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Feria de culpas - por SilvinaR.
Todos guardaban algún secreto en la comunidad, y todos tenían algo que ver con el incendio y el asesinato; el problema era cómo determinar quién o quiénes habían sido responsables en realidad. Ahí sentados, con las caras ennegrecidas, los peinados desatados y las ropas chamuscadas, todos afirmaban que no habían sido, pero nadie quería contar dónde estaba para justificar su inocencia.
Al comienzo del día todo era muy alegre, después del momento incómodo en que el prestamista pasó puesto por puesto a cobrar su cuota. Era el día de la gran feria comunal en el patio de la casa de la cultura. Había toldos armados para protegerse del sol y las mesas en los distintos puestos estaban repletas de alimentos artesanales, conservas y artesanías locales; un verdadero festejo que le daba vida y orgullo a todo el pueblo. Al final del día, todos estaban en la comisaría… todos en la única celda, porque el comisario nunca pensó en la posibilidad de arrestar a medio pueblo junto. Todos se miraban nerviosos; el prestamista había aparecido muerto de una puñalada debajo de un mantel, justamente en el puesto de primeros auxilios que había quedado sin ocupar.
En una esquina de la celda, el médico del pueblo revisaba en silencio las quemaduras de los vecinos, moviéndose con una calma tal que, cada vez que curaba a una persona, le transmitía paz. En ese momento todos agradecían que hubiera llegado al pueblo varios años antes; era un hombre bueno que le había dado mucho a toda la comunidad. Iba de paciente en paciente hablando, calmando, sanando. Cuando terminó, se sentó y empezó a leer un diario, esperando como todos los demás que viniera el comisario con las novedades.
El silencio dentro del calabozo se volvió denso, casi asfixiante. Nadie se atrevía a hablar en voz alta por miedo a que su propia coartada desmoronara el secreto que intentaba proteger. El arma era el cuchillo de un puesto de embutidos, el mantel pertenecía a una mesa de dulces y la botella con combustible encontrada al lado era de una herboristería. Cada elemento incriminaba a un vecino diferente, y los pensamientos de los encerrados se cruzaban en un remolino de paranoia pura. Todos le debían dinero al prestamista y todos eran sospechosos.
Las sospechas se transformaron en un juego macabro de miradas rápidas y desconfiadas. Los ojos saltaban de un rostro a otro, buscando un tic incriminatorio, al punto que la histeria colectiva todo se transformó en un griterío. El comisario, viendo que el arresto no estaba ayudando en nada, fue a buscar las llaves de la celda para liberarlos a todos.
De repente, la mujer del puesto de dulces comenzó a gritar desesperada que la sacaran de allí, mientras señalaba el diario que hacía unos momentos leía el doctor. El artículo hablaba de un pueblo vecino donde hacía años una serie de crímenes habían quedado sin resolver. Aquel asesino del pasado firmaba igual: un apuñalamiento oculto en un evento masivo, un incendio provocado para encerrar a las víctimas y una masacre final cuando lograba acorralar a un grupo grande en un espacio cerrado.
Lentamente la comprensión llegó a sus mentes. Nada de esto era una casualidad, sino el regreso del monstruo y el inicio de su ritual de ejecución. Un grito unánime y desgarrador de puro terror rompió el aire. Sabían que estaban encerrados con él.
Al ver su pánico, el doctor dirigió la vista hacia el diario y sonrió. Las manchas oscuras que corrían por los puños de su camisa no eran de hollín ni de atender a los heridos. Era sangre fresca… abundante, como la que derrama alguien que acaba de ser apuñalado.
Pero antes de que nadie pudiera gritar por el comisario, el doctor estiró el brazo hacia el interruptor de la pared. Apagó las luces y contó hasta diez.
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