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El espejo, la llave y la ceniza - por Mercedes Solsona GuillénR.

El café terminó de enfriarse mientras Lucas seguía absorto en la fotografía. La encontró entre las páginas del libro que acababa de comprar. En la imagen, un Lucas sonriente posaba frente al Gran Hotel de Praga, abrigado con una bufanda roja idéntica a la que había perdido hacía dos años. No cabía la menor duda, era él. Reconoció su complexión y la pequeña cicatriz que le partía la ceja izquierda. Un vuelco en el estómago le descompuso el cuerpo; Lucas jamás había pisado Praga.
Desconcertado, deslizó la yema del dedo por el borde del papel buscando una explicación. Pensó en un montaje digital, pero la textura correspondía a la de un revelado químico tradicional. Se plantó frente al espejo del recibidor y contrapuso su reflejo con el rostro de la imagen. La coincidencia era absoluta. Rastreó su memoria con desesperación, pero la certeza era implacable, nunca había salido del país.
Al darle la vuelta a la fotografía, un escalofrío le recorrió el espinazo. Escrita a mano, con su propia caligrafía, destacaba una fecha, 14 de octubre de 2024. Y justo debajo, una advertencia: «No permitas que te hagan olvidar otra vez».
Adherida junto al mensaje con cinta adhesiva, una llave. Aunque no la reconoció, al sostenerla sintió como si sus dedos recordaran su tacto metálico. Volvió a examinar el ejemplar donde encontró el retrato. Se trataba de una novela sobre viajes en el tiempo. Al sacudir las páginas sobre la mesa, un polvo gris cayó de su interior dejando un rastro de ceniza disperso que le manchó las yemas de los dedos. Olía a madera quemada, a secretos que alguien había intentado reducir a la nada.
El rompecabezas carecía de lógica. Tenía una prueba física de su estancia en una ciudad europea, un mensaje manuscrito que juraría haber anotado él mismo, una cerradura desconocida esperando ser abierta y los restos de algo que ardió en el pasado.
Lucas no vaciló. Guardó el libro con la foto en el bolsillo de la cazadora, se metió la llave en el pantalón y salió del piso con los dedos todavía ennegrecidos por la ceniza. Solo existía un lugar donde buscar respuestas, en la librería «El Búho», en la que había estado esa misma mañana.
—Vuelves pronto. ¿No te ha convencido la novela?
—No es el libro. Es lo que había dentro —respondió Lucas, dejando la fotografía sobre el mostrador.
El vendedor examinó la imagen. Sus ojos se abrieron con sorpresa al reconocer el rostro del muchacho y, de inmediato, la fachada del Gran Hotel de Praga al fondo.
—¿Sabe quién le vendió este ejemplar? Necesito encontrarlo.
El dueño frunció el ceño, extrañado. Se dio la vuelta y consultó el dietario donde registraba las adquisiciones de segunda mano. Deslizó el índice por las líneas manuscritas del último mes hasta detenerse en una anotación de hacía tres días.
—Qué raro… Aquí dice que este lote de novelas lo trajiste tú mismo. El martes por la tarde.
—Eso es imposible. Yo no estuve aquí el martes. Y jamás he tenido ese libro en mis manos.
—Te conozco desde hace años. Eras tú. Llevabas esa misma cazadora vaquera —insistió el hombre, mirándolo con una mezcla de preocupación y desconcierto—. Aunque, ahora que lo recuerdo, estabas muy inquieto. Apenas articulaste palabra. Dejaste la caja de libros, recogiste el dinero y te fuiste. Pero antes, me pediste que, si volvías a entrar por esa puerta preguntando por ellos, te entregara esto.
El librero se agachó y extrajo de debajo del mostrador una pequeña caja con una cerradura en el frente.
Lucas sacó la llave del bolsillo, la introdujo en la ranura y la giró. Al levantar la tapa, el corazón le dio un vuelco salvaje. Dentro reposaba un billete de avión a su nombre con destino a Praga, programado para esa misma noche. Junto a él, un pequeño cuaderno de páginas en blanco, salvo la primera, donde se leía: «El espejo de la habitación 304 te mostrará lo que te quitaron».
Lucas levantó la vista del cuaderno con la respiración entrecortada y el billete temblando entre los dedos. El vendedor lo observaba conteniendo el aliento. Faltaban apenas unas horas para el embarque. Miró de reojo el polvo gris que aún manchaba su piel, comprendiendo finalmente la verdad, el Lucas del martes sabía perfectamente que el Lucas de hoy no recordaría nada. La única forma de recuperar su vida era subirse a ese vuelo y enfrentarse a lo que le aguardaba al otro lado de Europa.

Ccomentarios (1):

RHM

19/10/2026 a las 11:06

Guau, me ha encantado ojalá saber que verdad se esconde en el espejo de la habitación 304. Se me ha hecho muy corto. Gracias y enhorabuena es una gran relato

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