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Copenhague - por PandoraR.
– ¡Abuelo, abuelo!
Rubén se tensó en el sofá, no acababa de acostumbrarse al tono agudo y perforante con el que era pronunciada, ¿no podían los niños venir con una voz grave y sosegada de serie?
Javi le tendía un álbum tembloroso, sus manitas a punto de ceder por el peso. Parecía tener toda la intención de recorrer el mundo con su abuelo por quinceava vez esa semana.
Rubén cogió el cuaderno e invitó a su nieto al lado. Sus enormes ojos redondos le recordaron por qué soportaba sus horribles chillidos. Se armó de paciencia, fue un joven afortunado y el álbum era grueso.
Como una onda expansiva de curiosidad, Rubén había comenzado visitando muchos lugares de España, continuado por Europa y terminado descubriendo rincones de Asia y América.
Javi no paraba de comentar, fascinado. Cada foto merecía su explicación, un detallado preludio de qué hacía allí, cómo llegó y si mamá también estaba.
Rubén ya empezaba a notar el regusto del protagonismo en Tailandia, recreándose en sus aventuras. Había entrado en éxtasis después de ser escuchado tras más de diez minutos seguidos y estaba imparable.
En ese afán, pasó la página y le sorprendió ver un paisaje frío.
– Paula, ¿dónde es esto?
– ¡Ah! Copenhague, me encanta.
– ¿Copenhague? ¿Qué hace aquí? ¿Cuándo fuimos?
– No sabía que tú hubieras ido, yo fui con Andrea y Marta en su momento.
Una duda fría y seca, como una estalactita, se instaló en el pecho de Rubén, silenciosa y punzante. Se dispuso a sacar la foto ante la incredulidad de Javi. Parecía que al pobre niño fuera a darle un ictus ante el inaudito hecho de quitar algo de su sitio. Pero más se lo iba a dar a su abuelo. Por una parte, porque Copenhague pertenecía a la parte de Europa del álbum y, por otra, porque él juraría que nunca vio Copenhague con sus propios ojos.
Afortunadamente, se encontraban por el final del libro, porque el entusiasmo de Ruben fue renqueando hasta terminar derrapando en Perú. Javi se retiró tímido en silencio y otra estalactita se clavó en el pecho de Rubén. De todos modos, no tenía tiempo para detenerse a observarla, se había guardado la foto en el bolsillo y su mente ya estaba repasando desde Camboya todos los destinos desde 1998.
Por primera vez en años, había adelantado a su mujer y la esperaba en la cama, mirando al vacío, con la mente en Europa. La foto le miraba de reojo desde la mesilla.
– ¿Seguro que tú y yo no hemos estado en Copenhague? ¿Ni con los niños? Porque Pablo fue de Erasmus a Berlín y Clara a Bruselas, y yo solo no he ido, así que tuvo que ser contigo.
– Cariño, yo a Copenhague fui con las chicas, ya te lo dije antes. Con los niños estuvimos a punto, pero al final fuimos a Oslo. ¿No te acuerdas de tu viaje o qué? Ya tenemos una edad, eh.
– Paula, yo no fui, es lo que te digo.
– Pues yo creo que sí, porque tienes una foto – rió Paula.
Rubén se tapó rabiosamente de lado y miró acusadoramente la foto. Era inequívoco que era él. No había duda de que aquello era Copenhague. Y tenía la certeza de que se acordaría de haber estado en un sitio. La estalactita se le clavó un poco más.
Un mes después, Rubén entendió a los protagonistas de las series policíacas. El espejo le devolvía un reflejo consumido cada mañana. Aunque había dejado de fumar hacía veinticinco años, después de que interrogar a amigos y familiares no le hubiera acercado ni un paso más a Copenhague, parecía que los cigarros se consumían tan rápido como su cordura, dejando solo una ceniza polvorienta de desasosiego y duda.
Necesitaba resolverlo. Se le antojaba como querer abrir una habitación y tener todas las llaves menos justamente la que abre la cerradura. No podía quedarse así. Quería echar la puerta abajo si era necesario. Visitó a un psiquiatra y también a un psicólogo que decía hacer hipnosis. Empezó a plantearse si tendría un trauma relacionado con aquel lugar, pero sonaba fabricado, como cuando usas la propia pregunta para formular una respuesta porque, honestamente, no tienes ni la menor idea.
La consumición de Rubén fue total. Solo tardó dos meses más en desarrollar una demencia al completo. Cuando su nieto, al que no acababa de reconocer, le preguntaba por sus viajes, Rubén mencionaba encantado Copenhague, sin entender por qué entonces una estalactita se le clavaba en el pecho.
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