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El ritual de Kadhâm - por Gabriel+18
Todos guardaban algún secreto: el silencio los delataba. Los cuatro representantes de los pueblos de las tierras de Kadhâm se encontraban a los lados de una mesa cuadrada, en el salón de celebraciones del jefe del pueblo de Pehrat. Las paredes de piedra, decoradas con complejos tapices de victorias sobre extraños seres, se elevaban en un enorme arco casi perdido en la oscuridad. Tan frías como las piedras de las paredes eran las miradas de los líderes que, envueltos en pieles y joyas, trataban de hacer pasar sus intereses por el bien común de todos. Tiempo atrás, los cuatro pueblos, situados a cada lado de la falda de la montaña más elevada del continente, fueron poderosos aliados. Ahora discutían sobre los dominios del lago del noreste, los excesos de los comerciantes y los tributos por ayudas militares.
Esas eran sus preocupaciones en esos tiempos. Preocupaciones triviales comparadas con el recuerdo de la tiranía de Alktòn, cuando los cuatro pueblos vivieron bajo el temor y el horror del despreciable sacerdote. Pervertido por conocimientos ajenos a la realidad del hombre, dominó el continente con abominaciones invocadas de las profundidades. Tras años de guerra y muertes, se forjó una alianza entre los pueblos, dando lugar a largas campañas de desgaste hasta lograr la retirada del oscuro ejército de criaturas. Consiguieron cercar en lo alto de la montaña al sacerdote, y su final, según cuentan las historias, no fue menos sangriento que su reinado. Pero su poder era grande y su cuerpo material se había convertido en un mero recipiente para algo que ya no era remotamente humano. Nada queda de él desde aquel día, excepto la leyenda y el ritual anual que castiga y retiene la maldad en el lugar donde ahora duerme.
Pero todo esto son cuentos, ecos de hace cientos de años. Los jefes, una vez aliados y hermanos, fueron sustituidos por sus descendientes. Poco a poco, la amistad se tornó en interés, y lo que un día fue una unidad entre los hombres quedó como una fantasía más. Una historia para niños.
Y los jefes no lo eran. Se consideraban auténticos hombres con preocupaciones reales. Hubo amenazas de muerte, y el rencor que guardaban en sus corazones acabó en una decisión unánime: no participar en el ritual ese año. Tras gritos, acusaciones, insultos y mofas, la reunión terminó. Ninguno se dirigió la palabra mientras abandonaban el salón y cruzaban las altas puertas de Pehrat camino a sus hogares. El tremendo desprecio que se tenían los llevó a abandonar todo contacto hasta que los otros se arrastrasen disculpándose. No lo hicieron pensando en el bien de todos los habitantes. El auténtico secreto de cada uno de ellos era el único que ese tipo de hombres es capaz de concebir: el dominio de las cuatro tierras y pueblos.
Lo difícil fue convencer a algunos de los sacerdotes. Si bien en las tierras del sur las ideas de los líderes y los sacerdotes coincidieron, no fue igual en el resto. En el oeste se vieron obligados a encerrar a los sacerdotes en su templo. En el este se derramó sangre en el mismo templo con tal de doblegar su santa voluntad. En el norte se cree que no hubo mártires porque sus religiosos sentían más devoción por el oro y las piedras preciosas que por aquello adorado en el templo.
El día del ritual, la zona al pie de la montaña se encontraba desierta. Solo aparecieron algunos campesinos que vivían fuera de las murallas de las ciudades, ajenos a todo lo ocurrido y confusos.
Ese día, tras la puesta del sol, un repentino aire helado descendió de la montaña sobre el continente, y todos despertaron entre gritos y pesadillas en las que una voz recitaba cánticos en algún idioma extraño. Un ruido de piedras se oyó por encima del atronador viento. A la mañana siguiente, los ciudadanos descubrieron que todos los templos se habían convertido en ruinas hundidas en agujeros. Y el sonido de algo royendo la tierra surgió de los agujeros y de la montaña, retumbando cada día con más fuerza y más cerca. Comenzó una copiosa nevada que heló campos, ganados y almas. Una nevada que duraría años.
Esta historia, ocurrida hace siglos, es ahora contada por toda madre a sus hijos. Pero los hombres adultos saben que es cosa de niños. Y los líderes fuertes, valientes e inteligentes, no temen nada. Un hombre, solo, es capaz de conquistar todo y a todos.
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