<< Volver a la lista de textos
El guante - por Jade AzenethR.
No podía salir de mi estupor: me habían llamado para participar en una exposición. Para mí, aquella era una posibilidad descartada; mi destino como artista callejera estaba claro.
Empaqué mis mejores trabajos y me presenté en la galería para montar mi espacio. Mientras desenvolvía las pinturas, una fotografía se deslizó hasta el suelo. Era la fotografía de una montaña nevada, con dos personas abrazadas, sonriendo. Una de ellas era un joven de piel sedosa y profundos ojos color ceniza, tan intensos que parecían atravesar la fotografía misma. ¡La otra persona era yo! Mi corazón se saltó un par de latidos. Nunca había estado en ningún lugar nevado y jamás había visto a aquella persona.
Monté mis trabajos por inercia. Toda la exposición se convirtió en un borrón de rostros, manos y palabras que iban y venían, todo envuelto en una bruma densa que me oprimía el pecho. Sin saber cómo, llegué al final, aparentando una normalidad casi perfecta.
Antes de salir, con la fotografía palpitando en el bolsillo, me encerré en los lavabos. Frente al espejo, me comparé con la persona de la foto, examinando cada detalle en busca de algo que demostrara que era una fotografía falsa, un montaje. Pero no encontré ningún detalle que indicara tal cosa, todo confirmaba que, en efecto, ¡era yo!
Sentí que todo me ahogaba, que el aire se enrarecía, así que me escabullí. Apenas había caminado un par de cuadras cuando lo vi: estaba sentado a la mesa de un pequeño café. Me quedé paralizada a unos pasos de distancia. Él levantó la mirada de su taza y me atravesó con aquellos profundos ojos color ceniza. Pronunciando cada palabra con una calma inquietante, dijo :
—Sabía que aceptarías mi invitación.
Con cada palabra, sentí cómo la escarcha se apoderaba de mi alma. Mi cuerpo reaccionó por sí solo y salí huyendo. En mi cabeza solo resonaba un grito: «¡Huye, corre, vete!».
Un miedo cerval se apoderó de mis sentidos. Todo se redujo a aire helado, luces, sombras, cuerpos que esquivar, una respiración dolorosa y la sangre palpitando en mis oídos. Los pasos sonaban amortiguados mientras mi mente gritaba sin cesar: «¡Huye, corre, corre!».
No me detuve hasta llegar a casa.
Acurrucada entre la cama y la pared, volví a sacar la fotografía, analizándola nuevamente. Necesitaba encontrar algo que trajera de vuelta algún recuerdo, alguna evidencia a la que aferrarme para que la incertidumbre no me engullera, darle cualquier sentido a este absurdo juego. Y entonces lo vi: la mitad de un guante que asomaba por mi bolsillo.
Ese guante ya lo había visto. Claro que lo conocía. Había aparecido un día cualquiera en mi casa. Pensé que algún visitante lo había olvidado y lo guardé sin más.
Con desesperación, abrí todos los cajones hasta encontrarlo. Tenerlo entre las manos me produjo una dolorosa sensación de realidad, su contacto me quemaba la piel.
Sin detenerme a pensar, comencé a empacar lo indispensable, lo más importante. Necesitaba ser ligera; necesitaba seguir corriendo.
Me detuve frente a la puerta, con una mochila en una mano y la llave en la otra, cuando aquella escarcha empezó a invadirme de nuevo. Bajé la mochila, guardé la llave y me senté frente a la ventana.
Ya no iba a correr. Esperaría el amanecer, a él, al destino, a la muerte… a la certeza que nace cuando se deja de huir.
Ccomentarios (1):
Javi
19/10/2026 a las 09:49
Intenso y angustiante. Te deja con ganas de seguir leyendo.