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La hora de los secretos - por Mónica Bezom
Todos guardaban algún secreto en aquel jardín. Regreso a el en cada hora del Ángelus, por si fuera también la hora de los milagros.
Paso delante del ángel que custodia el acceso; tiene un mensaje, pero no me detengo.
Camino por las lajas salpicadas de luz, desando los improvisados asteriscos vegetales… Y pienso en el olor de los secretos.
Me desvío luego hacia las flores —esas tramposas—, siempre amenazando con la toma de la casa. "Debo reforzar mi defensa contra las flores", considero, mientras las atrevidas ríen con descaro, alineadas bajo las alas del ángel.
Apenas sonrío, regida por el sombrío eje de un equilibrio en fuga.
Miro hacia la enamorada del muro. Ella es testigo de que no hay nada más obstinado que el amor. Se ha trepado por el paredón, lo rodea sin ahogarlo e incluso seca sus lágrimas cuando la lluvia arremete contra la impávida piedra, cómoda amante de una planta que sólo sabe de abrazos.
Me tumbo en la hamaca de red y evalúo el enfrentamiento que me proponen las flores. No tengo oportunidad. Ellas saben.
En tanto, se ha presentado la estrella vespertina.
Giro, descolorida, hacia el sauce y saturo mis ojos con lágrimas de clorofila y sangre; lágrimas especiales para ángeles en crisis prestadas de altares abandonados: son lágrimas vencidas. Sin embargo, me urge retenerlas. Porque hay más tesoros ocultos en este sauce que llora maderos de cruces, que en los silencios que habitan las páginas de la inocencia.
Y recuerdo.
Te vi amanecer. Eras alba y nube. Eras niña. Eras almohadita bordada por tu risa y por el encanto de tus ojos verdes como el mirto salvaje. Y hoy, que estás desamparada en el secreto del ayer, yo soy un caudal de pétalos marchitos que llora su fracaso. ¿Qué no percibí en todos estos años? Si perdí tantas batallas contra las flores, ¿qué puedo esperar de nuestro doloroso enfrentamiento?
¿Fue en el infierno o fue en invierno? Descorro el velo de un tiempo adulterado y me lastima la traición de un Descorazonador sigiloso, portador de miserias antiguas, de las que se sirvió para eclipsar tu alma. ¿Cómo puedo reordenar mi costado izquierdo, con las alas rotas y contigo reformulada en planeta errante?
Trato de ajustar mis latidos en medio de una tempestad de flores rojas. Un reguero de pétalos se escurre por mis pies vaciándome el cuerpo, dejándolo expugnable, dolorido de flores.
De pronto estoy de duelo. De duelo rojo.
Yo creí saber lo justo y necesario. Pero me encuentro aquí, en un debate con mis flores del mal, mientras la venda de la ignorancia se acomodó en mis ojos. Me fui acostumbrando a las tinieblas.
Están llamando al Ángelus y pienso si será la hora de las revelaciones.
Es tarde y estoy mortalmente cansada. Quisiera acostarme en un intervalo de silencio infinito, dejando atrás toda discusión semántica acerca de la finitud de los intervalos. Pero cuelgo del trapecio del pasado y, menguante e ingrávida, me desplomo en una vía de dolor.
Es posible que exista otro espacio en el que el alma es cazada por infortunios inmundos. Especulo con encontrar allí a tu Descorazonador.
Los velos del pasado se agitan y se agigantan desvelados, más no develados.
Están llamando al Ángelus. Y, al igual que el sauce, lloro.
De pronto una fuerza poderosa tira de mis hombros. Trastabillo y caigo hasta quedar de rodillas bajo un cielo oscurecido de ira. Un cortejo inicuo consuma el sacrificio de un hombre que, desde la Cruz, regala su perdón a todos. Me apresuro a recoger ese perdón. El Descorazonador, visible por fin, se aleja, descompuesto en un torbellino de cólera.
Advierto que, en el infierno o en invierno, la hora de la oración ha estado presente, desvelada. Aunque ahora, develada, te devuelve la inocencia.
—Ella debe conocer el amor de Dios —anunció el ángel—, mientras cosía con hilos de olvido sus alas quebradas.
Súbitamente, se me revoca la excelencia. Me reanudo vulnerable, errante, errónea.
—Dime, niña, ¿dónde estaba yo entonces?
—Allí mismo. ¡Pero me dabas la espalda! —reprochaste entre llantos, igual que el sauce, aunque con lágrimas propias.
—¡No a ti, sino al descorazonador! —exclamó el ángel, para volar de inmediato hacia el azul incorruptible.
Es la hora del Ángelus.
Sopla un viento suave que huele a rosas y naces por segunda vez.
Es la hora del Ángelus. Están llamando al olvido y al perdón.
Y pienso si será también la hora de los milagros.
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