Literautas - Tu escuela de escritura

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El olvido - por GitaR.

Detrás de aquel cuadro mientras sacudía las telarañas que adornaban parte de la pared, se escondía un secreto. Al moverlo, de imprevisto, muchas fotos cayeron al suelo, tan llenas de polvo como todo a su alrededor.
Amarillas por el tiempo mostraban su antigüedad como un trofeo. Me detuve en una de ellas. Para mi sorpresa, yo estaba ahí, sonriendo junto a un hombre muy alto.
— No recuerdo haberme tomado esta fotografía—, dije para mis adentros.
Era un atardecer, pero las nubes pareciera que chorrearan merengue y hacían lo posible por ocultar los dos soles al fondo que se interponían uno con el otro. La hierba inclinada parecía ser besada por el viento. Una hoja en medio del arriba y el abajo buscaba el equilibrio para permanecer flotando como un plato.
Un chirrido oxidado de una puerta retumbó en el silencio absoluto de la estancia, el giro de la llave se dejó escuchar. El aire imprudente echó a volar las hojas sueltas que pernoctaban sobre el buró y con ellas las cenizas de un cigarro olvidado. Al azar fueron cayendo sobre el espejo que desafiaba la soledad de la habitación y la calma justa de los acontecimientos.
Una mirada breve me hizo reflexionar, aquel hombre tan alto, amenazaba con doblarse o saltar. Pero en mi subconsciente tenía algo familiar para mi. No me era totalmente un desconocido.
En un extremo de la foto aquella torre sin puerta, bañada por el ámbar del atardecer se despedía de su sombra que alargada se dirigía hacia arriba escalando el cielo.
Había estado deshabitada la casa por mucho tiempo, pero sin pensarlo había terminado.
—Tomaré un baño y me iré a dormir—, mañana pensaré en los víveres.
El sueño llegó de inmediato, sin avisar. Me envolvió una neblina de silencio y frente a mi el profesor Alex Müller. Mostraba sus dedos largos sujetando una taza de té. Sentado, con las piernas cruzadas balanceaba una de ellas. Sus negros ojos sin brillo taladraban mis pensamientos.
— Era él —, lo recordé claramente.
Fue cuando de niña tenía pesadillas. Tras muchos tratamientos, llegó él. Sin ser ser llamado. Ocurrió, largas horas en silencio y su mirada penetrante iba descubriendo los laberintos de mi cerebro. Nunca nadie lo vio, tampoco nadie lo escuchó.

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