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Ética profesional - por Alberto Cabrera

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Todos guardaban algún secreto, de otro modo no acabarían en la consulta de un psicólogo. Tras 25 años observando a sus pacientes, aquella era la conclusión a la que Manuel había llegado.
La mayoría de las personas a las que atendía ocultaban cosas tremendamente banales, como padres ligeramente ausentes o infancias relativamente infelices que habían dado pie a problemas que, más allá de lo que los principios de su profesión le decían, a Manuel no le parecían particularmente importantes.

Otros tenían historias que, por terribles que fueran, no dejaban de ser comunes. Había terminado por insensibilizarse. Tras tantos años escuchando como decenas de vidas habían sido destrozadas por actos tan atroces como frecuentes, su empatía se había visto reemplazada por un frío automatismo. Ofrecía su ayuda y aliviaba los traumas con la misma precisión y profesionalismo que se podría esperar de cualquiera con sus mismas cualificaciones, pero sin un ápice de conexión humana, ni tan siquiera se veía afectado ya, como lo había hecho antaño, cuando aún le importaban sus pacientes.
La psicología le había atraído con sus promesas de ayudarle a entender su propia mente, y de ayudar a sanar la de los demás, pero no contaba con que el paso del tiempo acabaría con su pasión y volviendo todo más anodino.

Pero aún había algo con lo que Manuel disfrutaba dentro de su profesión, y era de desentrañar las incógnitas realmente extrañas: la del paciente que rescataba animales heridos para mantenerlos convalecientes todo el tiempo que le resultara posible; un cajón que ocultaba uñas cortadas a lo largo de décadas, hasta el punto de que era ya casi imposible cerrarlo; el frigorífico de un técnico de laboratorio, lleno de muestras de sangre ya analizadas pertenecientes a personas anónimas.

Todas estas anomalías respondían a un motivo. Habían tenido desencadenantes que, al no haber sido tratados a tiempo habían llevado a sus pacientes a desarrollar comportamientos para los que la palabra "excéntrico" se quedaba bastante corta.
El mayor placer en la vida de Manuel era sacar a relucir estos misterios, encontrar su origen y purgar la fuente del problema.
Por absurdos que resultasen en ocasiones los traumas que daban lugar a semejantes comportamientos, el proceso que llevaba a su diagnóstico y posterior tratamiento seguía resultando apasionante. Ayudar en el proceso a que la vida se hiciera un poco más llevadera para estos pacientes no era algo que le diera satisfacción alguna.

Manuel también tenía un secreto, por supuesto. El suyo era una cena semanal en la que con varias botellas de vino de por medio, él y sus colegas de profesión compartían sus respectivos hallazgos, para después competir por cuál era la historia más fascinante.
En estas veladas, en las que disfrutaban de platos preparados por distintos cocineros de renombre, pervertían los principios éticos en los que se fundamentaba su profesión.
Le importaba poco o nada ganar, pues lo que apostaban era apenas simbólico. Para Manuel lo verdaderamente hermoso de aquellas noches era que le recordaban que la mente humana aún podía resultar sorprendente y hermosa.
Todos los secretos surgían a la luz, y ellos deberían haberlo tenido en cuenta. A fin de cuentas, no eran particularmente discretos. Además de a un cocinero distinto cada semana, también se tomaban la molestia de contratar a camareros y a empleados de limpieza que tratasen de todo para que ellos pudieran limitarse a disfrutar. Eran personas anónimas en las que no reparaban en absoluto, y les resultaba indiferente si prestaban o no atención a la temática de sus conversaciones. Quizá deberían haberles tenido un poco más en consideración. De haberlo hecho, quizá alguno de ellos hubiera visto a través del rudimentario disfraz del cocinero que preparó la que sería, para todos, ellos su última cena.

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