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Una visita celestial - por Karx
Web: https://lanubedekarx.blogspot.com/
El autor/a de este texto es menor de edad
Ocho horas en avión para volver a casa, y no la mía, sino la de mis padres.
Sí, aquella casa en la que corría con cuatro años dentro de una caja, creyendo que era un Audi. Aquella casa que dejé sin cortinas cuando descubrí quién era Tarzán, o sin cajones para guardar de todo, salvo lo que realmente necesitaba.
No había regresado desde que me casé con mi marido. Nunca les cayó bien. Decían que no tenía futuro, ni dinero, ni elegancia. Después me quedé embarazada y la cosa no mejoró, pero no puedo privar a mi pequeño remolino de conocer a su abuela.
Aquí estoy, sentada frente a mi madre, que tiene la misma ilusión de verme que yo a ella, con mi marido al lado, más tenso que la cuerda de una guitarra recién afinada.
—Me alegra mucho volver a verte, mamá.
—¿Aún no te has divorciado?
—No. Los dos somos tan felices que hasta te trajimos un nieto encantador. Más educado que algunas madres dando la bienvenida a sus hijas.
Mi marido me da un codazo mientras finge una sonrisa. ¿Qué pretendía que hiciera? ¿Reírle las gracias?
Tenía la esperanza de que la soledad que trae ser viuda le hubiera hecho reflexionar sobre nuestra relación, pero sigue siendo la misma madre cabezota, egoísta y estricta de siempre.
No solo le molesta mi visita, también que su nieto corra por la casa con su nuevo avión.
Ni siquiera se preocupa por mirarlo a los ojos, pero, no es lo único que me irrita.
Detrás de mi madre hay una fotografía sobre la chimenea en la que aparezco junto a ella. Me acerco porque no la recuerdo. Parece un viaje familiar, quizá a un parque de atracciones. Podría ser de hace solo unos años: mismo pelo liso, mismas ojeras horribles del trabajo y la misma chaqueta… que nunca salió de esta casa después de marcharme.
No creo tener fiebre, pero el cuerpo se me enfría como Galicia en invierno.
Estoy segura de que esa chaqueta no me la llevé y de que aquella chica no soy yo. El rostro es idéntico, pero es imposible.
—¿Ocurre algo, cariño?
—Sí.
Cojo la fotografía y se la enseño a mi madre.
—¿Cuándo hicimos este viaje?
Ella aparta la mirada, molesta.
—No me dijiste que vinieras a ver a tu madre durante aquella época infernal con tu jefe, el nacimiento del niño…
—Y no vine. Hoy es la primera vez desde que nos marchamos. Por eso quiero saber de cuándo es la fotografía.
Mateo tira de la falda de mi madre.
—Abu, ¿me llevas al parque?
—Tu padre te lleva.
Joel me mira disgustado. No quiere dejarme sola en esto.
Yo le insisto.
—Adelante, cariño. Ve a saludar a los vecinos. Seguro que se acuerdan de ti.
A regañadientes, salen los dos de la casa y la sala adquiere un ambiente todavía más frío.
Mi madre se pone de pie de golpe y la silla cae hacia atrás. Doy un pequeño brinco.
—Por dios, madre, ni que te hubieran entrado los demonios.
Me mira con la cara pálida e inexpresiva.
—Tú… tú no deberías haber vuelto aquí.
Definitivamente había perdido la cabeza. O eso, o sí estaba poseída. En cualquiera de los dos casos, yo no pensaba quedarme a averiguarlo.
—¿Mamá? Solo te pregunté por una fotografía.
Da un paso.
Yo retrocedo.
—Lárgate.
Entonces una chica idéntica a mí sale de la habitación y se coloca detrás de mí.
Mi madre sonríe lentamente.
—Buenos días, cielo.
Salí corriendo empujando a mi doble, cerré la puerta, busqué a mi marido y a mi hijo y me largué.
—Vale, pero ¿puede repetirme por qué me cuenta esto a mí?
—¿A quién si no le cuento mis sueños, señor cura?
Me levanto del altar, disgustada.
—Alguien tendrá que bendecirme para que deje de soñar con mi madre endemoniada y mi doble con las puntas mal cortadas. Eso sí que es una pesadilla.
El cura se tapa la cara.
—Hija mía, ¿¡y tiene que ser en medio de la misa de los domingos!?
Todos me observan desde sus asientos.
Alguno tose, incómodo.
—Con todos mis respetos, deje de engañar usted a la gente.
—¿Perdone?
—Siempre dice que busquemos ayuda en Dios a través de usted y de sus misas. No me está ayudando, emisario. ¿No sabe que mentir es un pecado?
Después de aquello me prohibieron la entrada a aquella iglesia, y, en general, a todas las del pueblo,
Así fue como perdí la fe.
Fin.
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