Literautas - Tu escuela de escritura

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REVELACION - por CristinaR.

En esta mañana fresca el silencio da paz y abruma. El aire tiene un regusto salado. La noche ha sido larga. El viento cambió mediada la madrugada de forma repentina, adquiriendo mayor intensidad. Ráfagas cortas pero violentas incrementaron el oleaje, resonando y sonando contra las oquedades de las rocas. Un festival de luces y sonidos abarrotó el cielo.
Alex, Rocco y yo llegamos hace dos días a Villa de Pescadores. Rocco es mi perro, Alex, mi mujer.
El ambiente luce sombrío y triste; Alex ha preferido continuar en la cama y yo he salido con Rocco. Él corre contento desafiando al viento para de pronto volverse hacia mí, me espera y sentado mira al mar. Olfatea el aire y levanta sus orejas; cuando le alcanzo fija sus ojos en mis ojos como si quisiera decirme algo. Al llegar a la Lonja de Pescado hemos bajado la rampa del puerto y le he dejado husmear entre rocas y arena. La marea está baja.
No le he contado a Alex el motivo real de la visita. Ella piensa que estamos de fin de semana, de descanso, haciendo un alto en nuestras obligaciones. Sabe que adoro la playa en invierno.
Miro el cielo: parece que el aire terminará de arrastrar las nubes. Silbo llamando a Rocco que vuelve y se tumba a mi lado. Camino de vuelta, buscaremos pan y bollos para desayunar los tres y le contaré a mi mujer por qué elegí Villa de Pescadores para pasar estos días. Su mente racional buscará cualquier explicación lógica para la extraña fotografía que ahora sostengo entre las manos. Es una imagen de otro tiempo, en blanco y negro, de un hombre joven con un perro, un perro que se parece mucho a Rocco. El muchacho y el perro miran directamente a la cámara. Detrás de ellos, igual que ahora, una casa encalada con las persianas bajas y un letrero que en lo alto anuncia la Lonja de Pescado.
Ese muchacho soy yo.
Tendré que contar a Alex que encontré la foto entre los recuerdos de mi madre cuando por fin decidimos vender su piso. Cuando ella murió no supimos que hacer con sus cenizas y las dejamos en su casa, sobre la consola del comedor, bajo el espejo y junto a una pequeña caja metálica de la que, en algún momento, se perdió la llave. Antes de poner el piso en manos de una inmobiliaria fui con Rocco una tarde a recogerlas y echar un último vistazo.
Salvo la antigua biblioteca de mi padre poca cosa más me interesaba. Di una vuelta por las habitaciones y tras apartar media docena de pequeños tomos de una colección de Clásicos del Siglo XX que encerraban obras de Lajos Zilahy, mis ojos acabaron por fijarse en la pequeña caja labrada situada junto a la urna funeraria. Levanté la tapa sin otro fin que el curioseo para descubrir en su interior unas cuantas fotografías amarillentas de tamaños dispares y bordes dentados, antiguas. Dos mujeres jóvenes y sonrientes en una playa, un grupo de muchachos risueños empujando un bote, algunas mujeres en un puerto remendando redes… Entre ellas la que hoy tengo entre las manos y en la que con infinita sorpresa observé el parecido. En su reverso, una pequeña leyenda: “Villa de Pescadores”, y una fecha ilegible, borrosa por el paso del tiempo. No había nada más y nada encajaba en mis pensamientos. Nada relacionaba a mis padres con un pueblo marinero. Nunca tuve parientes en la costa. Mis recuerdos de niño no gustan salobres, no corren a través de arenales y mareas; hablan de campos amarillos salpicados de rojo en primavera, de setas en otoño, de cielos de verano limpios y llenos de estrellas. Me aficioné al mar pasados los treinta cuando conocí a Alex y ya por entonces tenía a Rocco.
Miro de nuevo la lonja y el pequeño puerto. Veo mi figura y mi rostro encerrados en otra época. Rocco mordisquea mis pantalones; inquieto ladra a frailecillos y gaviotas.
Volvemos y mientras camino de regreso me pregunto qué secreto guardó mi madre del que soy depositario. Me pregunto si en mi interior habita una vida desconocida que aun en letargo tengo que descubrir; una puerta abierta desde donde hoy el horizonte es un borrón de niebla y agua y donde todavía apenas puedo distinguir nada.

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