Literautas - Tu escuela de escritura

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Álbum familiar - por RHMR.

De vuelta en el hogar de mi infancia, no por nostalgia, no por querer visitar a nadie y mucho menos por recordar todo lo que viví y sentí aquí. Pero bueno, de eso se tratan los convencionalismos: alguien se casa y, como fuiste con esta persona a clase un año y hablasteis sobre el examen de matemáticas, pues ya te invita a su cumpleaños; o, bueno, desgraciadamente ha muerto el primo segundo de tu padre, del que no sabes ni su nombre, ni su edad, ni si tenía hermanos, y mucho menos sus intereses o aficiones. Pero esto es lo que la mayoría de la gente cree que es lo correcto, como si a la persona que ya se ha ido le importase tu presencia cuando ni siquiera sabía de tu existencia, o como ir a la boda para recordar aquella conversación que tuvisteis de adolescentes, con una duración no superior a cinco minutos, como tendréis en esta ocasión también.

Pero bueno, aquí estoy; mi hermano me lo ha pedido, no quiere enfrentarse a la cena de Navidad solo un año más, y está tan contento como aterrado porque va a presentar a su esposa a la familia.

Cuando llega el día de Nochebuena, todos preparan comida como si fuese la última cena de la humanidad. Las presentaciones son rápidas y las preguntas, incómodas; en un momento de la noche se saca un álbum familiar, pues nunca está de más torturar a tu hijo con fotos de él desnudo de pequeño o comiendo su primera sandía delante de su esposa.

Estamos todos alrededor del álbum cuando me percato de que hay una foto nuestra de pequeños en una cueva. Pero yo no recuerdo haber estado allí; entonces busco con la mirada a Marcos y el rosto se le transforma, por lo que rápidamente le cojo de la manga y me lo llevo a mi habitación. Marcos empieza a titubear; sin darme cuenta, he cogido la fotografía y sigo observándola:

—Eras muy pequeña, y por eso no te acuerdas —dice Marcos. —Pero creo que con diez años tienes la edad suficiente para formar recuerdos —respondo yo.

Es una cueva muy bonita; hay agua en ella que transmite calma, las paredes son puntiagudas, casi puedo imaginarme su tacto, la humedad en el ambiente… Parezco feliz, realmente es un sitio encantador. Pero ¿dónde fuimos? En el dorso de la foto pone: «Grutas de Jenolan, Australia».

Un sitio turístico, pues no somos los únicos que aparecemos en la foto. El sendero que recorre la cueva no es sólido, pues se puede ver a través de él lo que hay más abajo: agua. No puedo parar de mirar ese azul verdoso, el reflejo del techo. Sin duda la foto me llama la atención, todo lo que hay en ella me atrae.

—Quiero zambullirme en ella.

Sin darme cuenta, he dicho esto en alto, porque Marcos contesta:

—Eso es justo lo que hiciste: saltaste la valla de seguridad, te tiraste al agua, todo el mundo chilló, mamá y papá estaban muy avergonzados, me pedían que apartase a la gente, nadie debía verte.

—No entiendo nada, ¿de qué se avergonzaban? Era una niña en un sitio idílico que decidió probar el agua —digo apresuradamente, me justifico—. Aún a día de hoy, viendo la imagen, es lo único que deseo.

—Ya, pero cuando eso pasó, empezaron a subir burbujas de agua por el aire, a llenarlo todo; era como si absorbieses el agua, como si jugases con ella, o como si no quisiera estar en contacto contigo —el pánico se le nota en los ojos—. Todos empezaron a grabarte, vino la policía, ambulancias, te sacaron del agua y…

—¿Qué pasó, me detuvieron? —digo sarcásticamente—. ¿Me prohibieron volver a entrar al país, o bañarme jamás?

En sus ojos puedo ver que no le está haciendo ni pizca de gracia.

—Ojalá hubiese sido eso. Te llevaron sin que mamá y papá pudiesen hacer nada, pero te defendiste, hiciste remolinos de agua que envolvían a quienes tiraban de ti, y finalmente te pusieron un sedante. Pasaste muchos años en laboratorios para intentar entenderte, estudiarte y, finalmente, redimirte.

—¿Qué estás hablando, Marcos? Deja de decir subnormalidades, no es el día.

—No lo recuerdas porque te borraron la memoria; por eso no recuerdas el viaje, ni mucho de los años venideros. Fue una tortura y siento no haberte protegido, pero por aquel entonces yo también tenía miedo de ti, de tu poder.

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