Literautas - Tu escuela de escritura

<< Volver a la lista de textos

Un Gran Poder - por DairoR.

Todos guardaban algún secreto, algunos lo habían ocultado durante siglos, unos más maravillosos que otros y algunos que podrían cambiar toda la historia de Selva Dorada.

Hace muchos años, la serpiente ocultó sus patas bajo tierra, pero no recuerda el lugar. El león escondió todas sus debilidades en la nuca y se dejó crecer la melena para que nadie las viera y poder ser el más fuerte y coronarse como el único rey. El elefante usa un gran disfraz para que nadie sepa lo pequeño que es. La abeja no sabe hacer miel, pero sí sabe robársela a las flores. Al águila se le olvidó volar y creó un dispositivo para poder hacerlo y seguir siendo dueña de los cielos.

Pero había uno que poseía un gran poder, el gallo. Con su canto era capaz de hacer salir el sol todas las mañanas.

Una noche oscura en la que todos estaban reunidos en la asamblea que había convocado el león. Apareció la luna, se levantó imponente en el cielo y brilló con más intensidad. Lanzó un fuerte quejido que hizo temblar hasta el verdadero y débil cuerno de cristal del rinoceronte.

Con voz dulce y fría, la Luna lanzó una advertencia:

“Uno de ustedes guarda un secreto que me ha afectado toda la existencia. Uno de ustedes provoca que el sol se despierte y yo tenga que marcharme. Dentro de diez días volveré, apagaré todas las estrellas y pasará una estrella fugaz revelando todos sus secretos, a menos que el culpable de cantarle al sol venga a mi”

La luna se marchó dejando la noche a oscuras. Todos comenzaron a señalarse mutuamente, mientras que el gallo sintió un terror profundo, miró a todos lados y se marchó sin que nadie lo notara.

Al día siguiente el león convocó a todos, no faltó ninguno, ni la cebra negra que se pinta las líneas blancas todas las noches, ni el cocodrilo que le tiene miedo a los conejos, ni la luciérnaga que carga con una pequeña linterna porque nunca ha podido brillar, incluso llegó el gallo, con las patas temblorosas y las plumas erizadas.

Todos comenzaron a discutir, ninguno quería revelar su secreto, vergüenza, debilidades, un sin número de defectos que no podían salir a la luz. La hormiga propuso que todos contaran sus secretos, de igual manera ella no tenía mucho que perder. Pero el viejo mono, en su sabiduría, dijo que no era necesario, que la luna solo quiere el secreto de uno solo. Era más fácil sacrificar a uno solo, que exponer a todos en plaza pública.

El león pronunció un decreto que obligaba a que se entregara aquel que despierta al sol todas las mañanas. La tortuga les hace ver a todos que si cumplen con lo que dijo la luna, el sol no saldrá más y ese será el fin de Selva Dorada. Aunque sembró la duda en todos, pesó más la necesidad de mantener las apariencias. No importa si se acaba el mundo, cada quien prefiere llevarse a su tumba sus propias vergüenzas. Es mejor no arriesgar una falsa dignidad. Por ese motivo, el león castigó a la tortuga y desde ese momento tiene que cargar su pesada casa a donde vaya.

Pasaron los diez días y no apareció el culpable. Asustado, el gallo cantó por última vez al sol, lo hizo con toda la fuerza de su voluntad. Su garganta vibró tan alto que el cielo se estremeció con los primeros rayos de la mañana. Observó a su alrededor y vió como los girasoles abrieron sus pétalos, como el valle reverdeció, notó el coro de pajaritos saludando la mañana, el gallo se dió cuenta que con su canto y la salida del sol, le estaba dando vida a toda Selva Dorada. A veces el más pequeño, el más débil, es capaz de hacer grandes proezas.

El gallo levantó su pecho, colocó su cabeza erguida y cantó nuevamente como nunca lo había hecho. Tomó la decisión de luchar contra todos, contra la luna, contra la historia misma si era necesario. Su voz no iba a ser apagada. Estaba dispuesto a luchar por el bien de todos los demás, incluso de quienes buscaban la voz del culpable para sacrificarlo.

Llegó la noche, la luna apareció furiosa, el gallo estaba en la primera fila dispuesto a pelear, sabía que esa noche comenzaría la batalla. La luna al notar que no había respuesta, miró a las estrellas, y con una seña apagó las luces y contó hasta diez.

Comentarios (0)

Deja un comentario:

Tu dirección de correo no se publicará. Los campos obligatorios aparecen marcados *