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El linaje de la tierra - por @HenkoSlowLifeR.

Todos guardaban algún secreto en el pueblo de San Vitoiro de las Brumas, un rincón de piedra y pizarra encajado entre valles verdes y acantilados salvajes del norte de Galicia, donde el eterno lloviznar humedecía las almas y los fantasmas de los antiguos emigrantes, que volvían ricos de América, se sentaban en los hórreos a ver pasar las vacas.

En el caserón familiar de las tres hermanas, los secretos no se decían en voz alta; se amasaban con la harina, se cocinaban a fuego lento en la cocina de leña o se cantaban al viento atlántico que bajaba con fuerza de los montes.

Aquella tarde de octubre, el frío del mar era tan cortante que obligaba a quedarse en casa.
Consuelo, la hermana mediana, estaba frente al fogón, machacando castañas silvestres y manzanas ácidas en el mortero de piedra, tenía el pecho dolorido por la amargura: acababa de enterarse de que el joven pescador del pueblo, el único hombre al que había amado en secreto, se marcharía en un barco hacia las Américas al amanecer. Mientras machacaba la manzana, una lágrima cayó sobre la olla. Al instante, un vaho espeso con olor dulce y melancolía inundó la cocina. El dulce comenzó a burbujear con una furia viva, imitando el latido roto de su corazón.

En el porche trasero, bajo la lluvia fina, Elena, la hermana mayor, moldeaba una enorme cazuela de barro cocido con la arcilla roja extraída de la ribera de la ría. Sintió el aroma frutal que salía de las ventanas y supo de inmediato el tormento que sufría Consuelo. Sus manos apretaron el barro con tanta fuerza que las piedras del patio parecieron quejarse.
El barro absorbió toda su frustración, volviéndose tan denso y pesado que las baldosas de piedra bajo sus zuecos comenzaron a agrietarse. Quien comiera de los alimentos cocinados en esa cazuela sentiría en la garganta el polvo seco de los caminos abandonados y la amargura del invierno gallego.

—Ya podéis dejar de sufrir en silencio, que la procesión de las almas en pena lo siente todo y la tierra de las meigas no perdona los dolores mudos —advirtió Milagros, la hermana menor, asomada desde el umbral de la puerta.

Milagros no cocinaba ni moldeaba la arcilla, pero sus ojos, verdes como el musgo de los bosques atlánticos, veían los hilos invisibles que ataban el presente con el pasado celta de la región.
Se sentó en su mecedora de mimbre y comenzó a entonar un cantar antiguo, golpeando con fuerza el cuero de su pandereta. Su voz, potente y cargada de una energía salvaje, rompió el silencio del caserón con unos versos tradicionales:

«Para cantar veño eu co corazón na man; aturuxa canda min, para que o vento non lle deixe marchar».

Con ese canto, imitando el vigor y los gritos tradicionales, con cada golpe de pandereta y cada grito ritual, la melodía sagrada subía por los prados inclinados.
El cielo sobre el pueblo comenzó a teñirse de un gris plomizo y el viento con su silbido transportaba las palabras de la canción, el dulce de Consuelo dejó de hervir y el barro de Elena se suavizó bajo sus dedos, pero afuera, en el bosque de castaños, las raíces de los árboles centenarios comenzaron a desenterrarse solas, como si buscaran el origen de esa música.

Cuando la noche cerró por completo sobre la costa, el pueblo entero cayó en un sueño profundo y pesado, contagiado por el aroma a manzana, castañas y canela que flotaba en el aire húmedo.
La tormenta que Milagros había invocado con su cantar golpeaba con rabia las ventanas de madera labrada, pero dentro del caserón reinaba una paz de catedral antigua.
El secreto de Consuelo ya no le pertenecía solo a ella. Las tres sabían que el pescador no podría marcharse nunca en el barco; la propia tierra gallega se encargaría de cerrar los senderos del puerto con desprendimientos y barreras de helechos impenetrables para retenerlo en el pueblo.

Caminaron juntas lentamente por el pasillo de vigas oscuras de roble. Elena, como guardiana del linaje, miró la penumbra del caserón donde el pasado y el presente convivían sin prisa.

Satisfecha con el inmenso poder de las meigas, apagó las luces y contó hasta diez.

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