Literautas - Tu escuela de escritura

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La peregrina - por Alicia MurilloR.

Aya empezó murmurando, pero poco a poco fue subiendo el tono de voz.
—¿Esto qué es? No, no puede ser —casi gritó Aya.
Todos nos miraron y es que estábamos en el vagón del silencio. ¿Que qué le pasaba a Aya? Ni más ni menos que había encontrado en Instagram una foto suya imposible. Acercó el móvil y me la enseñó con disgusto. La vi de pie, sonriente y vestida como una peregrina del camino de Santiago, con gruesas botas y con la mochila a cuestas. Al fondo, aparecía la iglesia de Santa María del Naranco. Detrás de Aya, había un chico y una chica que también llevaban mochila, pero estaban de espaldas a la cámara mirando hacia los arcos superiores.
Después de la impresión inicial, mi amiga se había calmado. Sabía que Aya no había hecho nunca el camino de Santiago, por lo que estaba igual de sorprendida que ella. Pensamos que sería una broma, pero ¿para qué? No tenía ningún sentido.
Era tarde cuando llegamos a Oviedo. En casa, parecía que Aya había olvidado la dichosa foto, pero no. Al día siguiente me encontré la foto pegada al espejo largo de la entrada. La había imprimido y allí estaba, como una aparición. Era una foto anodina de un grupo de treintañeros haciendo el camino de Santiago y lo único raro era que estuviera Aya en ella.
Cuando Aya se levantó, me contó el sueño que había tenido. Iba andando sola por un camino frondoso. Miraba a ambos lados y lo que veía eran bellas mariposas que se posaban en las ramas de los árboles que la rodeaban. Estaba fascinada con las mariposas y quería tocarlas. Cuando se dio cuenta, se había elevado hasta la altura de la rama más alta mientras observaba a una mariposa. Le pareció extraño poder mirarlas tan de cerca sin que se asustaran. Lo que vino después no me lo esperaba. Aya miró hacia abajo y se vio a sí misma andando junto a dos chicos y una chica. Charlaban y caminaban ligeros a pesar de las mochilas. Entonces una nube los envolvió y, de repente, Aya se encontró delante de casa, pero sin llaves para entrar. Empezó a llamar por teléfono, aunque no podía precisar a quién. Se desesperó y lloró amargamente sentada en el descansillo ya que no podía contactar con nadie. Y ocurrió la desgracia. El edificio ardió y los vecinos huían. Aya hizo lo mismo: huir y bajar los escalones, pero le pesaban las piernas y apenas avanzaba mientras el fuego le daba alcance. Las cenizas que caían en sus brazos le provocaban aullidos de dolor. Estaba aterrorizada. Aquí terminó su sueño, sin saber si se quemaba y moría, o se podía salvar.
Me abrazó temblando, con las cosas soñadas a flor de piel. Le propuse salir a dar una vuelta. A las 13h nos esperaban mis padres para comer juntos. Nos daba tiempo de caminar y despejar la mente de pesadillas antes del mediodía. A Aya no le apetecía andar por la ciudad, de hecho me pidió que fuéramos a ver Santa María del Naranco.
Hacía un sol espléndido y subimos la cuesta hacia la iglesia andando lentamente. De pronto, Aya me señaló hacía la derecha y pude ver unas mariposas de alas coloridas que revoloteaban sobre unos arbustos. Cuando llegamos a la iglesia, estaba concurrida de visitantes y peregrinos. Nos quedamos paradas al ver a un chico mochilero que le hacía una foto a una chica sonriente en la puerta de la iglesia. Era igual que la foto de Instagram, pero la chica no era Aya.
—¡Aya, Aya! ¡Cuánto tiempo! —de improviso la peregrina se dirigió a Aya.
—¿Perdona? —contestó aturdida Aya.
—¿Cómo puede ser que no te acuerdes de mí? Soy Sofía Laro. Hicimos juntas la carrera. ¡Pasamos tantas tardes en el césped de la facultad!
—El césped… ¡Alaaa! ¡Claro que me acuerdo de ti! Y de María Ángeles, y de Isabel, y cómo se llamaba …
—Sí, esa era Silvia.
—Sí. Silvia. Oh, cuántos recuerdos buenos. Me alegro de verte. Veo que estáis haciendo el camino de Santiago. Quedaros en casa esta noche. No hay mucho sitio, pero nos apañaremos.
—Te lo agradezco, Aya, pero tenemos que seguir el camino.
—De acuerdo, pero vamos a darnos los teléfonos. Nos tenemos que ver y ponernos al día.
Cuando nos despedimos de los peregrinos, Aya estaba contenta. Sin embargo, en el viaje de vuelta, la encontré silenciosa. Miraba por la ventana. Por fin, dijo: “Nada ocurre por casualidad”.

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