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LA APARICION - por ONIFUR77R.
El polvo de los años acumulados en el desván siempre olía a tiempo estancado, a papel viejo y a secretos guardados a la fuerza. Sergio removía una vieja caja de cartón, buscando herramientas de su abuelo, cuando sus dedos tropezaron con un sobre sin marcar en el doble fondo.
Al inclinarlo, una fotografía se deslizó y cayó al suelo.
Sergio sintió un latigazo en la boca del estómago. La imagen mostraba un claro en medio de un bosque denso y brumoso, flanqueado por árboles de cortezas retorcidas. En el centro exacto, de pie junto a una estructura de piedra cubierta de musgo que recordaba a un altar antiguo, estaba él mismo. No era una versión más joven de su pasado; llevaba la misma cazadora de cuero desgastada que había comprado apenas el mes pasado, con la cicatriz recién curada en el nudillo derecho que se había hecho reparando la valla metálica del jardín.
La sangre se le heló en las sienes. Sergio jamás había estado en un paraje semejante. De hecho, detestaba la naturaleza salvaje, sufría de alergia severa al polen y apenas salía del perímetro urbano. Pero lo verdaderamente perturbador no era el paisaje, sino un detalle que hizo que se le cayera el alma a los pies: al fondo, agazapada entre las sombras profundas de los abetos, se vislumbraba una silueta difusa, una figura alta y desproporcionada que lo observaba fijamente, con la mano extendida como si estuviera a punto de tocarle la espalda.
Durante los días siguientes, la fotografía se convirtió en una obsesión opresiva que consumió cada rincón de su mente. Intentó convencerse por todos los medios de que se trataba de un montaje macabro, una broma pesada de algún conocido aficionado a la edición digital o una casualidad fotográfica extraña. Sin embargo, al examinar la polaroid con una lupa de alta resolución, no encontró rastro de manipulación digital; el papel era auténtico, con el característico borde blanco y el sutil relieve químico de la emulsión.
Esa pequeña ventana de papel empezó a alterar sigilosamente su realidad cotidiana. Cada vez que Sergio se miraba al espejo del baño, le parecía que el reflejo tardaba una fracción de segundo más de lo habitual en imitar sus movimientos. Dormía mal, atormentado por destellos de un susurro en medio de la noche, un crujir rítmico de ramas secas contra el cristal y un frío repentino que invadía su habitación.
Una semana exacta después del hallazgo, la paranoia dio paso al terror absoluto. Sergio descubrió con pánico que ya no podía recordar qué había hecho el martes anterior. Tenía un vacío mental de seis horas exactas, un agujero negro inescrutable que coincidía de forma escalofriante con el cielo nublado y plomizo reflejado en la fotografía.
Al borde del colapso nervioso, comprendió que necesitaba respuestas o perdería la razón por completo. Dio la vuelta a la polaroid buscando alguna pista en el reverso. Detrás, escrita con una caligrafía temblorosa pero indudablemente suya, había una fecha correspondiente a la semana anterior y unas coordenadas geográficas situadas en las estribaciones de la región montañosa del norte.
Empujado por una fuerza ciega que ya no controlaba —una mezcla enfermiza de miedo paralizante y una extraña, magnética atracción—, condujo su vehículo hasta allí en plena madrugada. Dejó el coche al borde de una carretera comarcal desierta y se adentró en el bosque guiado únicamente por la luz temblorosa de su linterna y un instinto oscuro que le dictaba que no había vuelta atrás.
El paisaje comenzó a volverse idéntico al de la imagen. La niebla se espesaba con cada paso que daba y los árboles adoptaban exactamente las mismas formas retorcidas y amenazantes. Cuando llegó al claro, el corazón le latía desbocado, golpeando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Allí estaba: el altar de piedra musgoso, recortado contra la penumbra.
Sergio se detuvo en seco, temblando de frío. En el suelo, medio enterrada entre las hojas húmedas, había otra polaroid idéntica, pero esta acababa de revelarse por completo. En ella ya no aparecía él solo junto a las piedras; en la nueva imagen, Sergio estaba de pie en el claro, mirando fijamente hacia adelante, mientras una mano fría y pálida, con los dedos extraordinariamente largos y grises, emergía del lateral del encuadre para posarse con suavidad sobre su hombro real.
Antes de que pudiera gritar o volverse para huir, sintió el roce helado de aquellos dedos sobre su piel, mientras observaba en el espejo la llave y la ceniza.
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