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El otro mismo - por Ocitore
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Jean estaba en una etapa crítica. No sabía por qué. Repasó algunos de sus artículos y las frases que en otros tiempos le habían parecido geniales, ahora eran ridículas, cursis e insípidas. Decidió distraerse, a pesar de la presión y la brevedad de tiempo para la próxima entrega. “Tiene que traerme ese trabajo para el lunes, ¿entiende, Jean?”.
Si no lo presentaba, recibiría uno de esos castigos disciplinarios que detestaba. No quería que le bajaran el sueldo o que le retuvieran algún pago. Las cosas no estaban para darse esos lujos.
Bajó a la cafetería y pidió un ejemplar del Fígaro y su café de siempre. No había nada interesante. La economía fluctuando, la geopolítica peor, el chismorreo de las estrellas pésimo. Llegó a la sección de deportes y vio una foto en la que estaba él en una entrevista que le habían hecho hacía unos meses al gran jugador Eusebio Benavidez. Le pareció extraño porque él nunca había sido aficionado al fútbol, sin embargo, estaba allí, con una camisa rojiblanca del Mónaco. Miró su foto con atención, todo era duda y sorpresa. Decidió aclarar la situación. Al pie de foto estaba el nombre del reportero.
Subió a su piso y buscó en su agenda los teléfonos de las personas que conocía en el Fígaro. Le dijeron que Moreau estaría en la oficina del centro todo el día haciendo un montaje. Sin dudarlo, se fue directo a las oficinas.
Al llegar Jean preguntó por Moreau y este lo miró con curiosidad.
—Yo le conozco a usted de algo, pero ¿dónde le he visto?
Jean dejó que Moreau recordara y esperó pacientemente.
—¿Y…?
—Sí, lo recuerdo usted es el que se atrevió a decirle a Eusebio que era un farsante, que le organizaban los partidos para que se luciera. ¡Qué pelotas tiene!!Admirable! Todavía recuerdo la cara que le puso a usted el Gran Benavidez. Pero, ¿qué le trae por aquí?
—Pues…que me gustaría tener una foto de recuerdo. Hoy la he visto en el periódico y…
—Sí, lo entiendo. Mire aquí la tengo. La guardo porque es el único en este país que le ha cerrado la boca a ese presumido. Eso sí, no me pida el negativo, ¿eh?
Jean vio con atención a su doble y sintió escalofríos. Tenía un mal presentimiento. Quería olvidarlo y dedicarse a sus cosas, pero la curiosidad era como un gusano que lo carcomía por dentro, además le parecía que había una relación entre el mejoramiento de su vida y esa foto. Sin quererlo preguntó.
—¿Y qué pinto yo allí?
—¿Está de coña? ¿no se presentó usted como miembro del club de fans del Mónaco? ¡Ah! Ya caigo. Eso lo dijo solo para escupirle sus palabras al Benavidez. Ingenioso, muy ingenioso.
Jean sintió vergüenza, se dio la vuelta y salió de prisa.
Estuvo luchando contra su deseo de encontrarse consigo mismo, o con su otro mismo. No sería relevante, o así quería que fuera, pero el suceso cada vez más invadía su vida. A veces se soñaba con una camisa rojiblanca y oía una voz dulce que le decía algo tierno.
Jean decidió que lo más sensato sería renunciar a ese encuentro. Siguió con sus labores y se dedicó por completo a su trabajo. En unos días lo ascendieron, incluso su relación con Marie iba a las mil maravillas. Ya no reñía por estupideces, ni le reprochaba su coquetería, que al final de cuentas, era solo una forma sensual de llamarle la atención. Solo había una cosa que no podía entender y nunca se lo había preguntado. Era que por las madrugadas Marie pronunciaba muy bajo una palabra que sonaba como a frensua o froinsa y, por más que lo había intentado descifrar, no sabía qué decía la dulce Marie.
La vida parecía haberse compuesto. Un día que hacía sol, decidió dar un paseo por la zona más alejada del centro antes de ir al trabajo. Se detuvo en un puesto de periódicos y vio la noticia de que Benavidez había desaparecido. Se quedó helado. Alguien pasó de prisa y lo saludó: “Hola, Francoise, ¿qué tal?”.
Meditabundo caminó hacia la oficina, pero notó que un grupo de hinchas con banderolas se le acercaba muy de prisa. Un hombre gordo empezó a llamar su atención. Jean no oía lo que le decía, pero después comenzó a entender:
“¡Hombre, Francoise! ¿Dónde te habías metido? ¡Desconsiderado! ¿Al final lo cumpliste, cabrón! ¡Que pelotas tienes, la verdad!!Lo hiciste, lo hiciste!”.
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