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una buena persona - por Carmen Sánchez
Todos guardaban algún secreto y Anselmo pasaba los días escudriñando rostros para adivinarlos. Sí, todos aquellos pasajeros distraídos o atentos, alegres o meditabundos, rápidos o perezosos, guardaban bajo su faz secretos insondables, profundos y tétricos y ninguno de ellos pasaba inadvertido a la atenta mirada de revisor.
Dedicó especial interés a la joven sentada en el mismo banco de todos los días, con rostro melancólico y ojos brillantes clavaba su mirada en el pavimento, toda ella presa de la tristeza propia de adolescente insatisfecho.
«Penas causadas por amores inmaduros». pensó Anselmo y la miró con cierto hartazgo hasta que descubrió a la señora María, viuda y madre de un suicida que bien susto le dio arrojándose a las vías el año anterior.
La insensatez del muchacho le procuró algún dolor de cabeza debido a los informes que hubo de presentar, a las preguntas insidiosas de la policía y a otros inconvenientes que prefería no recordar.
Se acercó a la mujer con una amplia sonrisa y se interesó por su salud. Ella respondió con monosílabos mientras le entregaba un ramo de flores.
‒¿Otro?
‒Sí, póngalo está noche en las vías, cerca de donde sucedió, por favor.
‒Así lo haré, señora. Ahora váyase a su casa y descanse tranquila.
La mujer dio media vuelta y desapareció, Anselmo se deshizo del ramo en una papelera y continuó su inspección.
Un joven subía al tren, parecía estudiante y cargaba con pesados paquetes. " Quizás libros" se dijo el revisor. Se acercó y le ofreció su ayuda con la misma sonrisa beatífica que le caracterizaba. El chico agradeció el ofrecimiento y subió al tren mientras Anselmo le daba las pesadas cajas, todas excepto una que retiró disimuladamente con el pie y quedó oculta tras una columna.
‒Ya están todas‒dijo al estudiante.
El chico miró al andén, efectivamente no había más bultos en el andén. Agradeció nuevamente al revisor su amabilidad y desapareció dentro justo en el momento en que el tren cerraba las puertas y comenzaba su trayecto.
La joven continuaba en la misma posición y Anselmo recuperó su sonrisa para acercarse:
‒¿Puedo ayudarle, señorita?
‒No, gracias. Es usted muy amable.
‒En absoluto, estoy aquí para ayudar. Y si me permite decirle, es usted muy bonita y debería aprovechar su juventud de manera más divertida que sentada en esta triste estación.
El revisor apenas disimuló el brillo de sus ojos al decir la última frase y acentuó su sonrisa, una sonrisa casi pura, casi virginal, inapropiada para un hombre de mediana edad. «Qué fea es la condenada, más fea de cerca que de lejos, no me sorprende que la haya dejado el novio, ¡menudo cardo!».
Una mujer que llevaba colgada del cuello a una niña comenzó a gritar como una histérica. Anselmo corrió hacia ella presintiendo suculenta desgracia, pero no, no era una desgracia lo que pregonaba aquella histérica, era alegría por haber sido premiada en el cupón de los ciegos con una cantidad de dinero descomunal.
‒¡Dios mío‒gritaba la mujer‒ soy madre soltera y estaba en la ruina. Hoy mismo me han desahuciado y no tenía adónde ir, y ya ven, ahora soy rica, no tendré que preocuparme más por el dinero y criaré a mí niñita sin angustias. ¡Qué suerte la mía!
Anselmo felicitó a la madre con su mejor sonrisa, con la más complaciente, con la más pura y se retiró para continuar la ronda.
Al final de la tarde, la estación quedó semi vacía, pero el mal humor del hombre continuaba intacto. Necesitaba hacer algo para aliviar el peso que hundía su pecho y entonces vio a la joven sentada aún en el banco.
Se acercó con sigilo, procurando no ser visto y susurró algo al oído de la muchacha. Palabras ininteligibles que nadie más pudo escuchar, dichas con sonrisa melosa y comprensiva y renovado brillo en las pupilas.
La muchacha palideció. Después, se acercó a las vías y se tiró bajo las ruedas del tren.
Anselmo no logró ver nada, sonreía apaciblemente a un matrimonio mientras los ayudaba con las maletas.
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