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Tía Luci, 1983 - por Luis MartínR.
Roberto llegó hasta el portalón de entrada donde su tía Lucía había pasado los últimos quince años. Con la mano temblorosa pulsó el botón del telefonillo esperando que le abrieran. Pero hoy no iba a ver a Luci. Ya no. Nunca más podría verla.
—Hola, Roberto, sentimos mucho lo de tu tía.
—Muchas gracias, Ana. Ha sido extraño. Hace diez días estuve aquí y se empeñó en que me fuera a Esparragal y de repente me llamasteis.
—Sí, ha sido raro. Y eso que aquí estamos acostumbrados, pero no sé, era de las jóvenes de aquí.
—Sí, sí, ya. Joven. Tenía ochenta y tres años, Ana.
—Pues lo dicho, de las jóvenes.
—¡Ven aquí, Robertito! —le bramó Zósimo sentado junto a la directora en su despacho.
—Buenos días, Zósimo, y buenos días a ti también, Beatriz.
—Buenos días, Roberto —le saludó Beatriz.
—Es una putada lo de tu tía, pero ya sabes… aquí estamos de paso —dijo Zósimo hipando mientras se levantaba de la silla y le estrechaba entre sus brazos.
—Gracias, Zósimo —contestó Roberto sabiendo que era el mayor halago que podría hacerle aquel anciano.
—Tu tía dijo que esta caja de hojalata era para ti, que tú tenías la llave —dijo Beatriz mientras le tendía una caja que había perdido casi toda la laca que la decoraba.
—¡La llave!, ¡maldita llave! Hasta me regaló una cadena de oro para llevarla colgada. Lo primero que me preguntaba siempre: «Roberto, ¿tienes la llave a salvo?»
—La puedes abrir entonces —repuso Zósimo.
—Sí, sí, pero prefiero hacerlo en casa.
—Bien —añadió Beatriz—. En ese caso tenemos todas las cosas metidas en cajas, puedes llevártelas cuando quieras.
Ya en casa, Roberto llevó la caja de hojalata al recibidor y la colocó encima del aparador desvencijado que le regaló tía Luci cuando se compró la casa. De forma automática se encendió un cigarrillo y dejó que se consumiera en sus labios sin dar ni una sola calada.
Estuvo un rato mirando y preguntando por qué tanto problema con la llave que abría aquella caja, sin saber aún si abrirla o no. Del cigarrillo que sostenía con la boca se cayó una brasa envuelta en ceniza cuya quemazón en la mano le hizo volver a la realidad.
Se sacudió la mano y echó la vista al frente. El espejo le devolvió su ansiedad por lo que se escondía ahí. Roberto siempre se había preguntado de dónde había sacado su tía Luci ese conjunto de espejo y aparador tan viejo y feo. Ella decía que venía de una vida anterior, muy dura y difícil, y que algún día podría entenderlo él. Por el momento, Roberto lo conservaba porque le hacía un apaño para almacenar sus bártulos de pintor. Con prisa se buscó la llave al cuello y abrió la caja. No se podía creer lo que había allí.
—¡Oh, si son todas las cartas que le he mandado durante los últimos treinta años! —dijo mientras enjugaba el llanto que lentamente descendía por su cara.
Tomó la primera carta: 2003, matasellos de Bratislava.
—Pero ¿cuándo he mandado yo una carta desde Bratislava? Si yo nunca he estado allí.
Abrió la carta y encontró una postal descolorida, una fotografía ajada de unos vastos jardines que no reconocía, con un edificio en segundo plano marcado con un bolígrafo en una de las ventanas. Debajo de la postal otra foto mostraba a tía Luci con un niño de pocos años, quizá cuatro o cinco, quizá seis. Era él.
«¿Esta foto? ¿Soy yo con tía Luci? ¿Pero dónde es?… Este espejo es este mismo y esta encimera parece la de este mismo aparador… ¡No jodas que en estos muebles tengo una foto de hace casi cincuenta años! ¿Por eso tía Luci se fue de viaje por Centroeuropa hace treinta años? ¿Para mandarse esta foto?»
Roberto no podía creerse que hubiese conocido esos muebles ¿en Bratislava!
En el sobre no había nada más.
Con las manos sudorosas volvió la postal y leyó:
«Si estás leyendo esto, es que ya no estoy. Esto es lo que quiero que tengas, pero para entrar allí necesitas ir a ver a JUDr. Andrej Kováč (Catedral de San Juan y San Félix). Sé feliz».
Pero esto no fue lo que más le impactó. Detrás de su fotografía había algo más:
«Yo con mi hijo, Roberto. 1983, Bratislava».
Tenía siete años.
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