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VOLVER A JUGAR - por TrinityR.

VOLVER A JUGAR

Había terminado el verano y volvió al pueblo porque necesitaba silencio. Sí, silencio de verdad, no ese silencio que dan unos cascos puestos. Habían pasado treinta años desde que se marchó. La casa seguía igual, le pareció más pequeña de lo que recordaba. Abrió la ventana y sintió ese olor a pino inconfundible; por un momento sintió que no había pasado el tiempo. Fue a la cocina. Sobre la mesa encima de una bandejita, había una llave; de ella colgaba una cuerda con un pequeño cartón en el que ponía «desván».
Encendió la nevera y colocó sobre la encimera todo lo que había comprado para subsistir unos días. Todavía no tenía claro el tiempo que iba a estar. Atardecía y estaba cansado, ese día no saldría ya a dar una vuelta por el pueblo como tenía pensado. Por lo que decidió subir al desván a ojear, por encima, como estaba todo aquello.
El polvo se había adueñado del lugar. Varias cajas apiladas formaban un largo pasillo hasta un gran ventanal al fondo. Enfrente, algunos muebles antiguos tapados con sábanas viejas. Abrió el cajón de una mesa escritorio que estaba semitapada, dentro encontró un álbum de fotos y se puso a mirarlo.
Mientras pasaba páginas, un escalofrío le recorrió el cuerpo. Recordaba perfectamente esos momentos, con sus padres, abuelos, hermanos, tíos y amigos. Fueron años muy felices y ahora la mayoría no estaban. Se detuvo en una foto que le sorprendió bastante, estaba con varios niños, no los recordaba. Ni el lugar donde estaba tomada, ni la ropa que llevaba puesta. Lo curioso era que a él mismo si se reconocía. La cogió y dejo el álbum donde estaba. Al día siguiente, bien descansado seguro lo veía todo con más claridad.
Se durmió pronto. Sobre las dos de la mañana oyó niños correr y reír por la calle. Se asomó a la ventana y no había nadie,. Ya no se pudo dormir. Por la mañana se sentía aturdido y no paraba de pensar en la foto, no había manera de recordar. Se miró en el espejo al salir de casa y sintió que había envejecido años en el último día.
El pueblo estaba tranquilo, era octubre. La vorágine de turistas durante el verano ya había pasado, solo quedaba la gente del pueblo. Compró el pan y el periódico y dio un paseo hasta el río, lugar donde solía ir mucho con amigos cuando vivía allí. Ya no era el mismo lugar, habían edificado varios bloques de viviendas destinados a residencias vacacionales. El encanto que tenía en su momento había desaparecido, le embargó cierta tristeza. No debería haber tardado tanto en volver;
el dolor por no reconocer el lugar en donde fue tan feliz, hubiese sido gradual y no tan repentino como el que estaba sintiendo. Las circunstancias fueron así, y nada se podía cambiar.
Pasó el día terminando un trabajo que llevaba pendiente por hacer en el ordenador y se acostó pronto. La segunda noche pasó lo mismo. A la misma hora. Niños corriendo por la calle, reían y botaban una pelota. Esta vez bajó a la calle en pijama, quería asegurarse bien de lo que estaba escuchando. No había nadie. Justo debajo de la ventana donde dormía, había un circulo de ceniza todavía caliente y un trozo de papel sin terminar de quemar. La cogió y pudo ver que se trataba de la foto que tantos quebraderos de cabeza le había dado en los últimos días. Solo quedaba sin quemar la parte en la que estaba él, y terminó de quemarse entre sus dedos.
Entonces, de repente recordó el nombre de todos los niños que estaban con él en la foto, y el lugar. Una pelota rodó hasta sus pies, la cogió y empezó a botarla

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