<< Volver a la lista de textos
EL ARCHIVERO DEL OLVIDO - por IsanR.
Todos guardaban algún secreto. Erik llevaba once años clasificando los que otros querían perder, aunque él mismo nunca recordaba del todo cómo había llegado allí. El archivo no aparecía en ningún mapa: se accedía por una puerta sin número, al final de un callejón que olía a lluvia vieja, a hollín y a algo más; un rastro dulce y rancio, parecido al polvo de los sueños cuando terminan de deshacerse en la cabeza de un durmiente.
Dentro no había ventanas. Sólo estanterías que subían hasta una oscuridad que nadie se había molestado en iluminar. El silencio era tan denso que parecía una sustancia más, como el vidrio de los frascos o la madera de las baldas. Cada frasco contenía un recuerdo que jamás debió ocurrir. A veces llegaba alguien con los ojos turbios y entregaba a cambio la capacidad de volver a llorar, la memoria de su primer triunfo o el brillo de una noche que ya no podría recordar. Se iban más livianos, dejando atrás el lastre a cambio de una paz vacía.
Eric solo tenía que etiquetar el frasco, ubicarlo en su balda y anotarlo en el Libro Mayor con una caligrafía heredada de su predecesor. Nunca preguntaba de quién eran. Esa era la primera regla. La única que importaba. Como también importaba no rozar jamás los frascos azules, aquellos que vibraban con los secretos más antiguos; los que llevaban demasiado tiempo esperando ser olvidados por completo.
Pero una noche de martes, en el rincón más profundo de la última galería, la luz de su linterna recortó un destello índigo. El frasco azul no estaba en su sitio; yacía ladeado en la balda inferior, vibrando apenas, a punto de caer. Eric lo sostuvo antes de que tocara el suelo.
Lo levantó con cuidado. Dentro, envuelta en ese resplandor tenue, había una cocina pequeña con azulejos amarillos donde flotaban motas de harina suspendidas en el aire. Una mujer de pelo castaño canturreaba de espaldas, meciendo los hombros al ritmo de una melodía sorda. Un niño reía ante ella, sentado sobre la mesa, con veinte años menos de los que Eric aparentaba tener ahora, aunque las cejas pobladas y el hoyuelo en la mejilla izquierda eran inconfundiblemente los suyos. Se reía de algo que no alcanzaba a oír.
Eric no recordaba esa cocina. No recordaba a esa mujer. Y sin embargo, cuando fue al Libro Mayor con manos que ya no obedecían, encontró su propia firma junto a la entrada del frasco. La letra era la suya. Fecha: hacía once años. La del día en que todo comenzó.
Se sentó en el suelo, con el vidrio frío entre las rodillas. Siempre le habían dicho que el trabajo requería cierta clase de vacío, y él lo había aceptado como quien acepta que el cielo es azul. Miró el frasco de nuevo. La mujer se giraba ahora en el interior del vidrio. Su rostro —a medias reconocible, a medias extraño— lo miraba fijamente desde el pasado. No era una desconocida; era alguien a quien Eric había amado tanto que arrancársela del pecho le había tomado la mitad de la vida. Ella movió los labios, pronunciando un nombre que no llegó a los oídos de Eric, pero que resonó con la fuerza de un golpe en el fondo de su memoria dormida.
Supo entonces, con la misma calma con la que se descubre una gotera vieja, que él no había sido la excepción. Aquel frasco era el precio de su plaza. Para custodiar el olvido de los demás, primero había tenido que convertirse en un templo vacío.
Guardó el recuerdo en el bolsillo interior del abrigo, contra el pecho, sintiendo el calor repentino que el vidrio empezaba a irradiar. Por primera vez en once años, salió del archivo sin anotar nada en el Libro.
La puerta sin número se cerró a su espalda con un chasquido suave. Afuera, la lluvia caía oblicua y fría, limpiando el aire pesado del callejón. Eric caminó calle abajo, adentrándose en una ciudad cuyos nombres ya no recordaba, pero cuyas luces temblaban como promesas nuevas. Apretó el abrigo contra el cuerpo, sintiendo los latidos torpes de su propio corazón temiendo que el olvido volvería a reclamar lo que quedaba de él.
No tardó en llegar a casa. La rutina de siempre. Algo en su interior luchaba por recordar y responder a la pregunta, recién nacida, todavía tibia:
¿Qué otra cosa habría entregado él mismo a cambio de poder olvidar lo demás? Apagó las luces y contó hasta diez.
Ccomentarios (1):
Ricardo
19/09/2026 a las 20:35
Todos tenemos cosas que deseamos olvidar para que nadie las sepa. Te felicito. Una buena historia.