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La Salida - por Tato JamilisR.

La Salida

Un agudo dolor de cabeza lo despierta sobre un colchón húmedo y amarillento. La cama oxidada rechina mientras se reincorpora lentamente.

Lleva una mano hacia la sien y toca sangre. Una línea, una gota, suficientes para comprender que está herido y perdido.

Unos pocos rayos de luz atraviesan los tablones de madera que obstruyen la ventana.

La luna parece querer ayudarlo, piensa, mientras siente que la oscuridad lo devora.

Examina el cuarto. Junto a la cama hay una mesa de luz con dos cajones. Frente a la ventana, una puerta antigua, agrietada, de un marrón oscuro semejante al cartón mojado. A su lado, un espejo de cuerpo entero, al que le falta la parte superior, donde debería reflejarse su cabeza.

Un escalofrío lo recorre al escuchar unos pasos pesados, como los de un monstruo, acercándose a la puerta.

Cada pisada lo hace transpirar. El corazón parece salírsele del pecho.

Los pasos se detienen. La manija gira, pero la puerta no se abre.

Dos golpes suaves.

Algo rectangular se desliza por debajo de la puerta hasta su zapato derecho.

Los pasos se alejan.

Cuando recupera el aliento, recoge el objeto del suelo.

Una fotografía.

Se acerca a la ventana para observarla bajo la luz de la luna.

Es él, de pie, en el mismo cuarto, frente al mismo espejo, junto a la misma cama. Tiene el puño derecho cerrado y el brazo izquierdo oculto detrás de la espalda. En la mano derecha sostiene algo brillante. En una esquina descansa una enorme montaña de cenizas.

Se queda estupefacto.

¿Cuándo le tomaron esa fotografía? ¿Estuvo allí antes? No lo recuerda. ¿Qué sostiene en la mano?

Le da la vuelta.

«Salir no te dará libertad».

En una esquina descubre un número: 620.

Vuelve a observarla. La fotografía fue tomada desde la puerta.

La frase seguramente es de su captor, piensa. Una manera de quitarle las ganas de escapar.

Deja la fotografía sobre la cama y se dirige al espejo. Como le falta la parte superior, se arrodilla para observarse.

Siente que hace años que no ve su propio rostro. Como si estuviera frente a un desconocido.

Su camisa está sucia, arrugada y ensangrentada. Una línea roja y viva desciende desde su sien hasta la barbilla. Sus brazos están cubiertos de moretones amarillos y morados.

En su antebrazo descubre un tatuaje:

929.

Confundido, revisa sus bolsillos y encuentra un papel arrugado.

«La verdad te ve. Ayudate, ayudanos».

¿Nos secuestraron? ¿A quiénes más?

Se acerca a la mesa de luz. El primer cajón está vacío; el segundo contiene cenizas.

Al extraerlos, descubre detrás del primero una flecha que señala al espejo.

Remueve las cenizas y encuentra una llave dorada. La prueba en la cerradura. Encaja perfectamente.

Podría marcharse.

Pero recuerda el mensaje: «La verdad te ve».

Regresa al cajón, arroja las cenizas al suelo y descubre un número en el fondo:

625.

Vuelve al espejo. Al girar su antebrazo, comprende que el tatuaje 929, visto al revés, es 626.

Gira el espejo contra la pared. Detrás encuentra cientos de marcas agrupadas de cinco en cinco.

Las cuenta.

625.

Piensa qué más le falta revisar y se dirige hacia la cama. Debajo encuentra un montón de cenizas y, entre ellas, un cuchillo. En su hoja hay una inscripción:

«Marca y déjame».

Regresa al espejo y traza una raya más. Si no logra salir, al menos el próximo sabrá que estuvo allí.

626.

Pero, en lugar de abandonar el cuchillo, decide llevárselo. Introduce la llave en la cerradura.

Esta vez, la gira.

Y abre.

Oscuridad absoluta.

El mismo aire pesado. La misma tensión.

Avanza lentamente, con la llave dorada en la mano derecha y el cuchillo en la izquierda.

Un paso.

Otro.

Un destello violento lo enceguece.

Un flash.

Por un instante distingue la montaña de cenizas, la ventana tapiada, la cama oxidada y el espejo roto.

Es el mismo cuarto.

Una extraña sensación lo invade, como si estuviera viviendo un recuerdo que nunca tuvo.

Aprieta el puño derecho alrededor de la llave y oculta el cuchillo detrás de la espalda con la mano izquierda.

La fotografía.

La misma postura. La misma expresión.

Enfurecido, intenta abalanzarse contra quien acaba de fotografiarlo.

Se escucha un disparo.

Cae al suelo.

La puerta se cierra.

Desde unos altavoces, una voz anuncia:

—Prueba superada. Sujeto 626 anestesiado. Reordenen el área y cambien su identificación.

Un breve silencio.

—Atención, personal. Eviten golpear innecesariamente a los sujetos. Hemos perdido doce este mes. Recuerden que este debe alcanzar el experimento número mil.

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