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Cambio de hora - por Cristina B.R.
Web: https://delunora.substack.com/
Todos guardaban algún secreto, eso estaba claro. Miradas esquivas, piernas temblorosas, uñas comidas… Todos tenían un remolino dentro que luchaba por salir a gritos, mientras que yo… no tenía claro si servía de algo seguir yendo.
La aguja del reloj marcaba cada segundo, las gotas repiqueteaban contra la ventana y, de pronto, escuchamos el puntual sonido de unos tacones dirigiéndose a nosotros.
—¡Hola chicos! ¿Qué tal esta semana?
Se sentó en una de las sillas, dispuestas en círculo en el centro de la habitación. Me encantaría decir que nuestra mediadora era una de esas idealistas que ayudaban por el egoísmo de sentirse bien, pero… ¿a quién engañaría? Su sonrisa, totalmente genuina, era luz.
—Bueno, yo estoy muy contenta, porque veo caras nuevas, pero también conocidas, y justamente en eso consiste este espacio. Escuchar las experiencias de diferentes personas puede abrir una puerta a sanar nuestros miedos. Todos estáis aquí porque estáis en un proceso y eso… ¡ya es una pequeña victoria! ¿Verdad?
Aunque muchos tenían las manos delante de la cara como si quisieran esconderse, pequeños susurros desencadenaron lo de siempre: historias cada cual más traumática que la anterior. Lo mío era una tontería en comparación.
Seguimos así un buen rato, hasta que empecé a hartarme y miré hacia la ventana. Lo que vi me descolocó, ¿por qué ya no había luz fuera? Sabía que cuando llovía todo parecía más oscuro, pero… ¿qué hora era? Llevé mis ojos a ese reloj tan ruidoso de la sala, ¿qué día era hoy?
—Es normal sentir miedo… —continuaba ella.
¿Hoy cambiaba la hora? ¿Ya? ¿Hoy anochecía antes? Miré repetidamente del reloj a la ventana y de la ventana al reloj. No lo tenía previsto, ¡no tenía previsto que me pillaría la noche!
—…o incluso vergüenza, pero…
Mi cuerpo decidió levantarse por voluntad propia, tirando la silla. Todos me miraron. Ella mantenía su expresión positiva aun con un deje de preocupación, pero afuera ya era de noche y su sonrisa no iba a cambiar eso.
—Me voy… me voy ya. —Y, como una sentencia, mis pies me empezaron a arrastrar hacia fuera de la sala.
Cuando llegué a la salida de la Fundación, solo pude comprobar de nuevo cómo todo estaba sumido en la oscuridad. Hoy las 19:00 h eran como las 20:00 h de ayer, cada día se haría más corto y eso no me preocuparía si la ausencia de luz no dictase un toque de queda para mí.
Me volví, casi desestabilizándome, ¿qué iba a hacer? Me metí en un armarito de la limpieza. Tenía una de esas bombillas viejas y amarillentas, así que me quedaría allí hasta que se fundiese o hasta que amaneciese.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que oí tacones aproximándose por el pasillo, seguidos de un toc, toc, toc.
—¿Podemos hablar?
Hizo una breve pausa esperando mi respuesta, pero no dije nada.
—Sé que estás ahí, me lo ha dicho la de recepción.
¿Es que aquí no se pueden tener secretos? Asentí con un sonido bajo y abrió la puerta, sentándose sin ningún reparo frente a mí.
—Sé lo que te pasa.
—No lo creo. —No era capaz de decirle la verdad después de todo lo que contó el resto.
—Muchos adultos le tienen miedo a la oscuridad, ¿sabes?
Se quedó en silencio, como invitándome a hablar, pero no sabía qué decir ni entendía cómo sabía lo mío. Ella sonrió de nuevo, iluminando un poco más el cuartito.
—No sé si tu miedo es similar a una fobia o si viene de un trauma…
Hizo una pausa, dándome espacio para intervenir si quería. No lo hice.
—…pero tengo la absoluta certeza de que la oscuridad no podría hacernos nada a ti y a mí ahora mismo, en este metro cuadrado.
La verdad es que estaba harto de esta limitación, harto de sentirme fuera de lugar.
—¿Puedo proponerte algo? —Dirigió su mirada hacia el interruptor—. Diez segundos.
—¿Diez segundos? —pregunté.
—Diez segundos y te dejo dormir aquí el resto de la noche.
Alterné la mirada entre el interruptor y su sonrisa.
—Diez segundos, me dejas dormir aquí y te invito a un café el próximo día —negocié.
Se rió suavemente, un detalle que me dio fuerzas para levantarme. Ella aceptó una de mis manos, algo sudada, y quedamos frente a frente.
—¿Preparado? —preguntó, aproximando su dedo al interruptor.
—Nunca más que ahora. —Nunca más que con su sonrisa.
Apagó las luces y contó hasta diez.
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