<< Volver a la lista de textos
Lo que dejó el tiempo - por Federico NicolásR.
La llamada de Agus me tomó por sorpresa. Me costó reconocer la voz gruesa que había desarrollado con los años. Siempre había sido mi primo favorito. De inmediato mi memoria se iluminó de recuerdos andando en bicicleta por Barrio Nuevo o jugando a la lucha libre en la cama de mi tía Andrea. Escuché su idea con atención y me apunté enseguida. El reencuentro con los primos se haría dentro de tres días. En su casa, como en los viejos tiempos. Casi agradecí esa breve conexión con la realidad, que hoy titila como una bombilla a punto de quemarse.
No pude evitar sentir el pinchazo de la nostalgia en el costado. Casi por inercia me encontré revolviendo el armario, buscando los álbumes de fotos. El espejo de mi cuarto me devolvió el reflejo de un hombre mayor, con el pelo ceniza y alguna que otra arruga. Ya no había bicicleta ni lucha libre. Solo un anciano luchando con sus recuerdos, intentando recordar rostros, nombres, olores. Todo en vano. Ya no estaban.
Abrí la canasta de mimbre que heredé de mi madre, como tantas veces me había recomendado el médico, y los recuerdos en papel me robaron una sonrisa. Allí estábamos.
¿Quiénes? Dijo una voz dentro de mi cabeza.
Una punzada de rabia me hizo maldecir. No recordaba dónde había sido tomada. Y mucho más odio me provocó tener que escarbar en la memoria los nombres de los otros dos chicos que aparecían en la imagen. La medicación carísima que me hacen tomar a diario no funciona. No solo eran los nombres. Estaba sonriendo a un recuerdo que parecía ajeno a mí, a pesar de verme tan joven y sonriente en él.
Saqué la foto del álbum y la guardé en mi bolsillo. Con la ilusión de que un destello de cordura me permita recordar ese día de verano, donde hacíamos karaoke, con los trajes de baño mojados.
Barajé la idea de llamar a Agustín y comentarle sobre la foto. Rápidamente descarté la idea. No quería preocuparlo ni mucho menos insinuar que esta maldita cosa dentro de mi cabeza estaba llevando las de ganar. Ya llegaría, o no, aquel fogonazo repentino como el tráiler de una película, que me permita poner nombres a los jóvenes y felices niños de la imagen.
Encargué un taxi ese mismo día para no olvidarme; lo pedí para el sábado a las diez de la mañana. También hice varias notas, que coloqué por lugares estratégicos de la casa, para acordarme del compromiso. Pegué la foto con cinta sobre la mesa de la cocina, dedicándole mi atención varias veces al día, intentando recordar dónde estábamos y quiénes aparecíamos en la imagen.
El taxi había llegado puntual. Mientras iba de camino al reencuentro, me sentía ansioso. La foto estaba guardada en mi camisa. La mostraría en la reunión e intentaría sonar distraído más que enfermo. Aunque suponía que mis primos estaban al corriente de mi condición. Pagué al chófer cuando llegué a la vieja casa de mi tía Andrea. Me sentí orgulloso de haber recordado su nombre. También recordé el barrio y la fachada de su casa. La tranquera de madera había sido reemplazada por un portón con llave. Ya no estaba la cadena oxidada, y el maldito candado que tanto nos costaba abrir con Agustín. Aquellos pequeños detalles me llenaron de confianza. Volví a mirar la foto antes de tocar el timbre. Todavía no. Ningún rastro de aquel día.
Agustín me abrazó y enseguida se sumaron Lucas e Iván, que ya habían llegado. Sus nombres aparecieron de la nada. Quizás por su aroma o por sus rostros. Me sentí feliz de haberlos recordado de inmediato. Las anécdotas llenaron de risas la cena y el postre. Me sorprendió haber encontrado en mi cabeza algunas, aunque no tantas como mis primos. Me topé con la fotografía que ya había olvidado en mi bolsillo. Y me decidí a enseñarla. Enseguida, otro coro de risas llenó la mesa. Éramos nosotros, claro. Después de la piscina habíamos tomado el micrófono y nos pusimos a inventar canciones mientras comíamos galletas en ese mismo comedor. La foto la había tomado mi madre. Fuimos recreando aquel día con los puñados de recuerdos de los cuatro. Antes de irme, Lucas tomó un bolígrafo y anotó los nombres y el lugar en el dorso de la fotografía. Mientras Iván tomaba una selfie del reencuentro. Volví a casa feliz. Con un recuerdo fresco y otro restaurado. Prometiéndome recordarlo para siempre.
Comentarios (0)