confesaba sus pecados, lo bien que funcionaba la venta de dulces a la que dedicaban sus esfuerzos, la preocupación por la falta de mantenimiento del convento y la angustia por la escasa incorporación de nuevas religiosas. Pero no obtuvo ninguna información relevante sobre la madre superiora. Si salía su nombre, se orillaba hablar de ella; las hermanas cruzaban miradas cómplices y sus caras se esforzaban en no transmitir ninguna emoción. Las escasas conversaciones directas que tuvo con la superiora no le permitieron establecer ninguna confianza ni complicidad.
A falta de un plan mejor, Guillermo decidió ir de frente. Le pidió una entrevista y le explicó que conocía a unos coleccionistas que deseaban adquirir el principal tesoro artístico del convento.
—Imposible, ilegal, una villanía. ¡Por encima de mi cadáver!
Con cuatro escuetas frases y un gesto de desprecio, la madre zanjó la conversación.
Guillermo, con toda la tranquilidad que pudo reunir, le dio las gracias por su atención y continuó con sus visitas al convento trabajando la confianza de las monjas. Y entonces se produjo el cambio. El agradecimiento por sus desvelos iba acompañado de miradas de complicidad. Las quejas sobre la situación del convento eran más intensas. Las críticas al sacerdote, más evidentes.
La conversación entre la superiora y Guillermo era de conocimiento general en un lugar en el que las paredes oyen, la disciplina es agobiante y el cotilleo es el único entretenimiento del que disfrutar.
Así, Guillermo obtuvo la información necesaria para acercarse a su objetivo. Se la proporcionó la hermana ecónoma, que le explicó el agujero doloso de la cuentas de la comunidad.
La operación iba a ser más sencilla de lo que había imaginado. Citó a la superiora en la biblioteca, puso en la mesa los libros de cuentas y cuando oyó acercarse sus pasos supo que había llegado el momento de hablar en confianza: para reforzar el misterio, apagó las luces y contó hasta diez.

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