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Me perdí la fiesta - por Lina De Casia

Me perdí la fiesta
Las heridas de mis dedos desaparecieron hace años, desde muy chica la ansiedad vivió conmigo y dominó varios aspectos de mi vida. Me arrancaba la piel alrededor de las uñas continuamente. Los síntomas estomacales también hicieron estragos. La vida familiar no era tan grave como puede pensarse para esa conducta, pero mis padres vivían en un nerviosismo continuo. Era su forma de ser y así vivieron siempre. Había pobreza, pero se sobrellevaba. Había ruido y hacinamiento en casa, pero nada grave.
Apenas terminé la carrera y tuve recursos propios, decidí invertir en un tratamiento para controlar mi exaltado estado de ánimo. Comencé la terapia y me enfoqué de lleno en sanar. Realicé al pie de la letra los ejercicios recomendados, tomé notas de repaso en el cuaderno que tenía dedicado a ello.
El tiempo pasó y olvidé el asunto. Prueba superada. La terapia dio frutos y mi vida se volvió ordinaria pero buena. Nada superlativo sino común y satisfactorio.
Esa tarde limpiaba mi habitación cuando apareció el viejo cuaderno de notas, cubierto de finas cenizas de tiempo y olvido. Lo tomé con cariño y apenas lo estaba abriendo, cayó al piso una fotografía. La levanté y vi consternada mi imagen en ella. Me enorgullezco de tener buena memoria, sobre todo si es un evento especial. Más no reconocía esa escena. Ataviada con un elegante vestido de fiesta, los tirantes del vestido dejaban al descubierto mis hombros y el escote revelaba la lozanía de mi juventud. En mi mano se ve una copa cristalina todavía llena. La chica de la foto soy yo sin duda, más la expresión de mi cara es la de una figura de cera. La mirada perdida en el vacío. Ninguna mueca revela qué estaba pensando o sintiendo.
Trato de entender cómo llegué a esa reunión, por qué lo borró mi memoria. De repente lo noto, detrás de mi hay un enorme espejo, y en él se refleja la hermosa piscina. Reconozco al instante la casa de Octavio, mi amigo de aquel primer empleo, recuerdo que me invitó a su graduación de maestría, sus padres le harían una fiesta en la elegante mansión de descanso. Mi consternación crecía, algunas imágenes volvían a mí. La noche anterior llegamos hambrientos después del trabajo. La cena fue muy formal, el mayordomo golpeó una delgada copa de cristal con una llave para anunciar que debíamos pasar al comedor. Antes de que pronunciara palabra, obedecimos.
Al día siguiente se repitió la escena en el desayuno, todos en la sala y en la terraza esperando el fino tintineo de la llave en la copa para caminar juntos hacia el comedor; vi acercarse al mayordomo. Pero ¿qué pasó después?, por más que busco en mi mente, por más que me concentro no puedo recordar un solo detalle después de esa terraza, ¿qué desayunamos?, ¿cómo me vestí y peiné?, ¿con quién conversé?, no tengo un solo recuerdo de la fiesta. Solo viene a mi mente la escena de ir caminando de nuevo con todos hacia el comedor a la hora de la cena.
Al recordar un poco más y ver la copa en mi mano, de repente lo entendí todo. Una sonora risotada salió de mi estómago. Solo debo corroborar con mi amigo Octavio un detalle. Le llamé por teléfono, contestó amodorrado, su fin de semana transcurre dormitando y viendo películas. La pregunta que le hago le desconcierta – ¿qué?, ¿qué fiesta?, ah ya, mi maestría, ¡qué mal estabas!, nadie entendió qué te sucedía, mis padres temieron una enfermedad mental-, dijo riendo, -de hecho, nunca lo comprendí, pero esa fiesta era para mí y tampoco le dediqué mucho tiempo a tus rarezas-.
-Octavio, escucha, ¿recuerdas como anunciaba el mayordomo que la comida estaba servida? -, le pregunté entre risas. Él no entendía la pregunta, su modorra nublaba su entendimiento y memoria. Así que se lo expliqué: – ¿recuerdas mis terapias?, las que tuve para control de angustia. Me sometían a un estado de hipnosis profunda en la que trabajaba varios recuerdos y ejercicios. Durante el estado de inconciencia obedeces como autómata más no reaccionas físicamente, solo la mente está trabajando. El terapeuta me hacía entrar en ese estado hipnótico, después de varios minutos de relajación. La orden de entrada y salida del trance era siempre la misma: “¡A Punto!” al mismo tiempo que golpeaba su copa con una varilla metálica.
Octavio soltó una carcajada – “A Punto”, esa era la frase del mayordomo para invitarnos a pasar al comedor”-.

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